Aragua. Una pausa de casi dos minutos. Alberto Vollmer puede hablar ininterrumpidamente sobre la grave situación actual de Venezuela y sobre su empresa, el famoso fabricante de ron Santa Teresa, pero cuando debe explicar lo que significa para él Hugo Chávez se hace un largo silencio.

"Estoy tratando de meter otra vez el genio en la botella”, bromea Vollmer sentado en la terraza de su finca, la Hacienda Santa Teresa, ubicada en un valle verde e idílico del estado de Aragua, a unos 80 kilómetros de Caracas. Es evidente que no le resulta fácil emitir un juicio sobre el ex presidente, el hombre que revolucionó Venezuela dos décadas atrás con su proyecto de un "socialismo del siglo XXI".

Por su biografía parece improbable que Vollmer sea un simpatizante del chavismo. Con aires de magnate, educado en Estados Unidos y descendiente de unas de las dinastías ilustres de Venezuela – entre sus antepasados está una prima del libertador Simón Bolívar –, el empresario de 49 años encarna lo que Chávez solía calificar despectivamente como un "oligarca”.

El tatarabuelo de Vollmer fue un inmigrante alemán, patriarca de una conocida familia de industriales que en 1796 fundó una señorial hacienda entre los cañaverales del municipio Revenga, en Aragua, y empezó a producir ahí un ron que se convertiría en uno de los más prestigiosos del mundo. Poco después de la llegada del "comandante” al poder en 1999, el actual heredero de Santa Teresa perdió parte de esas tierras por una invasión.

La empresa, según sus propias cifras, embotelló más de 1,2 millones de cajas de ron en 2017 y exporta entre el 10% y el 15% de esa producción gracias a un acuerdo de distribución con la multinacional Bacardí.

A Vollmer, sin embargo, no se le escucha hablar mal de Chávez, presidente hasta su muerte en 2013, ni de su sucesor, Nicolás Maduro, en medio de la peor crisis económica de la historia contemporánea de Venezuela. Por ése y otros motivos algunos antichavistas, sobre todo del exilio, ven con suspicacia al empresario al que acusan de servir de "embajador del régimen”.

Recientemente, un artículo de "The New York Times” sugería la posibilidad de un boicot contra las exportaciones de emblemáticas marcas de rones venezolanos como Santa Teresa o Diplomático, porque sus compañías hacen negocios en medio del deterioro de la democracia y los atropellos contra los derechos humanos en el país sudamericano.

"Yo puedo entender las críticas”, dice Vollmer, que contrapone de inmediato su propia visión: "pero una cosa es criticar desde fuera, sin estar realmente aportando soluciones en Venezuela”.

Su propio estilo lo define como "incondicionalmente constructivo”. Dialogante, tendiendo puentes. Tanto con el Gobierno, necesitado de aire y de historias de éxito, como con la oposición. "Soy constructivo con quien sea”, subraya, pragmático.

Éxito en medio del colapso. A Santa Teresa le va bien, pese a la dura crisis en Venezuela, un país castigado por una hiperinflación que podría llegar este año al 13.000%, en el que los hospitales se quedan sin medicamentos y la gente pasa hambre.

La empresa, según sus propias cifras, embotelló más de 1,2 millones de cajas de ron en 2017 y exporta entre el 10% y el 15% de esa producción gracias a un acuerdo de distribución con la multinacional Bacardí.

Santa Teresa es también líder de mercado en su país con una cuota del 35% en el primer trimestre de 2018. La destilería debe ser una de las pocas compañías que marchan bien en la Venezuela de Maduro, con cuyo Gobierno Vollmer mantiene buenas relaciones. El empresario coopera con el sector público como presidente de Conapri (Consejo Nacional para la Promoción de Inversiones).

Y mientras otras marcas famosas de ron venezolano como Pampero o Cacique están ya en manos extranjeras, Santa Teresa sigue siendo una compañía privada enraizada en Venezuela tras 222 años de historia.

 

La empresa representa una esperanza en medio de la crisis, dice su propietario para defenderse de las críticas. "Unas 7.500 personas dependen de nosotros”, argumenta. Por eso asegura que no considera dejar Venezuela con su esposa y sus tres hijos menores de edad.

"Hacer negocios en un país como Venezuela plantea dilemas éticos todos los días”, reconoce. "Pero uno hace mucho más por su país estando aquí que estando fuera. Uno tiene esta empresa como herramienta”.

En el valle de Aragua, en los alrededores de esa hacienda histórica donde Simón Bolívar ratificó la proclama de la abolición de la esclavitud en el siglo XIX, se puede observar cómo el empresario concibe esa herramienta.

Además de como el magnate del ron, Vollmer es conocido ahí por sus programas sociales, entre ellos "Proyecto Alcatraz”, una iniciativa para reintegrar presos y combatir a las bandas criminales de la región.

"Alcatraz” nació cuando tres "malandros” intentaron robar en la finca en 2003 y atacaron a un vigilante. Vollmer asegura que evitó que la Policía los ejecutara una vez capturados y creó el programa para darles una perspectiva a las bandas, patrocinando equipos de rugby y ofreciéndoles a los ex presidiarios trabajo como guías turísticos en la hacienda.

"Yo quise ver eso como una negociación. ¿Cuáles son sus intereses?”, analiza, otra vez pragmático. Vollmer se alió con sus enemigos de turno.

De la misma manera se acercó a los hombres que invadieron sus terrenos cuando Chávez empezaba a causar furor con su discurso contra la injusticia social y fustigaba a "oligarcas” y "terratenientes”.

La idea de Vollmer es mantener el legado familiar pese a ese ambiente hostil. "Si nosotros queremos estar aquí los próximos 200 años, ¿qué tenemos que hacer diferente si esto cambió?”, dice. Su labor social no es sólo altruismo, sino también el deseo de navegar bien por esos tiempos turbulentos, posiblemente a la espera de que lleguen días mejores para Venezuela.

El magnate y el chavista, compadres. Impulsar programas sociales es una labor que asumen muchas empresas, pero la forma en que lo hace el dueño de Santa Teresa resulta muy simbólica para la historia reciente de Venezuela cuando se oye hablar a Omar Rodríguez, de 50 años. Rodríguez es un ex militar, admirador confeso de Hugo Chávez.

Como sargento de la fuerza aérea participó el 27 de noviembre de 1992 en el segundo intento fallido de golpe de Estado de ese año en Venezuela, que tenía también como objetivo liberar a Chávez, preso desde la primera sublevación de febrero. Rodríguez purgó un año de cárcel.

 

Hoy trabaja en Aragua con Vollmer, cooperando con los programas para pintar de blanco y embellecer las casas más pobres en las colinas que rodean la Hacienda Santa Teresa. Al empresario Rodríguez lo conoció primero como enemigo: en el año 2000 ocupó sus propiedades junto con otros activistas, animados por los incipientes discursos de reivindicación social del chavismo.

"Fuimos a invadir las tierras de la gente que más tiene”, recuerda, de pie en una calle frente a la entrada de la finca.

Pero Vollmer lo convenció de trabajar juntos. "Tiene una sensibilidad que pocos oligarcas tienen”, lo elogia Rodríguez. El empresario donó parte de los terrenos y a él lo mandó a hacer un taller en la Universidad de Harvard en Estados Unidos.

Por otro lado, el idealismo que lo llevó a levantarse en armas sigue intacto, asegura Rodríguez, que hoy reniega de Maduro: "yo sigo siendo chavista”, critica, agudo. Al actual presidente lo acusa de haber traicionado los viejos ideales.

"Hugo Chávez fue un soñador”, dice Vollmer. No lo critica nunca explícitamente, como tampoco a Maduro. Aunque en ese caso sus silencios parecen decir mucho más que sus palabras.

Luego se muestra conciliador con el primero. "La gran validez que tuvo Chávez es que, de alguna forma, denunció el olvido y la exclusión”, dice el empresario. "Quien no haya aprendido esa lección desperdició estos últimos 20 años”, agrega el rico heredero de Santa Teresa en ese momento en que su discurso político vuelve a tocarse con el de Rodríguez, el activista chavista.

"Nosotros terminamos siendo compadres”, cuenta el ex militar. Porque el magnate es padrino de su hijo, al que Rodríguez bautizó con un nombre muy especial para él: Hugo Rafael. Por Hugo Rafael Chávez Frías.