Exportar plantas no es simple. Se requiere visitar a los posibles compradores, conocer el sitio donde se plantarán y ofrecer la mejor combinación de injerto y variedad. Una vez que se cierra el trato de compra, se requiere además obtener permisos de ingreso al país de llegada y el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) de Chile debe inspeccionar cada una de las partidas en búsqueda de plagas. Con los papeles de aprobación en la mano, hay que poner en marcha la logística para cruzar la frontera, poniendo cuidado en el estado de las plantas. Cualquier deterioro representará un claro golpe al retorno del inversionista.

Quien conoce de memoria esta delicada cadena es Jorge Valenzuela, dueño del vivero Nueva Vid, y presidente de la Asociación de Viveros de Chile. "Si no manejas muy bien cada uno de los aspectos de la exportación de plantas, puedes tener problemas muy graves", advierte Valenzuela, quien ha recorrido Perú de un extremo a otro, por este negocio verde. Lleva más de seis años vendiendo parras de uva de mesa en el país vecino, ya que ahí están algunos de sus principales clientes: inversionistas de otros sectores económicos que se quieren subir al boom de plantaciones o agricultores que buscan nuevas variedades para mejorar sus resultados.

Las exportaciones de "material de propagación" (semillas, plantas y bulbos) llegaron a US$ 19,2 millones en 2016. La cifra refleja un interesante aumento de 18% respecto de 2015. Para tener una referencia más lejana, en 2012 las exportaciones solo llegaban a US$ 8 millones.

Aunque partió más tarde que el resto de los rubros agroexportadores de Chile, la exportación de "material de propagación" está en pleno auge. Chile se ha convertido en el proveedor de moda de la industria frutícola latinoamericana, desde parras de uva de mesa para Perú, plantines de frutillas para Brasil y México, y paltos para Colombia.

En los siete primeros meses de 2017, las exportaciones de los viveros ya suman US$ 20 millones, más que todo lo despachado el año anterior. Es que en América Latina hay una demanda insatisfecha por plantas -explica Jaime Maruri, gerente general de agrícola Llahuén, productora de plantines de frutillas. Maruri añade que más del 60% de su producción se va fuera del país.

El boom de plantaciones frutícolas en Perú ha generado una gran demanda y la paz alcanzada en Colombia, entre el gobierno central y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), promete abrir amplias zonas rurales a la producción, una excelente noticia para los viveros chilenos, convertidos en los "regalones" (mimados) internacionales.

Reputación al alza

Los viveros chilenos gozan de buena reputación. Un atributo que justificaría el boom verde, ya que el país se ganó una fama de seriedad institucional y de facilitador para hacer negocios.

Para Marcela Zúñiga, directora ejecutiva de la exportadora internacional de viveros Sunnyridge, "Chile se ha destacado en los últimos 20 años, con el desarrollo de su fruticultura y con la conciencia y compromiso país de respeto de los derechos del obtentor y de los pagos de royalty a los diferentes programas de mejoramiento genético del mundo, en todas las especies. Ha ganado un tremendo prestigio con los obtentores y genetistas, quienes aparte de entregar a los viveros chilenos las licencias de sus variedades, en los últimos años les han confiado la licencia de sus materiales en diferentes países de América Central y Sudamérica", destaca.