Con precios de petróleo que parecen haberse estabilizado por encima de los US$70 (y que han rozado los US$80 este año), la próxima reunión de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) promete ser una de las más agitadas y más políticas de los últimos años.

A diferencia de la política coordinada, y de cierta forma armoniosa, que ha permitido recuperar los precios del crudo después del descalabro de 2014, la reunión de este viernes en Viena (Austria) muestra dos facciones opuestas y bien definidas: los países que quieren incrementar la producción del bloque y los que no. Los bandos tienen razones económicas, pero también hay un fuerte componente de política global y hasta revanchismo.

Después de la caída de 2014, y en medio de negociaciones que no probaron ser nada fáciles, la OPEP decidió recortar su producción de petróleo en 1,8 millones de barriles diarios para, afectando la oferta, estimular la subida de los precios de crudo.

Pero la crisis vino y pasó, y los recortes, que siguen activos, parecieran estar estimulando excesivamente los precios del crudo. Al menos esta es la visión de Estados Unidos, particularmente del presidente Donald Trump, quien piensa que los precios están artificialmente altos y que esto es culpa de la OPEP.

Las esperanzas de los opositores a los incrementos, particularmente Irán, parecen desvanecerse. En una encuesta realizada por Bloomberg entre operadores del mercado, la vasta mayoría respondió que anticipaban subidas en la producción de la OPEP.

Los precios altos impactan a los países consumidores, como EE. UU. Es un asunto obvio que, en este punto de la historia, comienza a anudarse con un ajedrez geopolítico no tan evidente que comienza a explicar la posible fractura en la unidad interior de la OPEP. La administración Trump enfrenta elecciones legislativas en noviembre de este año: no es estratégico llegar a las urnas con la gasolina por el cielo porque una organización internacional, que agrupa algunos enemigos declarados de su país, no le hace caso a un líder que se precia de ser un gran negociador.

El bloque que apoya levantar las restricciones en la producción está integrado, básicamente, por Rusia y Arabia Saudí, los mayores productores del planeta y que, para todas sus diferencias políticas, están más cerca de Estados Unidos que los integrantes del otro bando en la discusión de la OPEP: Irán y Venezuela, principalmente (Irak también se ha sumado a este grupo).

La administración Trump reinstauró sanciones contra Irán que limitan sus habilidades para vender crudo. De acuerdo con el más reciente informe de la Agencia Internacional de Energía (AIE), las sanciones contra el crudo iraní pueden limitar la producción de este país en unos 900.000 barriles diarios (23 %). La agencia fundamenta su hipótesis en el impacto que tuvieron sanciones similares en el pasado.

Por el lado de Venezuela, la AIE estima que la producción (que ya está en los niveles más bajos en décadas) podría caer otros 550.000 barriles diarios, un 40 % extra.

Y, claro, la demanda global de petróleo seguirá creciendo en 2019. De acuerdo con la Agencia, lo hará al mismo ritmo de 2018, o sea, unos 1,4 millones de barriles diarios.

Estas cifras dejan ver más claramente por qué Irán y Venezuela se oponen a subir la producción de la OPEP: ambos países estarían en desventaja a la hora de incrementar su aporte a la canasta global de petróleo, por diversas razones.

El escenario para Rusia y Arabia Saudí es ampliamente diferente: los dos países cuentan con excedentes de producción suficientes para incrementar la oferta y, colateralmente, bajar los precios, pero sin efectos devastadores para ellos, pues un factor puede equilibrar el otro.

Ahora, los detalles acerca de cómo se haría el incremento en la producción no resultan del todo claros, pues, a pesar de formar una especie de coalición, Arabia Saudita y Rusia parecen no haber logrado acuerdos acerca de cómo proceder en este escenario.

Rusia ha hablado de sumar 1,5 millones diarios de barriles al abastecimiento global, mientras que otras propuestas hablan de incrementos entre 300.000 y 600.000 barriles diarios. La producción de la OPEP (que en su versión extendida agrupa a 24 países) es de 32 millones de barriles por día.

Previamente a la reunión de esta semana en Viena, Irán ha sido el miembro que, públicamente, más ha expresado su oposición y descontento: “El mercado está bien abastecido. Hacemos un llamamiento a nuestros hermanos de la OPEP y Rusia. No tenemos por qué aplacar a Trump, quien ha sancionado a dos fundadores de la OPEP y también a Rusia. Somos naciones soberanas que actuamos por nuestras propias responsabilidades y valores. El mundo entero tiene que oponerse a estas actitudes arrogantes... y lo hará”, dijo Hossein Kazempour Ardebili, representante iraní ante el bloque, en declaraciones a medios.

Las esperanzas de los opositores a los incrementos, particularmente Irán, parecen desvanecerse. En una encuesta realizada por Bloomberg entre operadores del mercado, la vasta mayoría respondió que anticipaban subidas en la producción de la OPEP. Todo esto por las razones económicas ya expuestas, pero también porque Arabia Saudí e Irán son los rivales más enconados en una región convulsionada: ambos juegan a su propia banda en los conflictos de Yemen y Siria y el enfrentamiento en el escenario petrolero es sólo una forma más de debilitar al rival regional.

Los encuestados también respondieron que anticipan incrementos unilaterales, o sea, de parte de los saudíes y los rusos, pero sin el consenso de la OPEP. Este sería un quiebre importante en la cohesión de la organización petrolera y, según algunos analistas, pondría en riesgo la capacidad de reacción del bloque frente a futuras crisis. El repunte actual de los precios se debió, en buena parte, a las acciones conjuntas de los miembros de este organismo. Puede que para la siguiente caída sea más difícil levantar ese frente común.