Los guardias privados son parte de un tenso panorama en México, sobre todo en la capital, donde el miedo a la violencia genera una fuerte demanda de medidas de seguridad avanzadas.

En los barrios acaudalados se los ve por todos lados. Montando guardia frente a los hoteles de lujo, en los centros comerciales más exclusivos y en los gimnasios caros. Esperan frente a las puertas de las escuelas más prestigiosas, listos para transportar a los hijos de los ricos. En el aeropuerto capitalino reciben a la gente importante.

Para los nuevos ricos mexicanos, sus escoltas armados hasta los dientes son un símbolo de estatus que representa un escudo que inspira respeto, por no decir temor.

Los clientes realmente exclusivos contratan a gente como los custodios del Lucena Group, que operan sin llamar la atención, sin mostrar armas ni manejar osadamente por la ciudad. Sus principales herramientas son la astucia, la preparación, la tecnología y la discreción.

Los mejores son asignados a la protección de artistas que llegan de gira como Lady Gaga o Madonna, o a grandes ejecutivos que visitan México para concretar negocios.

Emplean equipos que siguiendo una estudiada coreografía, recogen a los clientes en el aeropuerto y los transportan por las caóticas calles de la metrópolis mientras están en máxima alerta cuando sus protegidos salen del auto blindado para caminar hacia el lobby de algún hotel.

En Ciudad de México los custodios son conocidos como "guaruras", pero ellos prefieren el término "escoltas ejecutivos". Cualquiera que sea el nombre, su creciente presencia refleja el hecho de que, a pesar de tener una de las fuerzas policiales más numerosas del mundo, los mexicanos apelan a guardias privados para que velen por su seguridad.