Es sabido. En México el “efecto pico de gallo” se refiere a cuando suben los precios de los ingredientes de la ensalada o salsa del mismo nombre: el tomate (xitomate), la cebolla y el chile. Y en estos días el tomate está en alza, al igual que la tortilla de maíz, que de $ 7 (US$ 0,56) sus productores amenazan subirla a $ 12 (US$ 0,96).

Con una demanda todavía débil, nadie anticipa que en México los precios puedan, en 2011, volar más alto que una gallina. Pero también hay certeza de que la inflación sí puede expandirse sorpresivamente a mediados de este año en América Latina. Principalmente por el impacto del alza de los precios de commodities (maíz, trigo, azúcar) en los alimentos procesados.

La inflación por alimentos no es una anécdota a despreciar. Basta con mirar a Centroamérica. En octubre pasado sus registros fueron notablemente altos respecto de similar mes de 2009: Nicaragua 2,17%, Honduras 0,99%, El Salvador 0,66%. En todos ellos el principal impulso provino de bienes alimenticios básicos. En Brasil, al otro extremo de la escala de tamaño, el alza de los alimentos también superó a las variaciones estacionales a fines del año pasado. Gran parte del 0,83% de la inflación de noviembre, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), se movió por la comida. La carne, sobre una base anualizada a noviembre, aumentó un 26,7% (y un 10,67% sólo en el último mes). Y fueron los alimentos los que llevaron al Banco Central de Brasil a incrementar sus estimaciones de inflación de 5% a 5,9% en 2010 y a elevar su proyección para 2011.

REGRESO SILENCIOSO. Un informe del banco de inversiones JP Morgan anunció que para 2011 “el riesgo de inflación en los próximos meses aumenta”, dados los valores de las materias primas agrícolas en moneda local, muy por encima de los registrados en 2008. No es para entrar en pánico, no obstante existe “un riesgo potencial de que se registren mayores incrementos”.

Todo lo anterior suena a ciencia-ficción en Perú, una economía en expansión donde los precios bajaron en diciembre: el maíz un 20,8%, los huevos un 15,1%, las papas un 9,2%. El paraíso.

Sin embargo, según el economista Carlos Adrianzen, decano de la Facultad de Economía de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, las cosas podrían cambiar. Y rápido. “El gasto crece mucho más que la producción”, dice. “Veo una producción minera estancada y exportaciones que crecen por un efecto precio”. Para el académico, la política monetaria expansiva y el aumento del gasto público son un remake suave de lo que ocurrió en 2008, cuando había mucha gasolina en el aire y una chispita bastó para que los precios se dispararan. Ahora también “puede darse un piquito inflacionario. Existe esa posibilidad. No igual que en 2008, pero no es despreciable”, dice el experto.

Además, el patrón de consumo de la población ha cambiado: “El consumo y producción de proteínas han subido”, dice Adrianzen. Y las importaciones de alimentos también. La buena noticia es que la oferta agrícola de la costa peruana aumentó mucho más de lo que se esperaba, lo que amortigua el impacto de la inflación externa.

En Chile el índice de precios al consumidor (IPC) cerró el año alrededor del 3,0% y, según Joseph Ramos, economista de la Universidad de Chile, las expectativas son algo parecidas en 2011. “Si los precios internacionales de los alimentos volvieran a subir como entre 2005-2008, claro que nos afectaría”, dice. En ese momento el Banco Central tuvo que elevar la tasa de interés para frenar la inflación importada, pero Ramos no ve tal presión aún. Sedados por la lluvia de divisas que les producen el cobre cada vez más alto y su capacidad instalada todavía sin uso pleno, los precios en Chile se mantienen bajos.

DILEMA VENEZOLANO. Distinto es el caso de Venezuela, que carece de caudales rebosantes para absorber un shock de commodities. Es un país históricamente deficitario en el rubro y con el 80% de su población en los segmentos C y D. Para cambiar esto Hugo Chávez creó un programa de créditos agrícolas a tasa subsidiada y con interés real negativo. “La gente toma el crédito y hay una red que permite obtener un certificado, por ejemplo, de que cayó una plaga, y la siembra nunca se produce”, explica el consultor y economista Ricardo Villasmil. Así, el dinero se reparte entre el productor y la burocracia corrupta. Parte del incentivo se origina en el hecho de que el gobierno quiere alterar la estructura de la propiedad y está consciente de que esto va a alterar la producción. “Mientras eso pasa quiere cubrir el déficit con importaciones”, dice Villasmil. La administración basa la apuesta en que, con el petróleo subiendo, Venezuela pueda importar más alimentos por barril de crudo. Tal esquema podría derrumbarse en el caso de una devaluación abierta y general. “Lo que se discute no es si va a devaluar, sino cómo”, dice el experto. Así, en el laberinto de sus cuatro tipos de cambio, se espera un año de “creatividad contable” en busca de morigerar el impacto inflacionario. Y rogando que suba el petróleo.

Argentina, gran productor de alimentos y con un fuerte crecimiento, debería ser inmune. Sin embargo, la inflación está en dos dígitos y tiende al alza. “Hay aumento de costos por la presión tributaria, que pasó del 19% del PIB en 2002 al actual 32%, pero hoy lo que más impulsa la inflación son las expectativas”, dice Victoria Giarrizo, del Centro de Economía Regional y Experimental, en Buenos Aires.

En México, por ahora, el pico de gallo es de los afónicos. Para Delia Paredes, profesora de macroeconomía de la Universidad de Nahuas, “los últimos tres meses han sido de inflaciones agrícolas relativamente altas, pero anualizadas han ido bajando: ya no tenemos el efecto de la depreciación cambiaria y sigue la debilidad de la demanda”. De hecho, recuerda que “Bimbo, con el 22% del mercado de pan industrial, dijo que no podía subir los precios”. El alboroto de la tortilla sería una falla de mercado.

Aparte del caso atípico de Venezuela, que el gallo de la inflación cante de nuevo en serio en Latinoamérica dependerá de qué elemento prime: la debilidad del dólar, de la demanda europea y estadounidense o la fortaleza de China y de las nuevas clases medias latinoamericanas demandantes de proteínas.