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Los terrores y maldiciones del Castillo Marroquín
Viernes, Diciembre 9, 2016 - 10:33

Edificio construido de 1898 en el norte de Bogotá, hoy es patrimonio cultural. Se utiliza como centro de eventos y convenciones.

Muchos de los que han tratado de habitarlo o han trabajado entre sus señoriales paredes dicen que han visto la figura de un hombre con capa y sombrero de copa atravesando el patio de la fuente y perdiéndose en él; también a una mujer despampanante vestida de negro, con la cabeza cubierta, portando un bebé muerto entre sus brazos; hay quienes creen que es el espíritu de Marroquín. Mientras tanto, el edificio todavía aguanta la maldición que lo persigue. De porte soberbio y encumbrado, el Castillo Marroquín saluda con los tintes arquitectónicos del estilo medieval francés a todo aquel que se aventura por los predios del sector La Caro, que en otros tiempos formaron parte de la hacienda del expresidente José Manuel Marroquín, aunque los primeros moradores de aquellas tierras fueron los muiscas, quienes al parecer solían adorar allí a la diosa Chía. Lorenzo Marroquín Osorio mandó levantar el edificio en 1898. A cargo de la obra estaba el arquitecto francés Julián Lombana. Con una extensión de 61 hectáreas, pocos sospecharían que este castillo residencial acabaría funcionando, por avatares del destino, como cabaré y hospital psiquiátrico, entre otros. Su pasado ha sido de todo menos aburrido. Pocos lugares han albergado emociones tan fuertes y contrarias: desapariciones misteriosas y muertes violentas; el desenfreno de la rumba, de aquellos días en los que estuvo funcionando como cabaré; la locura de los enfermos psiquiátricos que estuvieron recluidos allí; la maldición que pesa sobre sus hombros de piedra. En la actualidad, el Castillo Marroquín funciona como centro de convenciones, pero sus fantasmas siguen empeñados en hacer de las suyas, o por lo menos eso cuentan las leyendas que deambulan como cuervos revoloteando sobre las torres del castillo.

La misteriosa desaparición

Trinidad, Ricaurte y Nariño fueron algunas de las figuras protagonistas de la Independencia. Trinidad y José María Marroquín contrajeron matrimonio el 16 de marzo de 1823, fruto del cual nacería el presidente de la República de Colombia José Manuel Marroquín. Poco les iba a durar la miel del amor, pues a los tres años de casados la bella Trinidad salió un día de la Hacienda Yerbabuena para no regresar jamás. Sucedió una de aquellas tardes en las que la devota mujer acostumbraba a rezar el rosario y pedir a las ánimas del Purgatorio por el bien de su familia en la pequeña capilla que había en la hacienda. Allí celebraban diariamente la misa a la que todos asistían. Pero aquel día Trinidad salió de la capilla antes de que el patrón diera la hora de empezar el rosario con la excusa de buscar un chal para protegerse del frío. No regresó. Cuando los asistentes salieron de misa no la encontraron por ninguna parte. No estaba en la casa, ni escondida detrás de los árboles de la hacienda. Algunos dijeron que la habían visto huir con un halo de incertidumbre en la mirada. ¿Era cierto lo que decían? ¿O mentían? La buscaron desesperadamente. Encontraron su chal cerca del margen izquierdo del río Bogotá, pero su cuerpo nunca fue hallado. El futuro presidente de Colombia, José Manuel Marroquín, habría de crecer huérfano y desamparado, con la ausencia del calor maternal soplándole sobre la nuca. El misterio de su desaparición todavía sobrevuela en los albores de la historia familiar, pero más misteriosos aún resultan los datos recabados sobre el oscuro destino de esta mujer. Aquí es donde la historia se mezcla con el rumor. Una supuesta acta parroquial del 7 de enero de 1828 estipularía que fue encontrada muerta en la laguna cercana a la Hacienda Yerbabuena. Su cadáver habría sido encontrado con signos claros de contusiones y golpes en la frente, la cara y el hombro derecho. De acuerdo con esta versión, estaría sepultada en Chía. Otra aludiría al hecho de que, según parece, años después la vieron en Londres y que además habría huido hasta allí con un amante inglés con el que se escapó. Hasta la fecha no he podido seguir el rastro de ninguna de estas teorías, pero sí puedo decir que los Marroquín mantuvieron siempre un férreo silencio en torno al asunto. Sea como fuere, la pregunta que todavía permanece es: ¿por qué salió de la capilla en mitad de la misa? Nadie nunca lo sabrá.

El pequeño José Manuel acabó perdiendo a su padre también. Su tío, José Antonio, se hizo cargo del infante y de la hacienda, donde aseguraban que se oían ruidos extraños, llantos que cortaban la sangre… Algunos pensaban que era Trinidad, que andaba atormentada buscando al hijo; otros pensaban que era el pobre José María, en busca de la esposa perdida. Los espantos suponían un auténtico reto para los trabajadores: ya nadie quería estar en la hacienda y sobrevivir a la medianoche se había convertido en un auténtico acto de valor. Más de cien años después, Yerbabuena todavía inspira miedo. A poca distancia de allí, tal vez a pie de laguna, dicen que se oye el lamento de una mujer y un grito tan estremecedor que hace que los pájaros alcen el vuelo huyendo de algo invisible. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con el Castillo Marroquín? Según las fuentes orales, el espíritu de doña Trinidad, siempre buscando a su hijo, llegó también al castillo para cuidarlo cuando él se trasladó a vivir al lugar. Esta tragedia, se sumaría a las desgracias que perseguirían al presidente Marroquín en aquella residencia. Durante la Guerra de los Mil Días llegó un terrorista al comedor del castillo arrojando su carga explosiva. Quiso el destino que el destinatario de la afrenta no se encontrara en aquel momento en el comedor, sino durmiendo la siesta. Al escuchar el estruendo originado por la explosión, dijo: “Díganle a este impertinente que estas son horas de dormir”. Fue allí también donde se cuenta que se gestó la separación de Panamá, motivo por el cual este hombre se acabó ganando el apelativo de “el presidente que perdió Panamá”. Los desastres durante los tres años en los que ostentó el poder fueron estrepitosos. Había llegado al poder siendo vicepresidente del gobierno de Manuel Antonio Sanclemente, a quien traicionó abiertamente encabezando una rebelión de grandes dimensiones. Mandó a Sanclemente a prisión para torturarlo física y psicológicamente. El objetivo era romperlo por dentro y por fuera, y lograr arrancarle así la firma de su dimisión. El pobre Sanclemente, que en aquella época ya era anciano, aguantó con tesón y se mantuvo firme en su decisión de no dimitir. Ni los bofetones, ni la privación de sueño y alimentos pudieron con él. Uno de los generales enviados por Marroquín llegó incluso a arrastrarlo de los cabellos para exigirle la firma de su renuncia, pero ni por esas. Sanclemente le dijo: “Decid a vuestro amo que habéis querido matarme, pero no habéis podido amedrentarme”. Esta era la cara negra de Marroquín, la menos amable, la cínica, la de un hombre que se hizo con el poder a la fuerza, alguien a quien cuando le recriminaron la pérdida de Panamá contestó con ironía: “¿Y qué más quieren? Me entregan una república y yo les entrego dos”.

Un buen día la familia Marroquín decidió vender la casa. Borrón y cuenta nueva. Pero los nuevos habitantes no pudieron habitarla. Sencillamente, les fue imposible aguantar los espantos. Parece que los fantasmas hacían de las suyas. Fue pasando de mano en mano, acumulando cada vez más motivos para alimentar la maldición que ya empezaba a pesar demasiado. Tras un período de abandono, fue alquilado y convertido en cabaré. Posteriormente, volvieron a alquilarlo, esta vez con fines sociales, quedando convertido en un hospital psiquiátrico. Hubo drama, hubo delirio. Dos internos acabaron suicidándose. El cirujano y escritor Roberto Restrepo lo adquirió en 1952. Lo acondicionó y restauró completamente, pero por algún motivo acabó deshaciéndose de él. En 1970 Guillermo Villasmil, un petrolero venezolano, se sintió atraído por la belleza de la casa y compró la propiedad. Hizo algunas reformas, habilitó ciertas habitaciones para invitados e incluso mandó construir una piscina. No tenía miedo a los fantasmas. Muy al contrario, estaba tan embelesado con la casa que recorrió personalmente los anticuarios más famosos, desde Puerto Rico hasta Argentina, para amueblarla a su capricho. No iba a tener tiempo de disfrutarla. El mismo día en el que iba a inaugurar la residencia con una fiesta se estrelló la avioneta en la que volaba de regreso. Casi de inmediato llegó otro comprador, un hombre crédulo que fue a gastar grandes sumas de dinero en solicitar los servicios de una pitonisa llamada Alicia. Parecía que tenía problemas con el más allá. ¿Le acosaban los fantasmas de la casa? Tal vez. Tampoco él escapó a la maldición. Tenía dos hermosos percherones que de la noche a la mañana aparecieron muertos. Parece que los habían matado únicamente para arrancarles los dientes de oro que les había mandado poner. Hoy funciona como centro de convenciones y eventos.

Una corte de fantasmas

Los fantasmas que habitan el Castillo Marroquín son tan conocidos y famosos, que hasta tienen su propia fisonomía y hasta su propio apodo, como le pasa al fantasma de La Zancona. Los que la han visto dicen que se trata de una mujer altísima, vestida totalmente de negro, con la cabeza cubierta y una criatura muerta entre sus brazos. Llora sin cesar murmurando palabras que no existen por la parte trasera del edificio y se sienta en una piedra. Cualquiera diría que se parece bastante a la figura de La Llorona, de no ser porque esta señora enlutada, cuando hace el gesto de sentarse doblando las rodillas, éstas van elevándose y las piernas le crecen tanto que al final no se la ve, quedando oculta tras las enormes y larguiruchas piernas. Por eso la llaman La Zancona.

De antaño viene también el jinete sin cabeza, a lomos de su caballo negro, con los ojos como brasas encendidas y las crines enmarañadas al viento. Las primeras veces que lo vieron aparecer todavía no había llegado la luz eléctrica. Eran tiempos de candiles, petróleos y lámparas de queroseno. También destaca en el catálogo de apariciones del castillo la figura de un perro negro que corre arrastrando cadenas por los alrededores. De las locas que se suicidaron cuando el edificio estuvo funcionando como frenocomio, también han quedado rastros para alimentar la leyenda. Una de ellas se quitó la vida colgándose de la baranda del balcón principal, esa misma baranda que recibe a los visitantes que se acercan al castillo. La otra se ahorcó también en un árbol del bosque que rodea la edificación. A veces es al espíritu de estas dos mujeres a las que se culpa de los sustos que algunos se han llevado. Algunos trabajadores y otras personas que en su momento intentaron vivir allí o pasar las noches aseguran que entre las 19:30 y las 21:00 de la noche, ni un minuto antes, pero tampoco ni un minuto después, cruza el patio de la fuente un hombre de unos dos metros de estatura, enfundado en una capa y un sombrero de copa negros, en dirección al bosque y allí se le pierde el rastro, sin que nadie sepa muy bien quién es, aunque algunos especulan con la posibilidad de que pueda tratarse del espíritu del propio Marroquín, el primer habitante de la casa.

Autores

Mado Martínez/ El Espectador