Cancún. Entre el Moon Palace y el Hotel Coral Beach hay algo más de 60 km, pero el camino está salpicado de barreras y controles militares. Y mientras en el primer hotel 193 delegaciones nacionales negocian algún tipo de acuerdo para disminuir la emisión de gases de efecto invernadero, cercadas por vociferantes grupos ambientalistas y antiglobalización, en el segundo solo hay ejecutivos de grandes empresas de energía, transporte y telecomunicaciones y representantes del gobierno mexicano. Son los participantes del evento Green Solutions, una astuta jugada para desmarcar la conferencia de Cancún de su precedente, la caótica y frustrante conferencia de Copenhague, concluida sin acuerdos vinculantes hace exactamente un año.

“Estamos convencidos de que es posible erradicar la pobreza y al mismo tiempo crecer de manera sustentable”, dijo el presidente Felipe Calderón durante el acto inaugural. “Combatir el cambio climático es un buen negocio, y México está decidido a crear un mercado verde”.

Los proveedores de “soluciones” no se han hecho de rogar. La española Iberdrola, la brasileña Braskem y la sueca Ericsson son algunas de las empresas multinacionales presentes en el evento, atraídas por la posibilidad de concretar inversiones y negocios en todas aquellas áreas que le permitan a México cumplir sus ambiciosos objetivos de reducción y captura de CO2. ¿Quién las pagará? El presidente mexicano reiteró su estrategia de combinar mecanismos de mercado y la ayuda internacional.

“El Banco Mundial ha financiado con la compra de bonos de carbono una planta que genera electricidad con los gases de rellenos sanitarios de Monterrey, con una capacidad de 17 MW”, explica Walter Vergara, especialista en cambio climático del Banco Mundial. “Alimenta la red de metro de esa ciudad y de noche atiende la mitad de la demanda de iluminación de la zona metropolitana de Monterrey. Todo eso con basura”.

La conferencia comenzó con el balde a agua fría de la delegación japonesa, que anunció públicamente no estar dispuesta a firmar ninguna renovación del protocolo de Kyoto, dado que los países desarrollados ya no son los principales emisores.

Zanahoria y garrote. El encuentro oficial en el Moon Palace estuvo precedido de una sistemática campaña comunicacional para bajar las expectativas. Se habló de “pavimentar el camino” hacia un acuerdo mayor, a alcanzar en la próxima conferencia de Naciones Unidas, que se celebrará en Johannesburgo, Sudáfrica, en 2011.

"Definitivamente necesitamos un gran acuerdo entre los gobiernos. Necesitamos ponerle un precio al carbón y sus emisiones", dice John McArthur, CEO de Millenium Promise, una organización fines de lucro, orientada a financiar proyectos medioambientales y de reducción de la pobreza. "El problema práctico es cómo poner de acuerdo a 193 naciones para asumir los costos de la manera más justa".

¿Qué peso deben asumir los países ricos, responsables históricos del cambio climático, o las economías emergentes y alto crecimiento? "Un impuesto a las emisiones es un camino, así como los permisos transables de emisión", dice McArthur.

La conferencia comenzó con el balde a agua fría de la delegación japonesa, que anunció públicamente no estar dispuesta a firmar ninguna renovación del protocolo de Kyoto, dado que los países desarrollados ya no son los principales emisores. Un mensaje con nombres y apellidos: China, Brasil, Rusia e India.

Desde entonces los organizadores de la cumbre han desplegado todos sus esfuerzos para aunar posiciones, bajar la tensión y desarmar la reticencia de los países del ALBA ante un eventual acuerdo a puertas cerradas entre los miembros del G20, tal como ocurrió en Copenhague.

Pero mientras las organizaciones ambientalistas y campesinas desfilan por el centro de Cancún portando pancartas contra el calentamiento global y las soluciones "capitalistas", como los bonos de carbono y las iniciativas de reforestación, en el Coral Gables se suceden las charlas, encuentros y entrevistas de parte de las multinacionales verdes y políticos mexicanos. Louise Goeser, presidenta y CEO de Siemens Mesoamérica cuenta la experiencia de esta empresa alemana en proveer energías limpias en México. Rebecca Moore de Google, anuncia una nueva aplicación de Google Earth para evaluar los niveles de deforestación y monitorear las iniciativas para mitigarla. Y Elaine Weidman-Grunewald, Vicepresidente de sustentabilidad y responsabilidad social de Ericsson, los proyectos de conectividad rural de la multinacional sueca en América Latina. "Nada de esto es filantropía sino core business", dice.

La ejecutiva enfatiza que la industria TIC es responsable del 2% de las emisiones globales de CO2, y junto con buscar una reducción de este monto a través de la eficiencia de las redes (uno de los grandes consumos de energía del sector es la creciente necesidad de refrigeración de los data centers) puede aportar significativamente a la reducción de emisiones de otros sectores como el transporte público, la industria y la distribución eléctrica, entre otros.

El oráculo maya. La apuesta mexicana por ser la primera gran economía verde de América Latina comenzó hace varios años. El gobierno firmó el protocolo de Kyoto en 1997, y en Copenhague se comprometió a reducir sus emisiones en 30% para 2030 y en 50% para 2050. Además, elaboró un programa para reducir la emisión de gases de efecto invernadero, incentivar la reforestación y la reconversión energética.

El presidente Calderón recordó, en su discurso inaugural de Green Solutions, las medidas adoptadas en 2008 para mitigar el alza en el precio de las tortillas, un alimento fundamental de la población mexicana. "Lo fundamental fue enfrentar la ineficiencia energética de los tortilleros, ayudándolos a cambiar sus viejos hornos a gas por calentadores solares. Matamos tres pájaros de un tiro: redujimos costos, aumentamos márgenes y redujimos emisiones".

Otras medidas relevantes son de establecer normas de rendimiento de combustibles y emisiones para automóviles y camiones, dado que el sector del transporte en carreteras es responsable de 16% de la contaminación mexicana que causa calentamiento global, y propiciar nuevas tecnologías de eficacia energética en el sector de la construcción.

“Pudimos constatar que existen políticas y programas que están en diferentes etapas de desarrollo y que podrán ayudar a hacer de México un líder en cambio climático”, dice Jake Schmidt, director del Programa Internacional de Clima, de la ONG estadounidense Consejo para la Defensa de Recursos Naturales. “Según el Banco Mundial, México podría estabilizar sus emisiones a los niveles de 2008 e incluso lograr ahorros”.

La temperatura media del planeta ha aumentado 0,8º C desde la época preindustrial. Esto ha bastado para que México haya perdido en los últimos 30 años unas 50 especies de animales y que 40% se encuentre en peligro de extinción. Según el WWF, 10% de las aves, 25% de los mamíferos y 30% de los anfibios del país podrían desaparecer en las próximas décadas.

La organización medioambiental también calcula que 15% del territorio mexicano, 68% de su población y 71% de su PIB tienen una alta probabilidad de sufrir graves impactos derivados del cambio climático. Los asentamientos humanos y la infraestructura más vulnerable se encuentran en la costa, en los valles inundables y en las laderas de las montañas. Para Walter Vargas, del Banco Mundial, toda la infraestructura petrolera del Golfo de México también es muy vulnerable ante un alza en el nivel del mar y un aumento en la frecuencia de los huracanes en la zona.

Ciertamente el mundo no se acabará en 2012, como predijeron los mayas, pero la posibilidad de que lugares como Cancún queden bajo el agua en un futuro no muy lejano no es menor.

*Con David Santa Cruz en México