Según estudios de ingenieros, como Nelson Hernández, especializados en el tema energético, y tomando como base experiencias previas en otros países que han utilizado la energía nuclear como alternativa, la inversión estimada para el proyecto de la planta venezolana estaría, aproximadamente, en US$3.250 millones para generar 500 MW.

El montaje de la planta no es un proceso de corto plazo. El Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares de México, por ejemplo, estableció 10 años como tiempo promedio para el diseño y construcción de una instalación de este tipo.

Entre 10 y 12 años podría demorar el diseño y construcción de una planta nuclear en Venezuela.

La central de Laguna Verde, en Veracruz, tiene dos unidades de producción. La primera se construyó entre 1976 y 1989, y la segunda, entre 1977 y 1995. En Latinoamérica, según un estudio realizado por el ingeniero José Aguilar, solo la central Embalse, ubicada en Argentina, cumplió esos 10 años de montaje, tomando como punto de partida el año 1974.

En nuestro caso, a juicio del experto, la culminación del proyecto tardaría un mínimo de 12 años desde su diseño.

La palabra prohibida. No es la primera vez que el presidente Hugo Chávez atrae la mirada internacional al pronunciar las frases "enriquecimiento de uranio", o "proyectos nucleares".

En 2008 se suscribieron tratados con Rusia, y en 2009 el mandatario nacional afirmó la existencia de un plan nuclear civil con Irán, país al que ha defendido varias veces contra un desconfiado Estados Unidos.

Las alianzas del jefe de Estado han encendido alarmas. A mediados de este año, el ex secretario adjunto de EEUU para América Latina, Roger Noriega, acusó al presidente Chávez de cooperar con Irán para la obtención de tecnología nuclear y uranio.

Según declaraciones dadas en septiembre de 2009 por el ex ministro de Industrias Básicas y Minería, Rodolfo Sanz, Irán estaba prestando apoyo a Venezuela con "los vuelos aerogeofísicos y los análisis geoquímicos" para detectar reservas de uranio en el occidente y suroeste del país.

Pero el problema no radica en la búsqueda de uranio, algo que se hace en Venezuela desde los años 50 -comentan expertos como el ingeniero Nelson Hernández-, sino en la ética de quien lo enriquece y sus verdaderas intenciones.

La delgada línea roja. El uranio se trata para aumentar el contenido del isótopo U-235, que es el físil. En su forma natural, el porcentaje de este componente es muy bajo para los reactores, por eso el elemento se enriquece hasta 3%- 5%.

Ese 5% es la línea que divide las intenciones pacíficas y bélicas, según la World Nuclear Association. Pero la utilización de esa materia para la energía ha sido bien vista, siendo incluso una fuente de bajo nivel de contaminación, hasta que llega el momento de ver qué hacer con esos desechos tóxicos.

Un estudio realizado por los investigadores del Instituto de Ciencias de la Tierra de la UCV, Jean Pasquali y Ramón Sifontes, señala que EEUU tenía, para 2006, 103 reactores activos, y Francia, en segundo lugar, 59.

Comenta el coordinador asociado del Centro Internacional de Energía y Ambiente del Iesa, Fernando Branger, que el gran problema es que "ni siquiera EEUU", el gran productor de energía (aunque no de uranio), sabe qué hacer con los desechos radioactivos, variante a considerar en el proyecto, además de los costos, tiempos de construcción y entrenamiento de personal para asegurar un adecuado mantenimiento y evitar un "accidente catastrófico" en la región.