Potosí. Para unos, el Cerro Rico de Potosí es la tumba de más de ocho millones de esclavos indígenas que durante siglos extrajeron plata de sus entrañas. Para otros, es un yacimiento inagotable, todavía fuente de trabajo y atracción turística fundamental de Bolivia.

Descubierto en 1545, el 'Sumaj orcko', su nombre en idioma quechua, ha llegado a ser la mina de plata más grande del mundo, y actualmente recibe cada día a más de 5.000 trabajadores en busca de estaño, zinc, plomo, plata y otros minerales.

Su intensa explotación produjo al menos 138 hundimientos en la superficie de la montaña, según hallazgos recientes, que hacen temer un colapso de consecuencias inimaginables.

La situación llevó al Gobierno del presidente Evo Morales a prohibir toda actividad minera sobre los 4.400 metros de altitud (el cerro tiene una altura de 4.800 metros) en octubre de 2009, hasta que los estudios sobre la situación real del yacimiento hayan concluido.

El eterno dilema de las ciudades mineras, que nacieron por la minería y quizá deban su fin a ella, se manifiesta descarnadamente en Potosí, ciudad andina reconocida por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad que ahora no es ni la sombra de la espléndida urbe de la colonización española.

Desde que empezó la veda, Pablo Choque, un minero que trabajaba en los peligrosos socavones por encima de los 4.400 metros, perdió su empleo y ahora es guía de una de las decenas de agencias de turismo que ofrecen visitas a las minas.

"Sabemos que el gobierno está haciendo un estudio para ver si podemos seguir trabajando en el Cerro Rico porque quiere evitar su colapso. Pero si prohíbe la minería nos quedaremos sin trabajo", se lamentó.

Al igual que Choque, decenas de mineros independientes o "cooperativistas" se quedaron sin trabajo, y muchos más podrían seguir ese camino si el informe definitivo de los estudios indica que el cerro ya no puede ser explotado masivamente.

"Hay muchos comentarios de que el Cerro Rico puede colapsar o que definitivamente hay que cerrar operaciones, pero eso no se puede determinar hasta que concluya el estudio", dijo a Reuters el viceministro de Política Minera, Gerardo Coro.El caso de Potosí

Las reservas minerales del Cerro Rico equivalen a poco más de 682 millones de toneladas, según datos de la estatal Corporación Minera de Bolivia (Comibol), y al ritmo de explotación actual de unas 4.000 toneladas diarias esa riqueza podría durar 500 años.

Sin embargo, un estudio del Instituto Geográfico Militar reveló que el cerro se hunde a razón de 0,3 milímetros por minuto y su forma cónica original ya no es distinguible desde algunas zonas de la ciudad.

Potosí parece atrapada en una contradicción. "Un 25% de la población de Potosí vive del cerro y los que no trabajan en el cerro piden la preservación. Sin embargo, estos últimos dependen indirectamente del trabajo en la mina", dijo Coro.

La prohibición también afectó a la filial en Bolivia de la estadounidense Coeur d'Alene Mines, que extrajo alrededor de 9 millones de onzas de plata el año pasado.

Coeur, que opera también en Argentina y Chile, asegura que sus labores en Potosí no constituyen peligro porque están concentradas en los desmontes dejados por la minería colonial.

Cualquier definición sobre el tema deberá esperar hasta abril, fecha pautada para el informe final del análisis geotécnico que realiza una Comisión integrada por los ministerios de Minería y de Culturas, los estatales Comibol y Servicio Nacional de Geología y Técnico de Minas y entidades potosinas.

La alternativa del turismo. En 1987, la Unesco distinguió a Potosí por su riqueza arquitectónica colonial y por el Cerro Rico, cuya figura cónica, ahora deformada, aparece en el escudo boliviano.

Decenas de agencias de turismo, así como jóvenes mineros, ofrecen visitas guiadas a las minas del Cerro, donde uno puede comprobar que poco o nada ha cambiado en 450 años de extracción.

Allí, la temperatura varía desde apenas unos pocos grados centígrados a asfixiantes 45 grados.

Los "cooperativistas" que buscan minerales en el Cerro Rico hacen casi todo su tarea a mano, en una atmósfera contaminada de gases tóxicos que mata a muchos luego de apenas 10 años de trabajo.

Sin inmutarse ante la llegada de turistas y otros curiosos, los mineros potosinos trabajan en socavones que en muchos casos tienen apenas un metro de diámetro, por donde se deslizan hasta las vetas de zinc y plata que explotan con dinamita, sin más protección que unos metros de distancia.

"He pensado en dedicarme al turismo. No se gana tanto, pero es más sano. ¿Sabes que los mineros vivimos poco, no?", preguntó Choque.

La expectativa de vida del trabajador de la mina potosina es muy corta y, con suerte, algunos logran pasar los 50 años, pero muy debilitados por la silicosis, un mal que afecta el sistema respiratorio y es causado por los polvos inhalados.

"La solución para la ciudad puede ser el turismo, pero con 100 dinamitazos diarios es imposible que la montaña sobreviva por mucho tiempo", opinó Aleida Fajardo, encargada de un museo que se ha construido en plena mina y que pronto abrirá sus puertas.

Entre tanto, los potosinos no saben si su futuro es contemplar el Cerro desde sus empobrecidas calles o arriesgarse a continuar una explotación que podría cambiar por siempre el histórico paisaje.