-El Perú ha escalado posiciones en el Ránking de Competitividad del World Economic Forum (WEF) hasta ubicarse en el puesto 67. No obstante, en innovación hemos retrocedido. ¿Podremos seguir avanzando en este indicador del WEF si no elevamos este rubro?

-No. La economía moderna exige reformas urgentes para establecer formas más inteligentes para vincularse con el mundo en forma estratégica. El mundo crece y demanda una gestión del conocimiento no solo para vender productos, sino también servicios. Para crecer, debes dejar de producir solo materias primas para producir bienes y servicios con valor agregado. Eso exige un clima que fomente la innovación.

-¿Qué se requiere para desarrollar este clima?

-Que las empresas se introduzcan más que en el conocimiento, con énfasis en selección y gestión del talento, para encontrar oportunidades distintas en el desarrollo de capacidades. Que el Estado fomente la aplicación, además de las matemáticas y las letras, de la creatividad y del entretenimiento como herramientas más sofisticadas de aprendizaje en los colegios. Se debe motivar a las universidades a hacer un análisis para generar carreras distintas. Innovar es entender que tu mercado no siempre va a ser el mismo.

-¿Qué se debe hacer para estar entre los más innovadores?

-Comprender primero qué es innovación. Tenemos una mala contabilidad de su significado. Durante mi gestión en el Ministerio de la Producción se solicitó un estudio para determinar una línea de base, comprender dónde estábamos, para, a partir de allí, generar iniciativas en innovación. Organizamos los primeros fondos para innovación, el Fincyt y el Fidecom, pero no fueron suficientes. Se necesita más inversión, pero no solo pública, sino también privada, que el sector privado registre la innovación en sus libros contables. Pero como las empresas no patentan no tenemos cómo medir su inversión ni sus avances.

-¿Por qué las empresas o los organismos responsables de innovación no patentan, como en otros países?

-Porque no existe una cultura del conocimiento, que lo aprecie como generador de valor en el mercado. En el gobierno pasado tratamos de introducir en el Sistema Nacional de Inversión Pública este enfoque, para producir inversión en investigación y desarrollo, pero hubo mucha dificultad para poder implementarlo porque en el Estado la burocracia tampoco posee indicadores para medir el capital del conocimiento.

-¿Pero el canon de las regiones no tenía un componente de gasto en investigación en universidades?

-El problema es que el Estado mide la inversión pública en infraestructura, no se mide en capital de conocimiento. Las autoridades no han aprendido a entender esta variable. Buscan impacto y gastan en ladrillos, carpetas y fierros para construir centros de idiomas. No está mal, pero el objetivo de esta norma era invertir en laboratorios.

-¿Cómo se podría resolver este problema?, porque es uno de los pocos casos para los que sí existen fondos.

-La fórmula sería que este presupuesto (del canon) sea concursable, en vez de que se siga gastando en ladrillo y carpetas, que las universidades lo usufructúen con proyectos ligados a innovación, tal como el Fincyt, que logró hacer proyectos de investigación en universidades en ciencias básicas y aplicadas, pero con sus limitaciones por falta de presupuesto.

-¿Por qué ha sido tan difícil desde el Estado elaborar una agenda en ciencia, tecnología e innovación (CTI)?

-Por prejuicios. Primero queríamos tener un Estado pequeño que solo interviniera en lo mínimo indispensable, que administrara los recursos de un país siempre en déficit con dificultades. Funcionó ser superortodoxo en las reformas iniciales, en lo macroeconómico. Incluso los más ortodoxos decían que la mejor política comercial era la que no existía. Fomentar cosas como la CIT no ha sido prioridad, no se entendían las externalidades positivas en este campo. En el gobierno pasado incorporamos estos temas a la gestión del MEF, pero con pasos pequeños. Espero que esto se corrija ahora, pero no a través de más ministerios sino de mejor gestión y recursos.

-¿Desde el MEF pudo medir qué impacto tendremos en la economía si no innovamos?

-Lo que hemos visto en el MEF han sido los cuellos de botella por falta de innovación. No es que sea malo exportar productos primarios, pero si no avanzamos a la siguiente etapa, con productos más elaborados, con innovación en agroexportación, no vamos a poder atender demandas más exigentes del mercado. La labor del Estado debe ser apoyar ese tipo de innovaciones, darle las facilidades para que esa inversión sea valorada, con una retribución incluso tributaria.

-¿Ve a este gobierno con iniciativas en este sentido para facilitar la innovación?

-He visto al ministro Kurt Burneo (Producción) con algunos proyectos en este sentido, espero que los cumpla. Pero falta ver esa misma determinación en el resto de ministerios, porque la innovación no solo se da en pesca y manufactura, sino incluso en todas las carteras vinculadas a la competitividad, como Transporte, Energía y Minas, Agricultura y Trabajo. Espero que Luis Miguel (Castilla, ministro de Economía} tenga la visión de fortalecer el Consejo Nacional de la Competitividad (CNC). Él sabe de estos temas; la primera vez que nos conocimos fue por trabajar en el Proyecto Andino de Competitividad.

-¿La moratoria contra los transgénicos contribuye o no a la innovación?

-No contribuye. Gracias a nuestra biodiversidad, deberíamos fomentar la investigación científica sobre la base de nuestra materia genética. Aquí, sin argumento científico, nos han vedado esta oportunidad, y al no reglamentar adecuadamente el ingreso de las semillas transgénicas lo único que se fomenta es su uso ilegal y todos los potenciales males ambientales y sanitarios que pregonan los que se oponen, sin analizar la posibilidad de que estos productos se desarrollen en armonía con la biodiversidad. Eso sucedió en varios países vecinos y tuvieron que aceptar la regulación después de que el daño ecológico ya se había producido. Nosotros podríamos poner los límites para evitar los males, invertir en la correcta vigilancia y control y no dejar a nuestra agricultura indefensa frente al avance de la ciencia.

-Los que se oponen dicen que eso dañará irreversiblemente nuestra biodiversidad.

-Eso es tapar el sol con un dedo o vivir en un mundo muy romántico y poco pragmático. Los cultivos tradicionales, los orgánicos y los que aplican tecnología genética, pueden convivir sin daño al ambiente ni a la diversidad biológica, ni a la salud pública, si los regulamos bien.