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Si Brasil tiene casi la quinta parte del agua del mundo, ¿por qué tiene sed?
Martes, Agosto 9, 2016 - 15:15

Brasil es el segundo mayor exportador de alimentos en el mundo. En el país donde la agricultura y la agroindustria representan el 8,4% del PIB, las zonas de terrenos irrigados aumentaron a ritmo acelerado en la última década y todo apunta a que el consumo de agua seguirá creciendo.

Una pregunta nada sencilla de contestar. Podríamos decir que se trata de una respuesta multifactorial, ya que las razones de 'la sed brasileña' se deben a calentamiento global, la forma en que los recursos hídricos están repartidos geográficamente, la deficiente infraestructura de regadío, la deforestación...

Estos y otros temas se discuten en un nuevo informe del Banco Mundial llamado Diagnóstico  Sistemático del País (SCD en inglés), que muestra cómo los recursos naturales pueden contribuir al desarrollo económico del país.

El estudio incluye algunos aspectos importantes sobre cómo Brasil está gestionando sus recursos hídricos y analiza los principales obstáculos que deben ser afrontados con el fin de establecer un modelo sostenible e integrador.

Pero volvamos al comienzo: Si Brasil tiene casi la quinta parte de las reservas de agua en el mundo, ¿por qué las noticias sobre la escasez de agua se han vuelto tan comunes en el país en los últimos años?

Ante la cada vez más fuerte evidencia científica de la relación entre la deforestación, la degradación de los bosques y los cambios en los patrones de lluvia, el informe advierte: las crisis del agua, tales como la de Sao Paulo, se pueden repetir en las próximas cuatro décadas, afectando el abastecimiento de agua, la producción agrícola y la generación de energía, entre otras actividades. 

El estudio también destaca la reducción de la deforestación de la Amazonia en los últimos años (en 82%) y las regulaciones creadas, como el Código Forestal, para ayudar a proteger los recursos naturales en los terrenos rurales. Se trata de conquistas recientes después de décadas de devastación aunadas a la necesidad cada vez mayor de tener un control constante para que no se pierdan esos recursos.

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Los más dependientes del agua. Brasil es el segundo mayor exportador de alimentos en el mundo. En el país donde la agricultura y la agroindustria representan el 8,4% del PIB, las zonas de terrenos irrigados aumentaron a ritmo acelerado en la última década y todo apunta a que el consumo de agua seguirá creciendo. Actualmente, menos del 20% de las tierras de regadío tienen acceso al riego. En el área de generación de energía, incluso con la diversificación de las fuentes previstas para las próximas dos décadas, las centrales hidroeléctricas continuarán generando la mayor parte de la electricidad que se consume en Brasil.

El sector más contaminante. La industria sigue siendo una de las principales causas de la degradación del medio ambiente en Brasil. De acuerdo con el informe del Banco Mundial, los investigadores encontraron residuos industriales, incluyendo metales pesados, ​​en los cursos de agua en varias áreas metropolitanas. Tales contaminantes se descargan sin ningún tratamiento previo. En Sao Paulo y Recife, por ejemplo, esto significa que los ríos circundantes ya no son seguros para el suministro de agua potable, obligando a las ciudades a extraer agua de pozos o cuencas más distantes. El crecimiento de los nuevos complejos industriales, en particular en el noreste, también puede resultar en impactos ambientales a largo plazo, tales como la contaminación y la competencia por los recursos naturales (especialmente agua).

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Desigualdades en el acceso a agua y saneamiento. Entre el 40% más pobre del país, el porcentaje de hogares con un inodoro conectado a la red de saneamiento aumentó del 33% en 2004 al 43% en 2013. Sin embargo, el acceso es aún más bajo si se compara con el estrato más rico. Otra diferencia importante es la que existe en la cobertura nacional de agua (82,5%), las aguas residuales (48,6%) y el tratamiento real de aguas residuales (39%). La falta de tratamiento de aguas residuales hace que los contaminantes sean arrojados directamente en el agua o procesarse en fosas sépticas no reguladas, con graves consecuencias sobre la calidad de los recursos hídricos, así como en el bienestar de la población.

Autores

AméricaEconomía.com