Habrá que esperar ocho años más para que aparezca un etanol derivado de restos forestales, papel y cartón que sea comercialmente accesible. Y en el mejor de los casos. Así lo afirma un artículo dado a conocer en la publicación científica Biofuels, Bioproducts & Biorefining, para el cual esto se origina en el hecho de que el costo de la construcción a gran escala de plantas destinadas a la producción de etanol de segunda generación será más caro, en comparación con tecnologías de primera generación. 

Tal sobreprecio no se relaciona con los costos de la madera, la inmadurez de la industria o la inexistencia de un mercado; sino con la celulosa misma, que está compuesta por varios tipos de azúcares, en tanto que el almidón de maíz o la caña de azúcar, por el contrario, se componen de glucosa pura. ¿Cómo influye esto? El almidón de maíz puede ser reducido a la glucosa usando una enzima llamada amilasa, que es de bajo costo, mientras que tratamiento de la lignocelulosa requiere un cóctel de enzimas conocidas como celulasas. Lamentablemente, resulta que la provisión de estas enzimas es uno de los principales costos de todo el proceso y, aquí viene el punto clave, actualmente es necesaria doce veces más celulasa que amilasa para generar la misma cantidad de etanol a partir de biomasa leñosa.

“A pesar de muchos esfuerzos y progresos en los últimos años, el costo de la utilización de enzimas celulasas, sigue siendo significativamente superior a la de la amilasa”, dice Jamie Stephen, el autor principal del estudio, quien trabaja en el Departamento de Ciencias de la Madera en la Universidad de British Columbia, Vancouver, Canadá. Y agrega que “tendrá que reducirse sustancialmente antes de que la lignocelulosa comience a ser competitiva con el maíz y la caña de azúcar como materia prima”.

No se trata únicamente de la necesidad de encontrar un medio de abaratar la mencionadas celulasas. Stephen hace hincapié en que existe una situación de base que dificulta ese avance: las materias primas que se encuentran en los sistemas de lignocelulosa son muy variadas, ya que las diferentes especies de madera tienen propiedades disímiles (se trata de especies distintas). Lo mismo ocurre con los desperdicios de papel y los desechos agrícolas, que contienen muchos tipos de material en ellos. Así, para conseguir la máxima eficiencia, cada variedad de biomasa debe ser procesada bajo condiciones diferentes, pero no se puede tener una planta específica para cada árbol o desecho.

Ante el panorama descrito, “los investigadores y las empresas van a tener que concentrarse en la reducción del costo del tratamiento previo y el aumento de la salida del digestor, con el fin de reducir los costos del proceso de lignocelulosa en etanol”, propone el experto.

De todas formas, existe un incentivo muy poderoso para el desarrollo del etanol proveniente de lignocelulosa. Sucede, recuerda Stephen, que  “la celulosa el polímero vegetal más abundante en la Tierra que no puede ser digerido por los seres humanos, por lo que el uso para la producción de combustible no compite directamente con el suministro de alimentos”, como si lo hacen en el caso del maíz y la caña de azúcar. Quien logre equiparar o bajar los costos permitiría que esos productos se redireccionaran a consumo humano. Algo fundamental en un planeta que ahora va camino a los 8 mil millones de habitantes.