Para la mayoría de las personas, el aceite que queda luego de cocinar los alimentos es completamente inservible, y no se duda en eliminarlo. Pocos tienen conciencia que este desecho puede hacer que un vehículo ande una buena cantidad de kilómetros, sin contaminar el medio ambiente y gastando mucho menos dinero que si llenara su tanque con diésel convencional. Ello, gracias a que el aceite usado de cocina puede ser reciclado y convertido en biodiésel.

De hecho, “en Chile hay una importante oferta de aceites residuales de origen vegetal que pueden ser reutilizados para el mercado del biodiésel”, dice José Miguel Arriaza, de la División Renovables del Ministerio de Energía.

En la Región Metropolitana existía en 2011 un total de 4.725 empresas que generaban aceites residuales que potencialmente podían transformarse en biodiésel, dice el estudio “Estimación del potencial de aceites vegetales residuales y grasas animales para ser convertidos en biodiésel”, desarrollado por ese ministerio.

Si a lo anterior se suma el atractivo y bajísimo costo de recolectar aceite usado de cocina como insumo para la producción de biodiésel, el resultado es un negocio en Chile con márgenes de rentabilidad muy interesantes, dice Patricio Cavieres, presidente de la Comisión de Energía del Colegio de Ingenieros Agrónomos de Chile.

En algunos puntos del país, explica, el aceite residual se regala o se vende a un precio que va desde los US$0,17 a los US$0,35 el litro. “Si consideramos que el costo de procesamiento industrial del biodiésel puede alcanzar los US$0,52 el litro, que este biocombustible está exento de IVA e impuesto especifico, y que en este momento el precio del diésel de petróleo está en torno de los US$1,22 el litro, producir biodiésel a partir de aceite residual es un negocio ventajoso y competitivo”, dice Cavieres.

Ante este promisorio escenario, la empresa Bioils, que pertenece a TrioGroup y se dedicada al reciclaje de aceites vegetales usados en fritura en Latinoamérica, vio una oportunidad de emprender en Chile, por lo que en 2008 arrancó con el reciclaje de aceite con el fin de exportarlo como materia prima a diferentes países de Europa y Asia, donde es transformado en biodiésel.

La compañía cuenta con una planta en Santiago, en la comuna de Maipú, hasta donde diariamente llega su flota de camiones con aceite proveniente de fast food, malls, supermercados, pequeños restaurantes y 35 municipalidades a lo largo del país, y con los cuales mantiene convenios.

La capacidad de reciclaje de su planta en Chile hoy alcanza los 5 millones de litros al año, a lo que se suma el reciclaje de aceite que también realiza en Perú (7,2  millones de litros), en Colombia (6 millones de litros) y en Argentina (1,8 millones de litros), donde cuenta con filiales.

El 85% de todo este volumen es exportado principalmente a Holanda, Reino Unido y España, mientras que el 15% restante tiene por destino Estados Unidos y Corea del Sur. “Todo ello nos reporta una facturación regional de US$ 16,6 millones al año”, asevera Alex Salazar, Gerente Negocios de Bioils, “en 2017 apuntamos a construir una planta para producir biodiésel en Chile, en el sector de Lampa (Región Metropolitana)”.

Inesperados actores. Bioils no es la única interesada en explotar el atractivo negocio del biodiésel. En el camino han aparecido inesperados actores que también se han atrevido a innovar en este nicho. En 2013 Essbio (empresa chilena de servicios sanitarios ubicada en la sureña Región del Biobío) con el apoyo de la Universidad Técnica Federico Santa María sede Concepción, se aventuró en un proyecto para reciclar aceite vegetal residual de fritura, iniciativa que contempló la fabricación de una planta piloto para producir biodiésel.

Todo partió con la idea de eliminar o disminuir la cantidad de aceites y grasas que se vierten en los alcantarillados, dice Claudio Santelices, Gerente de Clientes y RSE de Essbio, dado que ello generaba muchas complicaciones al momento de descontaminar las aguas servidas en las plantas de Essbio. “Así fue como expertos de la Universidad nos sugirieron que podíamos reutilizar el aceite para producir biocombustible. Realizamos pruebas en nuestra flota de camiones para ver la respuesta del biodiésel y comprobamos que éste disminuía notoriamente los contaminantes emitidos”. La firma también efectuó pruebas en el sistema de inyección de los vehículos, los que también arrojaron positivos resultados.

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La producción de esta planta hoy está destinada a cubrir las necesidades de la flota de 400 camiones que posee la compañía. Concluida la fase piloto, la empresa ahora está evaluando los resultados para decidir si potenciará el proyecto.

Otro que también ha incursionado en el mundo del biodiésel es la Municipalidad de La Pintana en Santiago. Desde el 2006 cuenta con una planta de producción de biodiésel que produce hasta 100 litros diarios que alimentan a su flota de camiones recolectores de residuos. “Pero este volumen de producción varía”, dice Abel Cepeda, a cargo de la planta de biodiésel en la municipalidad, “ya que dependemos de las donaciones de aceite residual que hacen los vecinos del sector”.

Hasta aquí queda claro que Chile produce biodiésel en pequeñísima escala y sólo para uso industrial. La razón “se debe fundamentalmente a barreras de tipo logístico como los amplios radios de recolección que se requiere cubrir para reunir el volumen necesario y rentabilizar el negocio”, dice Arriaza.

Otro importante obstáculo, agrega, es el que plantea el mismo mercado, al no existir un poder de compra para este biocombustible. Finalmente, aspectos legales también impiden el desarrollo de este mercado, advierte Arriaza, dado que su uso o mezcla con diésel no es de carácter obligatorio, como sí ocurre en otros países de América Latina.

Panorama internacional. Tanto en Brasil como Argentina, Perú y Colombia existen leyes que obligan a consumir una mezcla que va desde 2,5% al 7% de biodiesel con diesel tradicional, dice Salazar. Por lo tanto, en estas naciones existe un mercado que depende directamente del consumo interno de diésel.

Y ello explica que Brasil y Argentina sean hoy los principales productores de biodiésel de la región. Según la consultora de biocombustibles Greenea, la producción de cada una de estas naciones bordea los 2 a 3 millones de toneladas anuales.

Incluso, en Río de Janeiro, describe Cavieres, “hay numerosas microempresas que se están apoyando en los `cartoneros’ para facilitar la recolección y acopio del aceite, y a quienes les entregan un triciclo con bidones de 50 litros, a cambio de un precio razonable”.

Si se compara la producción biodiésel de la región con la de otros países del mundo, la brecha es bastante mayor, dado que Europa produce cerca de 9 millones de toneladas anuales, seguido de Estados Unidos (4-3 millones de toneladas), Indonesia y Malasia (2-1 millones de toneladas), de acuerdo a datos de Greenea. El resto del mundo, en tanto, bordea una producción de va desde 1 millón a 2 millones de toneladas.  

Mientras tanto en la escena mundial son varias las empresas abocadas a la recolección de aceite residual tal cual hoy lo hace Bioils en Latinoamérica, siendo las principales Rottie (Amsterdam), AgriEnergy (Inglaterra) y MBP (Suecia).

Si los precios del diésel continúan subiendo, es probable que en un tiempo más veamos en las calles de Latinoamérica más cartoneros recolectando aceite usado que recolectando papel, cartón y plástico.