“Si volviera a España, probablemente entraría a trabajar en algún departamento, llevando el control de países de América Latina”, dice el español Pablo Fernández de Castro, director de la consultora Development Systems en Brasil. “Una vez que sales de tu país, es difícil desvincularse de una experiencia internacional”.

Fernández de Castro es uno de los tantos ejecutivos de origen europeo que han preferido buscar suerte en América Latina, sorteando así uno de los peores momentos económicos del Viejo Continente. Una situación que evoca, con sus diferencias, lo que ocurría hace aproximadamente un siglo en las principales ciudades de la región: colas interminables en los puertos, gente ansiosa por dejar atrás una Europa empobrecida y violenta. Ésa era la tónica del siglo XIX y comienzos del XX, durante una de las grandes migraciones masivas de la historia.

Históricamente, el período delimitado por las dos guerras mundiales y la depresión de 1930 se caracterizó por una disminución de los procesos de liberalización e integración comercial del siglo XIX. También comenzó una marcada elevación de los niveles de proteccionismo en las economías. La migración de personas que se produjo en aquella etapa fue el detonante de una incipiente globalización.

A escala mundial el número de migrantes internacionales registró un aumento cercano a los 100 millones de personas entre 1960 y 2000, con un peak en la década de 1980. Desde entonces el porcentaje de la población mundial que representan los migrantes se ha mantenido relativamente constante, según estudios de la Cepal. Hoy estaríamos asistiendo al resurgimiento de la migración desde Europa a América Latina, aunque bastante distinta. Ni masiva ni popular (de hecho sería exagerado hablar de oleada), la inmigración de ahora está siendo protagonizada por ejecutivos de cuello y corbata, licenciados con máster y estudios de postgrado, que dominan dos o tres idiomas. Pese a ello, buscan lo mismo que sus antepasados, algo que en sus países escasea: trabajo. Como Fernández de Castro, que llegó primero a Chile y después a São Paulo. La experiencia internacional le ha servido para promocionarse y ascender de director de proyectos a director de la oficina de Brasil, con 15 personas a su cargo.

Aunque tratan de integrarse, los ejecutivos llegados de Europa suelen hacer sus amistades con otros extranjeros.

Quemar naves. Volver no es una opción para el extranjero que llega, al menos por un rato. Las malas condiciones de trabajo actuales de sus países les llevan a separarse de familias y amigos para poder hacer carrera. “La gran diferencia ahora es que gano mucho más de lo que ganaba en Lisboa”, dice el portugués André Da Costa Bernal, consultor de Vivo en Brasil.

Actualmente, el mercado europeo se encuentra saturado de profesionales, hay poca oferta y mucha competitividad. “En América Latina ocurre lo contrario: hay mucha oferta de empleo y no existen ejecutivos cualificados para los puestos”, dice el brasileño Roberto Machado, director general de Michael Page para el Cono Sur. Aproximadamente el 95% de las multinacionales con las cuales ha hablado esta empresa de reclutamiento tienen como foco de expansión la región de América Latina y Asia. Ahora las prioridades de inversión se dan a los países emergentes en vez de a los desarrollados. Esto impacta en la demanda laboral, baja la tasa de desempleo y aumenta la carencia de mano de obra en países en desarrollo. De hecho, un profesional de un banco de inversiones en Wall Street gana mucho menos que uno que trabaja en São Paulo hoy en día. De hecho los salarios más altos de este rubro están en São Paulo o Shanghái.

Machado recuerda que en América Latina hay desempleo de gente poco calificada y muy poco de gente calificada. “Las empresas necesitan urgentemente personas preparadas y con estudios”, dice.

A la inmigración europea hay que añadirle la propia latinoamericana, la de aquellos que salieron de la región por distintos motivos y que ahora están volviendo a sus países de origen. “De los trabajadores cualificados de origen latinoamericano, más de la mitad ya volvieron desde que se produjera la crisis de Lehman Brothers” dice Machado. Distinto es el caso del inmigrante con menos recursos: “El que trabaja en un restaurante en Miami no va a volver, puesto que a esos niveles da lo mismo un país que otro” dice el brasileño.

Según estadísticas de Michael Page, Brasil, México, Colombia, Chile y Argentina son los países preferidos por los extranjeros llegados del continente. Chile cuenta con un 10%, sobre todo de españoles, “debido a la calidad de vida local, políticas macroeconómicas, seguridad, nivel de sueldo y clima propicio para los negocios”, dice Machado. Argentina, por su parte, cuenta sólo con un 5% debido a la problemática de sueldos. Al último se encuentran México y Colombia, países percibidos como riesgosos.

“En Brasil aproximadamente un 30% de las candidaturas para puestos de trabajo son españolas, portuguesas y francesas”, dice el brasileño. Dado que Petrobras y Vale absorben todo el porcentaje de ejecutivos brasileños, ¿qué queda para el resto? “Brasil además es un mercado de gente joven, te encuentras a gente de 25 años en las reuniones con cinco años de experiencia. En las reuniones el becario participa, no como en España, que son muñecos de cera”, dice el español Fernández de Castro.

De abrazos y trámites. Tal como en la oleada anterior, los nuevos migrantes se enfrentan al choque de culturas, aun cuando éstas provengan de un tronco común, como la brasileña y la portuguesa.

“Los brasileños te reciben de brazos abiertos, pero nunca cierran los brazos”. Ésta fue la frase que más sorprendió a Da Costa al llegar a Brasil. La superficialidad de América Latina, conocida como la cultura del “culto al cuerpo”, es algo con lo que no terminan de encajar muchos extranjeros. “Los extranjeros se llevan la impresión de que aquí se le da mucha importancia a la imagen”, dice el portugués.

Aunque tratan de integrarse, los ejecutivos llegados de Europa suelen hacer sus amistades dentro del grupo de extranjeros. “Los locales con los que me relaciono son del entorno de la oficina”, dice Da Costa.

Aunque la bienvenida suele ser cálida, acaba siendo corta y con su cuota de estrés. Existe mucho papeleo antes y durante la llegada: el visado de turista suele durar tres meses, dependiendo del país, y conseguir el visado de trabajo tarda a lo menos dos meses. En este sentido los tiempos no corren a favor del recién llegado. “Existen agencias que te ayudan con los documentos, pero yo pasé seis horas en la cola de la policía de extranjería en Rio”, recuerda Da Costa.

Ya en sus países de origen tienen que pasar por consulados y departamentos de extranjería para recopilar todos los papeles que se les exigirán en el país de destino, sólo para entrar en el país. “Una vez allí, si quieren quedarse, han de buscar una empresa que los esponsorice”, dice Bruno Garro director de Oficina de la escuela de negocios española IE en Perú. “Están sujetos a esa empresa si quieren permanecer en el país”.

Aun así, el español Fernández de Castro no tiene contemplado volver a su país. Al menos no por ahora. “Mi experiencia me dice que los que vuelven, lo suelen hacer para peor”.