El día en que Pedro Parente renunció a la presidencia de Petrobras, el primer reemplazo que sugirió el Consejo de Administración fue Ivan de Souza Monteiro. Su eventual nombramiento no generaría ninguna sospecha de no ser porque este ingeniero de 58 años fue la mano derecha de Aldemir Bendine, quien dirigió la petrolera entre 2015 y 2016 y hoy paga una pena de 11 años por corrupción. 

Bendine llevó a Souza Monteiro a la petrolera en febrero de 2015, el mismo año en que Dilma Rousseff puso al primero a cargo de la compañía, y aunque trabajaron juntos durante años en el Banco de Brasil, fue en Petrobras que Monteiro se convirtió en su verdadero hombre de confianza. En los pasillos de la empresa se llegó a decir que el entonces director financiero era el principal gestor de la petrolera, mientras que Bendine raras veces se encontraba en Petrobras. 

En enero de este año, Bendine perdió su cargo y se le acusó de haber recibido tres millones de reales de Odebrecht a cambio de favorecer contratos con Petrobras. Monteiro, aparentemente, no fue salpicado por los escándalos y continuó trabajando en la petrolera. Desde su cargo como director financiero tuvo que lidiar con la crisis de la compañía, producto de los escándalos de corrupción investigados por la Operación Lava Jato. 

Monteiro asumió la presidencia tras las huelgas de camioneros alrededor del país, quienes se levantaron contra el aumento de precios del combustible y paralizaron buena parte del país durante nueve días. El golpe a la economía fue tal que la ciudad de São Paulo, centro financiero de Brasil, se declaró en estado de emergencia y Petrobras dejó de ser la compañía más valiosa del país en la bolsa por esas fechas, cayendo hasta el cuarto puesto, por debajo de Ambev, Vale e Itaú.

Algunos analistas sugieren que su principal desafío será recuperar la credibilidad en el mercado, mientras que otros creen que lo más difícil será enfrentarse a los cambios que supone la llegada de un nuevo jefe de estado en octubre de este año. 

La crisis llevó a la estatal a congelar los precios durante unos días y a que el gobierno se comprometiera a cubrir el déficit que le generaran los subsidios a la gasolina. Pero la gota que colmó el vaso fue cuando los propios trabajadores de la empresa entraron en un paro de 72 horas y exigieron la renuncia de Pedro Parente, quien salió por la puerta de atrás el pasado 1 de junio: "En vista de este escenario, mi estancia en Petrobras ya no es positiva”, dijo Parente en su carta de renuncia, dirigida al presidente de Brasil, Michel Temer. 

A diferencia de Parente, que en 2016 fue presentado en un evento mediático en el Palacio de Planalto, Monteiro se posesionó en una ceremonia muy discreta al interior de la empresa a los cinco días de la salida de su antecesor. Según el diario paulista Estadão, Monteiro sólo aceptó el cargo cuando le garantizaron que el gobierno federal no intervendría en la política de precios de la empresa, hecho resaltado por Temer cuando le declaró su apoyo públicamente. El presidente también aseguró que Monteiro continuaría con la política económica que, según él, “retiró la empresa del perjuicio y la trajo nuevamente al rol de las más respetadas de Brasil y del exterior”.   

En su momento, algunos expertos aseguraron que el gobierno buscó designar a una persona que tuviera el apoyo del mercado financiero y, efectivamente, fue una decisión aplaudida por el Consejo de Administración y que terminó por impulsar un repunte de las acciones de la empresa. Aunque también hay que decir que no todos celebraron su ascenso: medios como Folha revelaron que los mismos sindicatos que pidieron la cabeza de Parente criticaron la llegada del ejecutivo. 

A pesar de ser un hombre de bajo perfil y con credibilidad en el sector financiero, Monteiro también es visto por algunos como un funcionario cuyas decisiones pueden tener interferencias políticas, como cuando apoyó a Parente con la decisión de bajar y congelar los precios del combustible, movimiento criticado por estar más alineado con intereses políticos que empresariales, al parecer. 

Nacido en Manaos, región amazónica del país, el actual CEO de Petrobras se formó en ingeniería electrónica y telecomunicaciones en Minas Gerais y tiene un MBA ejecutivo en finanzas y gestión pública. Antes de entrar a la estatal petrolera ocupó varios cargos en el sector bancario, particularmente en el Banco de Brasil, en donde fue vicepresidente de Gestión Financiera, gerente general en las agencias del banco en Portugal y Nueva York, superintendente y director comercial.

Algunos analistas sugieren que su principal desafío será recuperar la credibilidad en el mercado, mientras que otros creen que lo más difícil será enfrentarse a los cambios que supone la llegada de un nuevo jefe de estado en octubre de este año. 

Todo esto se da en medio de un escenario que beneficia a la petrolera, gracias a los precios del crudo, que están en su mejor nivel desde la crisis de 2014. La semana pasada, el Senado brasileño congeló un proyecto de ley que le habría otorgado la posibilidad a empresas extranjeras de explorar costa afuera (el denominado offshore) reservas que podrían ser más grandes que todo el petróleo en México.

Este movimiento fue visto como un espaldarazo a la gestión de Petrobras y, de paso, como una suerte de proteccionismo para la estatal petrolera. Varias empresas se quejaron por estos hechos.

El aparente respaldo del Senado a la petrolera se dio pocos días después de que Petrobras volviera a admitir a una filial de Odebrecht como oferente en contratos de perforación y explotación costa afuera, luego de una prohibición de tres años y medio derivada del escándalo de corrupción que envolvió a la firma de construcción brasileña.