Hace 40 años, la intersección de los jirones Gamarra e Hipólito Unanue, en el distrito de La Victoria, era un punto más en una zona abarrotada de pequeños restaurantes, bares, hostales y prostitución. Hoy, se ha convertido en una de las zonas más cotizadas de este emporio comercial de confecciones, con alquileres mensuales que superan los US$10.000 por un local de 60 m2. Los fundadores de Gamarra jamás imaginaron este crecimiento.

Pese a que no disponen de cifras oficiales, se estima que existen 170 galerías agrupadas en 20 manzanas que albergan 17.000 locales manejados por 10.000 empresarios que emplean a más de 50.000 trabajadores. Tiendas que reciben unos 60.000 visitantes al día.

“Si se techara, Gamarra sería el mall de confecciones de textiles más grande del planeta”, dice Luis Peroni, presidente del Comité de Confecciones de la Sociedad Nacional de Industrias (SNI). Sin embargo, Gamarra está lejos de ser un moderno centro comercial pues a pesar de su potencial, arrastra problemas que hasta hoy no le impiden convertirse en el cluster de confecciones más importante de la región.

Para Gustavo Juárez, catedrático de la Escuela de Dirección de la Universidad de Piura, aunque se han producido mejoras, falta mucho para que se consolide como un conglomerado de confecciones. “Como punto de venta le falta seguridad, limpieza y servicios adicionales como bancos, centros de entretenimiento y restaurantes”, dice. “Como centro de manufactura, muy pocas empresas tienen marcas propias y no todas son reconocidas. Se han dedicado a repetir o copiar productos y tienen poco poder de negociación”.

Muchas de las prendas de Gamarra son reetiquetadas en otros países.

Peroni, de la SNI, concuerda: “Gamarra tiene tres problemas fundamentales: no logran homologar sus calidades y por ello no estandarizan sus producciones (...) y a pesar de que tienen un excelente diseño, porque son muy hábiles para copiar modas, al no estar estandarizar sus procesos productivos, pierden fuerza”.

Según Gladys Triveño, presidenta ejecutiva de la consultora Proexpansión, los problemas que de Gamarra están vinculados a una evolución muy desordenada y no planificada. “Nadie pensó que Gamarra crecería tanto. Ni el Estado, ni los municipios, ni los propios empresarios que lo fundaron”, dice.

No obstante, y pese a que todos los especialistas coinciden en que los empresarios de Gamarra tienen muchas debilidades de gestión, también comparten la idea de que enfrentan muchos obstáculos que no han sido resueltos por ninguna institución privada ni pública. Para Juan Infante, gerente general de la consultora Diempresa, Gamarra puede convertirse en el centro de confecciones de América del Sur, pero no tiene apoyo estatal ni presencia de la sociedad civil empresarial.

“¿Realmente les interesa convertir Gamarra en un polo confeccionista? Esa acción no se ha dado. Los empresarios de Gamarra siguen haciendo las cosas como pueden, de una manera extraordinariamente buena”, dice Infante. “La Asociación de Exportadores (ÁDEX) se acercó hace años a través de su comité Pymeadex, pero todo desde sus oficinas de la Av. Javier Prado. No hay un acercamiento y tampoco han logrado establecer un canal realmente útil. Se está desperdiciando una potencia, años de experiencia empresarial y capital social en el tema de confecciones, proveedores, sabiduría en la confección, diseño, ubicación de insumos, talento especial para identificar mercadería proveniente de todas partes del mundo o una red de contactos en el ámbito de la importación”.

Línea a coser. Aunque a simple vista Gamarra está destinada a dar puntada sin hilo, varios de sus empresarios han sabido aprovechar las oportunidades que presenta el mercado.

“Muchos empresarios de Gamarra ubicaron mercados en los países vecinos. Venezuela fue el más importante, pero también Ecuador y Bolivia. No obstante, se produjo un fuerte golpe cuando el gobierno de Hugo Chávez puso trabas a la importación de ropa peruana a Venezuela”, dice Infante, de Diempresa.

Además, tal exportación no es del todo formal pues muchos de los clientes de los países vecinos venían a Lima a comprar la mercadería para llevársela ellos mismos.

Otra forma de exportación es a través de empresas que acopian o embalan las prendas y se encargaban del envío. A julio de este año, se exportó aproximadamente el 40% de la producción a Venezuela y Ecuador. Sin embargo, los envíos a Venezuela cayeron entre 15% y 20% por la devaluación del bolívar y las trabas mencionadas.

Aún así, la exportación no ha implicado un desarrollo de marca peruana. Muchas de las prendas son llevadas a los países de la región y re-etiquetadas. No obstante, para Peroni, de la SNI, esta experiencia ha dejado lecciones útiles. “Cuando exportaron a Venezuela a través de embaladoras, estas se convirtieron en el brazo articulador entre el mercado y la producción, los empresarios necesitan ser articulados con otros mercados y que les den estándares a cumplir. Solos no van a poder”.

La articulación se dificulta más porque los empresarios no están organizados. “En el caso de los gremios queda claro que hay mucha dispersión entre ellos, muchos gremios con pocos representados, hay poca afiliación, hay mucha desconfianza”, dice Gladys Triveño, de Proexpansión. “Muchos piensan que estos representantes buscan un beneficio propio y no velar por los intereses de los comerciantes y productores”.

Juan Infante, de Diempresa, coincide con ella: “en algún momento hubo una capacidad de articulación y negociación importante frente a los gobiernos. En los peores años de la época de Fujimori, trabajé junto a los empresarios de Gamarra y a través de paralizaciones totales logramos que nos hicieran caso, que se arreglen las pistas y que se reubique a los ambulantes”, dice. “Hoy esto se ha perdido. La capacidad de articulación del empresario para defender al chico ha quedado reducida a los esfuerzos de Diógenes Alva, presidente de la Coordinadora de Empresarios de Gamarra, para mínimamente mantener cierto orden a través de la Unión de Empresarios Textiles de Gamarra (UNETE)”.

A pesar de esta baja representatividad y adhesión gremial, las opciones de los empresarios gamarrinos para salir adelante son varias. “Al tener un centro de manufactura deben crear una propuesta de valor y de marca e identificar las competitivas” dice Gustavo Juárez, de la Universidad de Piura. “Es común escuchar a los empresarios hablar sobre la amenaza china, pero es un hecho que no podemos competir en precios. Deben desarrollar capacidades diferenciales. Gamarra es conocida por su flexibilidad en tiempo y tamaño”.

Asimismo, existe una nueva generación de empresarios y diseñadores que son conscientes que el mercado hoy no es el mismo que hace 40 años, cuando sus padres o abuelos se iniciaron en el negocio. “Hay jóvenes que están enfocados en profesionalizar el negocio de sus padres que, en algunos casos, han dado un paso al costado, dejando que los hijos desarrollen marcas, introduzcan nuevos diseños, exporten, profesionalicen algunos puestos que antes ocupaban personas de confianza”, dice Triveño, de Proexpansión.

Existen ejemplos de empresarios nacidos en Gamarra y que han seguido este camino. El caso más claro es el de la familia Flores y su marca Topy Top. Hoy es una de las grandes exportadoras del país y ha forjado una marca y una cadena de tiendas (Topitop) de gran solidez que conquista países como Colombia y Venezuela.

Pero antes de mirar el mercado externo, los especialistas consideran que es necesario enfocarse en el mercado interno como punto de partida para crear una marca fuerte. Incluso, las tiendas por departamento se han convertido en una ventana importante, pues la mayoría ha decidido apostar por las confecciones peruanas. “Compramos mucha polería a proveedores grandes, medianos o chicos de Gamarra” dice Bernardo Fernández, gerente de negocios textiles de la cadena de tiendas por departamentos Ripley. “Nos gustaría trabajar con más proveedores, pero no todos cumplen con los requisitos y no por precios, sino por plazos de entrega, fundamentales en el mundo de la moda”.
Fernández afirma que en 1996 (año en que se inauguró la primera tienda en el Perú) Ripley empezó con tres marcas nacionales, que hoy suman 80 y que piensan llegar pronto a 100. “Hay empresas que partieron con marcas muy chiquitas y que hoy se venden también en nuestras tiendas en Chile”, dice. “Un caso especial es el de José Luis Salinas, dueño de la marca Emporium, amigo de la casa desde hace muchos años quien diseñaba y producía para nuestras marcas propias y le dimos la oportunidad de ingresar con su marca que se ha convertido en una de las más importantes de toda la cadena”.

Así, a pesar de que hay mucha tela por cortar para que Gamarra finalmente tenga una visión y estrategia sólida para convertirse en un cluster de confecciones de alta calidad. Algunos ya han dado el primer paso, pero depende del resto seguir con esta nueva tendencia de moda en los negocios.