En una pequeña finca en las afueras del municipio de Limeira, en el estado de Sao Paulo, sur oriente de Brasil, hay una máquina que clasifica frutas por tamaño y por color. El proceso, que funciona igual con tomates, mangos o cítricos, es sorprendente: los agricultores descargan la cosecha en una banda transportadora que atraviesa en segundos un circuito con varias estaciones para lavar, brillar y secar las frutas. Una vez terminado este procedimiento, la producción regresa a la banda y pasa por una especie de cámara oscura, que toma tres fotografías por fruta y manda la información recolectada a un procesador interno, programado con anticipación por los campesinos, que analiza las imágenes y decide a qué categoría pertenecen y a cuál compartimento deben enviarse. Al final, los productores obtienen seis tipos y variedades de la misma cosecha, separadas, ordenadas y listas para la comercialización.

Antes de tener la máquina, los agricultores perdían el 15% del valor de la mercancía que enviaban al mercado porque no cumplía con los estándares de calidad. “Ahora, aumentamos nuestra productividad, ahorramos tiempo y reducimos costos. Recogemos los tomates verdes y pequeños y los llevamos a un cuarto de maduración. Los grandes y maduros los vendemos más caros. Diversificamos la producción. Esta máquina ha mejorado nuestra calidad de vida. La tecnología nos ha hecho rentables. De un tiempo para acá somos autosostenibles”, asegura Lucas do Santos, uno de los jóvenes campesinos, quien, desde hace un tiempo, opera la máquina de procesamiento y clasificación de la pequeña finca de su familia.

Esta historia se repite con frecuencia por el territorio brasileño. Desde 2008, los pequeños agricultores brasileños —que representan el 84% de los establecimientos agrícolas del país, generan el 74% de la ma no de obra rural y producen el 40% del valor bruto del total de la producción agropecuaria— han podido comprar maquinaria de alta tecnología y mejorar sus ingresos gracias al programa Más Alimentos, inaugurado en el segundo gobierno del expresidente Lula Da Silva

La exportación del programa a Colombia o la aplicación de algún modelo similar serían el primer paso para cerrar las brechas socioeconómicas que aún hoy agudizan las diferencias en la calidad de vida entre el campo y la ciudad.

De acuerdo con Pedro Estevao de Oliveira, director de relaciones institucionales de Jacto, una de las empresas de maquinaria agrícola más grande del país y miembro directivo de la Asociación Brasileña de Máquinas y Equipamientos (Abimac), el objetivo del programa es ofrecer créditos a largo plazo con tasas de interés muy bajas, para que los pequeños agricultores puedan tecnificar y optimizar sus labores. “De mayo de 2016 a mayo de 2017, Mas Alimentos benefició a 53.636 pequeños agricultores y les entregó US$740 millones en créditos, con un promedio de US$12.892 para cada uno”, asegura Oliveira.

Los resultados del programa lo convirtieron en un referente internacional de buenas prácticas agrícolas. Incluso, desde hace un par de años, el modelo se viene replicando en varios países de África y América Central, que buscan en el campo una alternativa para el desarrollo de sus regiones. Para Carlos Badillo, gerente de operaciones en Colombia de la Agencia Brasileña para la Promoción de Exportaciones e Inversiones (Apex), conocer de primera mano las experiencias de los agricultores de Brasil es una oportunidad clave para que Colombia se dé cuenta de que hay alternativas viables para recuperar su vocación agrícola y pecuaria y, sobre todo, para descubrir formas que dignifiquen las condiciones de vida del pequeño agricultor. “Brasil ha demostrado que el campo no es sinónimo ni de atraso ni de pobreza. Al contrario, la agricultura familiar con acceso a maquinaria y tecnología se ha consolidado como un motor de progreso para todo el país”, añade Badillo.

A pesar de la crisis de legitimidad política e institucional que vive Brasil a raíz de la destitución de la expresidenta Dilma Rousseff y de los escándalos de corrupción que han salpicado al actual mandatario, Michel Temer, el programa Más Alimentos se ha consolidado como una política pública que va más allá de quien esté en el Gobierno. Por eso, ha sido un factor clave para convertir a Brasil en una potencia agrícola mundial. En este momento, el gigante suramericano es el mayor productor de café del planeta, con más del 30 % de la producción total, y el mayor productor de azúcar y de naranjas. Es, además, el segundo productor de etanol, soja y carne bovina, y ocupa los primeros puestos en la producción de yuca, maíz, arroz y frijol.

“En el crecimiento de la mayoría de estos cultivos, la agricultura familiar ha sido determinante, y, en el crecimiento de la agricultura familiar, el crédito y la financiación pública han sido fundamentales”, sostiene Anesio Souza, gerente de JF Máquinas Agrícolas, una compañía dedicada a producir y comercializar cosechadoras, ensiladoras y picadoras de precisión, que les ha vendido sus herramientas a cientos de pequeños campesinos brasileños y ha exportado maquinaria de alta tecnología para mejorar los cultivos de los agricultores en Mozambique y Zimbabue. Según las últimas cifras de Más Alimentos, los pequeños agricultores de Brasil producen, por ejemplo, el 87 % de la yuca, el 60 % del frijol, el 63 % de frutas y hortalizas y el 70 % del total de alimentos consumidos en el país. Esto los convierte en uno de los motores principales de la primera economía del hemisferio sur.

Tanto así que empresarios y agricultores coinciden en que el programa ha matado dos pájaros de un tiro. Por un lado, incentiva el desarrollo tecnológico e industrial de las compañías, al garantizarles un comprador fijo. Y, por otro, ayuda a tecnificar y a mejorar la productividad de las pequeñas fincas, al transformar al campesino en un empresario del campo, con soberanía alimentaria y poder adquisitivo. La experiencia de una finca ganadera en Itapira, en el sur del estado de Sao Paulo, así lo confirma. Hasta hace unos meses, cuando los trabajadores cortaban la caña y el maíz con machete y los picaban y mezclaban manualmente para darles de comer a 110 vacas de ordeño, producían 1.500 litros de leche diarios. Hoy en día, después de comprar una cosechadora y un mezclador de concentrado, con la asistencia financiera y técnica de Más Alimentos, producen 1.800 litros de leche al día y tienen diez reses menos trabajando.

En este caso, la rapidez de lo cosechadora y la exactitud del mezclador les han permitido a los propietarios eliminar costos innecesarios y maximizar la productividad de los animales. “El proceso de cortar y picar el maíz y la caña es lento y agotador. Al mezclarlos manualmente, perdíamos las propiedades alimenticias del concentrado. En cambio, con estas máquinas ahorramos en mano de obra y tenemos la certeza de que la vaca está consumiendo sólo lo que necesita. Antes desperdiciábamos muchas toneladas de comida”, reconoce Matteus Da Silva, un joven brasileño que recibió cursos de capacitación para aprender la lógica y el funcionamiento de las nuevas herramientas.

La exportación del programa a Colombia o la aplicación de algún modelo similar serían el primer paso para cerrar las brechas socioeconómicas que aún hoy agudizan las diferencias en la calidad de vida entre el campo y la ciudad. Las cifras del último censo nacional agropecuario confirman los altos índices de concentración de la tierra: el 0,4 % de las unidades productoras agropecuarias (UPA) tienen 500 hectáreas o más y ocupan el 41 % del área censada; demuestran el mal uso de los suelos, pues, del total del área para uso agropecuario, el 80,5 % se destinó a pastos, y sólo el 19,1% a cultivos, y revelan las malas condiciones de vida de los pequeños agricultores: el 11,5 % de los mayores de 15 años no sabe leer ni escribir.

Sin embargo, la posible puesta en marcha de un programa como Más Alimentos cobra mayor relevancia si se tiene en cuenta que, en 2014, según los datos oficiales del DANE, el 83,3 % de los campesinos declaró no contar con maquinaria y el 83,1 % declaró no contar con la infraestructura para la producción agrícola. Inclusive, el 89 % de los productores no solicitó crédito y solo el 9,3 % recibió asistencia o asesoría técnica. Esto demuestra que, si el país quiere convertirse en una de las despensas agrícolas del mundo en los próximos años, como lo sugirió la FAO y como lo ha dicho el Gobierno en repetidas ocasiones, debería volver la mirada hacía el granero del mundo, como se le decía a Brasil en tiempos de Getulio Vargas. A pesar de que en 2016 el país vecino tuvo una caída del 3,8 % en el PIB, su producción agroalimentaria creció un 7 %, producto de una cosecha récord de 210 millones de toneladas de granos, 15 % más que en 2016.