Los riesgos de la instalación de la procesadora de uranio Dioxitek en las afueras de la ciudad de Formosa y la eventual creación de un “polo nuclear” en la frontera con Paraguay hay que evaluarlos en dos niveles. Uno es el de los efectos de la operación rutinaria de la planta y de las proyectadas centrales nucleares. El otro, quizás más importante en lo que a nuestro país respecta, es considerando la variable del “peor accidente posible”.

En ambos niveles, los riesgos son mayores o menores dependiendo de a quién uno le pregunte. Algunos dirán que la región se expone a un nuevo Chernóbil y que nuestros campos pronto serán desolados páramos cancerígenos habitados por zombis. Otros aducirán que todo es pura paranoia de fanáticos o de ignorantes y que la tecnología nuclear es la fuente de energía más limpia y más segura que existe.

Sin necesidad de ser ni alarmistas ni ingenuos, entre los dos extremos se pueden rescatar consideraciones importantes para tener en cuenta.

El biólogo Raúl Montenegro, un conocido activista ambiental cordobés distinguido con el Premio Nobel Alternativo en 2004, contrario al desarrollo nuclear en Córdoba y al programa atómico argentino en general, al que considera “faraónico, económicamente inviable, improvisado y peligroso”, sostiene que Dioxitek ha producido en su ciudad daños que deliberadamente no han sido medidos, y acusa al “lobby nuclear” de esconder o manipular información.

“El Chichón”. Una de las mentiras que le atribuye es pretender separar la actividad de Dioxitek de las 57.000 toneladas de uranio enterradas en lo que llaman “El Chichón”, que es una colina artificial dentro del predio de la planta en Córdoba con desechos acumulados y tapados con capas sucesivas de tierra durante décadas.

Muchos dicen que lo que está debajo de El Chichón son nada más que “colas de uranio natural” no peligrosas y que están allí desde antes de Dioxitek. Quienes rebaten esta afirmación sostienen que esa planta tiene sus orígenes ya en los años 50 y que funcionó como tal desde 1982, primero con el nombre de Complejo Fabril Córdoba, y con la actual denominación, desde 1997.

Montenegro afirma que ese fue un depósito continuo de residuos de la planta desde mucho antes y hasta hace muy poco, y los vecinos con quienes pudimos conversar en el barrio, que generalmente nos pidieron no mencionar sus nombres, tienden a confirmar esta afirmación.

Valores mínimos. En ambos niveles, los riesgos son mayores o menores dependiendo de a quién uno le pregunte. Algunos dirán que la región se expone a un nuevo Chernóbil y que nuestros campos pronto serán desolados páramos cancerígenos habitados por zombis. Otros aducirán que todo es pura paranoia de fanáticos o de ignorantes y que la tecnología nuclear es la fuente de energía más limpia y más segura que existe.

Sin necesidad de ser ni alarmistas ni ingenuos, entre los dos extremos se pueden rescatar consideraciones importantes para tener en cuenta.

El biólogo Raúl Montenegro, un conocido activista ambiental cordobés distinguido con el Premio Nobel Alternativo en 2004, contrario al desarrollo nuclear en Córdoba y al programa atómico argentino en general, al que considera “faraónico, económicamente inviable, improvisado y peligroso”, sostiene que Dioxitek ha producido en su ciudad daños que deliberadamente no han sido medidos, y acusa al “lobby nuclear” de esconder o manipular información.

“El Chichón”. Una de las mentiras que le atribuye es pretender separar la actividad de Dioxitek de las 57.000 toneladas de uranio enterradas en lo que llaman “El Chichón”, que es una colina artificial dentro del predio de la planta en Córdoba con desechos acumulados y tapados con capas sucesivas de tierra durante décadas.

Muchos dicen que lo que está debajo de El Chichón son nada más que “colas de uranio natural” no peligrosas y que están allí desde antes de Dioxitek. Quienes rebaten esta afirmación sostienen que esa planta tiene sus orígenes ya en los años 50 y que funcionó como tal desde 1982, primero con el nombre de Complejo Fabril Córdoba, y con la actual denominación, desde 1997.

Montenegro afirma que ese fue un depósito continuo de residuos de la planta desde mucho antes y hasta hace muy poco, y los vecinos con quienes pudimos conversar en el barrio, que generalmente nos pidieron no mencionar sus nombres, tienden a confirmar esta afirmación.

Valores mínimos. También cuestiona la supuesta inocuidad. Al contrario, señala que de El Chichón necesariamente se tienen que estar desprendiendo emanaciones radiactivas -“que no se huelen, no se ven, no tienen presencia física”- de varios materiales “hijos” del uranio, como el radón-222.

Al respecto, el ingeniero Héctor Malano, presidente de la Asociación Profesional de Ingenieros Especialistas, hoy retirado de la docencia, pero durante cuarenta años profesor de la Universidad Nacional de Córdoba y director del reactor nuclear de investigación RA “0” que funciona en la Facultad de Ingeniería de esa prestigiosa institución, dice que todas las veces que hubo alguna denuncia o incidente en Dioxitek la universidad fue convocada para hacer las mediciones respectivas, y que nunca los valores estuvieron ni cerca de los mínimos admitidos.

Montenegro señala en materia de radiación no hay valores mínimos de seguridad y cita los informes del Comité BEIR (sigla en inglés para Efectos Biológicos de la Radiación Ionizante) de Estados Unidos, que indican que aun pequeñas dosis de radiación podrían representar un riesgo para la salud en determinadas circunstancias.

“Quienes están en contra de la energía nuclear van a decir cualquier cosa”, responde Malano. “Nosotros aceptamos los valores límites establecidos para la seguridad nuclear. Nada es seguro el cien por ciento, ninguna actividad humana lo es, pero todos los estudios que se han hecho determinan que, por debajo de esos valores, no se detectan efectos en la salud de las personas”.

Si Dioxitek afectó o no la salud de las personas que viven a su alrededor, en realidad, no lo sabemos. Muchos vecinos creen que ha habido una incidencia importante de cáncer entre ellos, hablan de al menos un caso por familia, pero la verdad es que no se ha hecho ningún estudio comparativo, lo cual en sí mismo no deja de llamar la atención.

Cerca de Paraguay. Dioxitek fue finalmente clausurada en Córdoba el 10 de noviembre y todo indica que va a ser reubicada en las afueras de la ciudad de Formosa, cerca del río, frente a Paraguay, a 20 kilómetros de Alberdi y 90 de Pilar.

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Se supone que la nueva Dioxitek debería incorporar una tecnología más avanzada, lo que debería implicar una reducción del riesgo. Montenegro piensa que no, por la sencilla razón de que la Dioxitek de Formosa está proyectada para una capacidad de 460 toneladas de dióxido de uranio al año, tres veces mayor que la de Córdoba, de 120 toneladas.

“Puede que en estructura y maquinaria sea más avanzada, pero el volumen del manejo de insumos será tres veces mayor, y con ello, el riesgo. Además, si se produjera un accidente, las consecuencias serían también más graves, y hay siempre que partir de la base de que no existe ninguna planta que no pueda tener un accidente”, señaló.

No obstante, concedió que el riesgo principal lo corren las comunidades aledañas, mayormente indígenas Namqom, porque ellos se exponen no solo a eventuales accidentes, sino al paso de camiones con químicos, explosivos, cierto material radiactivo, dióxido de uranio y residuos.

“La amenaza a Paraguay yo la veo más que nada en el caso de un grave accidente que libere por aire una nube de sustancias químicas y de uranio radiactivo, la cual podría llegar al territorio paraguayo”, subrayó.

“Estén tranquilos”. El ingeniero Malano tiene una opinión diferente. Insiste en que Dioxitek protagonizó algunos incidentes, pero no accidentes, y ha funcionado “dentro de parámetros aceptables en términos de seguridad”. Agregó que el dióxido de uranio es un polvo negro que emite rayos alfa, que no son particularmente agresivos y son fácilmente bloqueados con materiales convencionales. “Uno puede meter la mano en un tambor de dióxido de uranio con apenas un guante de látex”.

Por el lado de Dioxitek, “deberían estar tranquilos”, dijo, y si se concretara la instalación de un reactor Carem 150, “aún más”.

El motivo que alega es que estas centrales tienen una tecnología que denominan “intrínsecamente segura”, en la que todos los equipos, intercambiadores de calor, bombas y demás están dentro de una “vasija de presión”, que aísla cualquier posible accidente del espacio exterior.

A modo de ejemplo, mencionó que el accidente de Three Mile Island en Estados Unidos (1979) fue mucho mayor que el de Chernóbil (1986), pero no hubo muertos ni gente irradiada porque, a diferencia de la soviética, era una central intrínsecamente segura.

También cuestiona la supuesta inocuidad. Al contrario, señala que de El Chichón necesariamente se tienen que estar desprendiendo emanaciones radiactivas -“que no se huelen, no se ven, no tienen presencia física”- de varios materiales “hijos” del uranio, como el radón-222.

Al respecto, el ingeniero Héctor Malano, presidente de la Asociación Profesional de Ingenieros Especialistas, hoy retirado de la docencia, pero durante cuarenta años profesor de la Universidad Nacional de Córdoba y director del reactor nuclear de investigación RA “0” que funciona en la Facultad de Ingeniería de esa prestigiosa institución, dice que todas las veces que hubo alguna denuncia o incidente en Dioxitek la universidad fue convocada para hacer las mediciones respectivas, y que nunca los valores estuvieron ni cerca de los mínimos admitidos.

Montenegro señala en materia de radiación no hay valores mínimos de seguridad y cita los informes del Comité BEIR (sigla en inglés para Efectos Biológicos de la Radiación Ionizante) de Estados Unidos, que indican que aun pequeñas dosis de radiación podrían representar un riesgo para la salud en determinadas circunstancias.

“Quienes están en contra de la energía nuclear van a decir cualquier cosa”, responde Malano. “Nosotros aceptamos los valores límites establecidos para la seguridad nuclear. Nada es seguro el cien por ciento, ninguna actividad humana lo es, pero todos los estudios que se han hecho determinan que, por debajo de esos valores, no se detectan efectos en la salud de las personas”.

Si Dioxitek afectó o no la salud de las personas que viven a su alrededor, en realidad, no lo sabemos. Muchos vecinos creen que ha habido una incidencia importante de cáncer entre ellos, hablan de al menos un caso por familia, pero la verdad es que no se ha hecho ningún estudio comparativo, lo cual en sí mismo no deja de llamar la atención.

Cerca de Paraguay. Dioxitek fue finalmente clausurada en Córdoba el 10 de noviembre y todo indica que va a ser reubicada en las afueras de la ciudad de Formosa, cerca del río, frente a Paraguay, a 20 kilómetros de Alberdi y 90 de Pilar.

Se supone que la nueva Dioxitek debería incorporar una tecnología más avanzada, lo que debería implicar una reducción del riesgo. Montenegro piensa que no, por la sencilla razón de que la Dioxitek de Formosa está proyectada para una capacidad de 460 toneladas de dióxido de uranio al año, tres veces mayor que la de Córdoba, de 120 toneladas.

“Puede que en estructura y maquinaria sea más avanzada, pero el volumen del manejo de insumos será tres veces mayor, y con ello, el riesgo. Además, si se produjera un accidente, las consecuencias serían también más graves, y hay siempre que partir de la base de que no existe ninguna planta que no pueda tener un accidente”, señaló.

No obstante, concedió que el riesgo principal lo corren las comunidades aledañas, mayormente indígenas Namqom, porque ellos se exponen no solo a eventuales accidentes, sino al paso de camiones con químicos, explosivos, cierto material radiactivo, dióxido de uranio y residuos.

“La amenaza a Paraguay yo la veo más que nada en el caso de un grave accidente que libere por aire una nube de sustancias químicas y de uranio radiactivo, la cual podría llegar al territorio paraguayo”, subrayó.

“Estén tranquilos”. El ingeniero Malano tiene una opinión diferente. Insiste en que Dioxitek protagonizó algunos incidentes, pero no accidentes, y ha funcionado “dentro de parámetros aceptables en términos de seguridad”. Agregó que el dióxido de uranio es un polvo negro que emite rayos alfa, que no son particularmente agresivos y son fácilmente bloqueados con materiales convencionales. “Uno puede meter la mano en un tambor de dióxido de uranio con apenas un guante de látex”.

Por el lado de Dioxitek, “deberían estar tranquilos”, dijo, y si se concretara la instalación de un reactor Carem 150, “aún más”.

El motivo que alega es que estas centrales tienen una tecnología que denominan “intrínsecamente segura”, en la que todos los equipos, intercambiadores de calor, bombas y demás están dentro de una “vasija de presión”, que aísla cualquier posible accidente del espacio exterior.

A modo de ejemplo, mencionó que el accidente de Three Mile Island en Estados Unidos (1979) fue mucho mayor que el de Chernóbil (1986), pero no hubo muertos ni gente irradiada porque, a diferencia de la soviética, era una central intrínsecamente segura.