A Atilio Krenn el chiste que asegura que dios creó a los economistas para que los metereólogos parezcan confiables, no le hace gracia. No porque se gane la vida con la “ciencia fúnebre” como también se conoce a la economía. En absoluto: lo suyo es el lavado de autos.

Y en su condición de presidente de La Cámara Argentina de Lavaderos Automáticos y Manuales de Automotores (Calama), abrió la polémica en el verano de Buenos Aires, angustiado por el poder de esos tan ignotos como nada glamorosos especialistas que leen y anticipan la conducta de los cielos. Sucede que “si ellos dicen que va a llover, nosotros no trabajamos”, se lamentó, airado, en una carta al diario Clarín, ya que “lo que dicen los noticieros es considerado como palabra santa y, a veces, hay programas enteros que giran alrededor del clima”.

Krenn patalea porque en la Pampa Húmeda de su país (tan grande como Francia, Bélgica y Holanda unidas) todo el año es época de lluvias y, coquetos, los argentinos no lavan sus autos si les dicen que una tormenta los ensuciará. Con un promedio anual de pluviosidad de 1.250 a 1.300 mm (130 veces lo que cae en Lima, 3,5  más agua que la de Santiago de Chile y casi el doble de las precipitaciones en Ciudad de México), es natural  que Krenn tema la ruina de los miembros de la cámara.

Pero, para Héctor Ciappesoni, director del Servicio Meteorológico Nacional (SMN), los lavaderos de autos quieren matar al mensajero. Arguye que los errores predictivos son iguales para ambos lados: se equivocan al anticipar lluvias y se equivocan al anticipar que no lloverá. A Krenn no le importa, ya que en ambos casos la gente no lava los autos.

Fuera de la pertinencia de la polémica, su molestia expresa una verdad: en la capital argentina llueve ahora casi 30% más que en 1950 y tal aumento avanza a razón de prácticamente 50 mm más por cada década. Y en 2012 el asunto alcanzó cotas alucinantes al ser el cuarto año más lluvioso desde 1900. A este paso, con un día de cada cuatro con tormentas en algunas semanas de diciembre pasado, la polémica podría zanjarse en décadas venideras: cuando llueva todos los días, ni los metereólogos ni los lavaderos de autos tendrán trabajo.