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Matthaus: “Nadie fue tan decisivo en un Mundial como Maradona”
Miércoles, Noviembre 29, 2017 - 06:41

El campeón del mundo en Italia 90 habló de la capacidad de James Rodríguez, del fútbol alemán y recordó algunos de sus cientos de historias en el fútbol.

Lothar Matthaus  viste de negro, con un saco de paño delgado y una camisa ajustada de diseño italiano, rezagos de sus tiempos como jugador y capitán e ídolo del Inter de Milán. Ensaya una sonrisa que se queda en una especie de mueca trasnochada por las tantas horas de vuelo y el cambio de horario. Mira los pósters en los que aparece con la camiseta del Bayern Múnich, y a los periodistas que lo aguardan en el lobby del Sheraton de Bogotá. Levanta la mano para saludar, con los dedos algo abiertos, se sienta en una butaca y trata de hablar en español con un muchacho que luego, por varias horas, sería su intérprete. Se levanta para decirle un par de cosas a una asistente y vuelve a su lugar.

Entonces habla y recuerda, mirando hacia lo lejos y hacia muchos años atrás. Se instala en la final del Mundial de Italia 90. Alemania y Argentina, como cuatro años antes. Maradona. Maradona y el temor, Maradona y la posible magia, Maradona y un duelo más que no es simplemente un duelo más, es la final de una Copa del Mundo, el todo o la nada, la revancha. Dice que en la jugada del penalti que decidió el juego y la final, él estaba en buena posición. Que vio un roce del defensa argentino Roberto Sensini contra Rudi Vöeller, pero que no era para pitar falta. El árbitro, Edgardo Codesal, sin embargo, pitó. Los argentinos, vestidos de azul oscuro, se le fueron encima. Ellos seguían en lo suyo, concentrados.

“Cuando se acabó el primer tiempo, yo pedí unos guayos, pues los que tenía se habían roto. Me llevaron unos nuevos, pero los botines nuevos incomodan. Para la segunda parte no me sentía tan, tan seguro. Cuando el juez sancionó el penalti, le dije a Andreas Brehme que lo pateara él, que yo no me sentía confiado por los guayos. Teníamos que ir a la segura. Enfrente estaba Goycochea, que había decidido con sus atajadas en definiciones desde el punto penalti los dos partidos anteriores, frente a Yugoslavia e Italia. Era un riesgo. Y bueno, Brehme le pegó muy bien a la pelota y fue gol. Fuimos campeones. De alguna manera nos cobramos venganza por lo que había ocurrido en México cuatro años antes”.

Lothar Matthaus hace una pausa. Trata de decir algo en español. Pasa al inglés, y por fin se decide por el alemán. “México, México”, murmura. Se mira los zapatos, se toma las manos. Calla, como si quisiera decir algo, eso que ha dicho varias veces en distintos lugares, que en la final de México, Franz Beckenbauer se había equivocado, pues le tenía pánico a Maradona, y salió con un esquema absolutamente defensivo, cuidando al capitán de los argentinos por toda la cancha. Al final, cuando se vieron perdiendo 2-0, se soltaron y lograron igualar el marcador a dos, pero luego llegaron a un mágico pase de Maradona y el gol decisivo de Jorge Luis Burruchaga.

“Maradona fue el mejor jugador de ese Mundial, y el mejor del mundo por aquellos tiempos. Nadie hizo tanto en una sola Copa del Mundo, como él en México. Yo me lo crucé varias veces, tanto en Mundiales como en partidos de la Liga de Italia. Él, con el Nápoli; yo, con el Inter. Ha sido un honor haberme encontrado con él en tantos momentos, algo que jamás olvidaré”. Habla de Maradona arrastrando la erre. Repite su nombre, y con su nombre retornan Italia 90, la final, el penalti, los guayos, el triunfo. Veinte minutos después del último pitazo de Codezal, las imágenes capturan a Matthaus recibiendo la copa del mundo de manos del presidente de la FIFA, Joao Havelange. Dos o tres minutos antes habían tomado a Maradona con su medalla de subcampeón, anegado en lágrimas, en rabia, en incurables heridas de impotencia.

De la victoria pasa a la derrota, de los Mundiales a la Champions League. Habla de la final de mayo del 99 en el Camp Nou. Dice que había salido diez minutos antes de que se acabara el partido, cuando el Bayern le ganaba 1-0 al Manchester United. “Estaba exhausto. Salí, algo nervioso, pero seguro del triunfo. Iba a ser mi última Champions”. El cronómetro llegó a 90 minutos. El árbitro añadió unos tres. Y de repente, a la salida de un tiro de esquina, gol de Teddy Sheringham. Un minuto después otro cobro con pelota detenida, Sheringham que cabecea, que se la deja a Ole Gunnar Solskjaer, y gol. Victoria inglesa. “Fue la derrota más triste de mi carrera. Por la forma en que se dio, porque yo ya iba de salida y porque jamás pude obtener esa copa”.

Sonríe con una mueca más agria que la de antes. Alguien le dice que no hay más tiempo para seguir conversando. Él pide una pregunta más. Habla de la importancia de James Rodríguez, de la Bundesliga, de la seguridad en los estadios alemanes, de que las características más importantes en la vida y en el fútbol son la actitud, la pasión, la entrega y la honestidad. Quiere hablar, recordar, contar su historia, su infinita historia de cinco Mundiales jugados, de ser el futbolista con más partidos disputados en Copa del Mundo, 25; de sus títulos, sus viajes, sus más de cien goles, sus ídolos. “Mi ídolo, mi gran referente, fue Günter Netzer, que jugaba en el Borussia Mönchengladbach cuando yo apenas comenzaba en ese mismo club. Por su manera de ser, por su juego, por su claridad, yo quería ser como él”.

Imágenes: Lothar Matthäus en Facebook

Autores

Fernando Araújo Vélez/ El Espectador