Hay quienes me han preguntado por qué dejé la investigación sobre los empresarios legales, “hombres de trabajo” como se llamaban ellos mismos a mediados de siglo, “emprendedores” como les llaman en las facultades y escuelas de Administración hoy en día.

Lina Britto, profesora de Historia Latinoamericana en la Universidad de Northwestern en Illinois y autora del mejor trabajo sobre la bonanza marimbera en Colombia, escribió en enero de este año en El Espectador de Bogotá: “Para algunos podría haber sido un giro de 180 grados, pero para el historiador Eduardo Sáenz Rovner, investigar a los capos de la droga y sus redes después de haber estudiado a las élites empresariales y sus gremios fue apenas una movida lateral”.

Y para complementar lo señalado por la profesora Britto, les señalo que esa movida lateral fue resultado de un descubrimiento accidental en mis investigaciones. Cuando estaba trabajando el libro Colombia años 50 me encontraba en los Archivos Nacionales de los Estados Unidos. Revisando los fondos documentales de Colombia me encontré con uno titulado “Colombia, Narcotics, años 30 a años 50”.

Fotocopié la información y me metí en una temática prácticamente inexplorada, esa es, la investigación del narcotráfico y consumo de sustancias psicoactivas en Colombia mucho antes de que el país se convirtiera en centro del narcotráfico mundial.

Un caso en particular me llamó la atención. En diciembre de 1956 dos hermanos colombianos fueron capturados en La Habana con un alijo de heroína avaluado en 16.000 dólares. Un par de meses después la policía colombiana en colaboración con agentes antidrogas norteamericanos allanaron el laboratorio de los dos hermanos Rafael y Tomás Herrán Olózaga en el exclusivo sector de El Poblado en Medellín. Por línea paterna, Rafael y Tomás eran descendientes directos de dos expresidentes de la República: Tomás Cipriano de Mosquera y Pedro Alcántara Herrán. Por línea materna eran primos hermanos y contemporáneos de los Echavarría Olózaga, miembros del más poderoso clan de industriales antioqueños. Investigando otros archivos encontré que Rafael y Tomás venían dedicados al narcotráfico desde al menos los años 30.

Por accidente había hecho una movida lateral como señaló Lina Britto.

No me metí en esta nueva temática como resultado de líneas, grupos, focos, decretados por las burocracias de Colciencias o por la administración central de la Universidad Nacional. Tampoco llegué al tema por conveniencia u oportunismo político como ha pasado con tantos estudios de “violentólogos”, “hablapazólogos”, “postconflictólogos”, etc., etc.

El caso de los hermanos Herrán Olózaga me llevó a seguirles la pista en Cuba. Pero fue tanta la información que encontré sobre Cuba, tanto en archivos de Estados Unidos como de la isla, que terminé investigando y escribiendo un libro sobre el narcotráfico, el contrabando y el juego en Cuba entre los años 20 y comienzos de la Revolución Cubana. El libro se publicó primero en el Centro de Estudios Sociales de la Universidad Nacional de Colombia y después se publicó en inglés en una importante editorial universitaria en los Estados Unidos.

Cuba, en las cuatro décadas anteriores a la Revolución de finales de los años 50, era uno de los principales centros del narcotráfico en el mundo durante esas décadas y diferentes sustancias psicoactivas se consumían en el país: cocaína entre las personas pudientes, opio entre la colonia china (la más grande en América Latina) y marihuana entre los campesinos y las personas pobres en las ciudades.

De la investigación encontré los siguientes puntos:

1. El narcotráfico no es resultado de la pobreza. Es un negocio internacional que requiere una infraestructura de comunicaciones relativamente sofisticada, narcoempresarios conocedores de las fuentes de las drogas y de los mercados internacionales del comercio y el consumo.

2. Cuba era uno de los países más avanzados en América Latina, integrado como el que más a la economía norteamericana y receptora de numerosos inmigrantes de España, otros países europeos, Estados Unidos, el Medio Oriente y China.

3. Los narcotraficantes no eran los mafiosos norteamericanos quienes se ocupaban de los hoteles y los casinos. Los narcos eran cubanos, inmigrantes españoles, y en numerosas ocasiones libaneses y franceses, estos últimos provenientes de Marsella.

4. Narcotráfico y violencia no significan necesariamente lo mismo como se cree en Colombia. A pesar de la ilegalidad, el narcotráfico en Cuba se manejaba sin asesinatos, amenazas, aún menos violencia indiscriminada.

5. A pesar de las acusaciones al dictador Fulgencio Batista, su gobierno colaboró con los norteamericanos y la expulsión de narcotraficantes extranjeros durante los años 50.

6. Después de la Revolución, y como parte de las tensiones y presiones norteamericanas, las autoridades antidrogas de los Estados Unidos acusaron –sin fundamento alguno– a Fidel Castro de ser el rey de la cocaína y de querer inundar con drogas a Norteamérica (una acusación similar se había hecho cuando Mao Tse Tung se tomó el poder en China a finales de los años 40). Igualmente los encargados de las políticas antidrogas alimentaron a la prensa de los Estados Unidos, en una campaña difundida en innumerables periódicos, de que Fidel Castro era un adicto a la cocaína. Y los columnistas repetían como loros que sólo un cocainómano podía dar discursos interminables a plena luz del sol además de exhibir, según ellos, un apetito sexual insaciable.