El salón de baile está de fiesta y los invitados ya han escuchado varios discursos cuando le toca subir al escenario a Donna Karan. “Llevo a Haití en el corazón”, dice la reina neoyorquina de la moda, y saca aplausos.

Se está inaugurando oficialmente el Marriott Port-au-Prince, el primer hotel de marca internacional que abre sus puertas en la capital haitiana. Han venido a la fiesta un ramillete de altos dignatarios, encabezados por el primer ministro Evans Paul y un grupo de altos ejecutivos de la hotelera internacional Marriott y de Digicel, la empresa caribeña de telecomunicaciones que construyó el edificio de 175 habitaciones, con una inversión de US$45 millones.

Karan no es la única celebridad que tiene a Haití en el corazón. También llegan a la isla con alguna regularidad el infaltable Bono, Sean Penn, Bill Clinton, Rihanna, Susan Sarandon, Matt Damon, George Clooney, Jennifer Aniston, Jay -Z, Shakira y, por supuesto, el haitiano más famoso del mundo, músico y ex candidato presidencial, Wyclef Jean.

Una avalancha de donantes llegaron. Famosos y no famosos despertaron a la tragedia permanente de Haití con el terremoto que destruyó Puerto Príncipe en enero de 2010. Nadie sabe cuánta gente murió en el desastre -las estimaciones van de 100.000 a 300.000-, porque se enterró a muchos en fosas comunes sin contarlos y porque cerca del 40% de los haitianos no están inscritos en el Registro Civil. Pero un millón y medio de haitianos, la mitad de los habitantes de la ciudad, quedaron sin hogar, y las imágenes de destrucción y muerte transmitidas por la televisión despertaron solidaridad en todo el mundo.

Famosos y no famosos ayudaron a recolectar y repartir fondos para los damnificados, y algunos se comprometieron mucho más. Donna Karan, por ejemplo, creó una fundación que contrata a artesanos locales para el diseño de joyas que llevan su marca y otorga becas a proyectos creativos. La ONG fundada por Sean Penn, Haitian Relief Organization, busca soluciones habitacionales para los 80.000 haitianos que todavía están sin hogar a consecuencia del terremoto, además de tener una unidad de ingeniería y construcción, un servicio médico y hasta una oficina de lobby.

Los mayores donantes para la reconstrucción de Haití fueron instituciones financieras como el Banco Mundial y el BID, organismos multilaterales como la Cruz Roja y la ONU, gobiernos de países amigos, e innumerables ONG. La suma total anunciada llegó a casi US$14.000 millones -1,5 veces el PIB de Haití-, de los cuales se han desembolsado unos US$10.000 millones.

Quiénes recibieron y cómo se gastaron esos US$10.000 millones nadie parece saberlo con certeza. El hecho es que el gobierno haitiano ha recibido menos del 3% del dinero donado para ayudar al país después del terremoto.

Una investigación de la revista The Nation, publicada en 2014 y que no ha sido desmentida, afirma que casi dos tercios del dinero “permanece en las cuentas bancarias de los money managers de ONGs, el Banco Mundial, la ONU, el BID y empresas constructoras y consultoras de países de Occidente”.

Una parte se usó en la instalación de las más de mil ONG que llegaron después del terremoto. Como el gobierno y los organismos públicos no tienen capacidad institucional para llevar a cabo proyectos de cierta envergadura, las ONG reciben fondos directamente de los donantes y ponen en marcha los proyectos e iniciativas que les parecen adecuados, sin coordinarse unas con otras. Hay entre 3.000 y 10.000 ONG activas en Haití, lo que da al país el dudoso honor de ser el que tiene el mayor número de ONG per cápita en el mundo. Y en la marea de ejecutivos, expertos y consultores que traen todas esas ONG está una parte importante del mercado al que apunta el nuevo Marriott.

Ha habido acusaciones de robo y corrupción, pero lo único que se ha constatado es que en algunos casos el dinero ha sido muy mal usado. Un reciente estudio de ProPublica desató un escándalo al decir que la Cruz Roja había recibido US$500 millones en dineros para ayudar a Haití, se había comprometido a construir 130.000 viviendas para los sin hogar y había terminado construyendo un total de seis. Sí, seis.

La Cruz Roja se defendió, logrando mostrar que sí había dado vivienda a 130.000 haitianos. Pero eran viviendas temporales.

Los pobres no pueden esperar. En los cinco años desde el terremoto, Haití ha recibido una cantidad de dinero superior a su PIB. Y las calles de Puerto Príncipe, en su mayoría sin pavimentar, siguen llenas de escombros.

El agua se vende en las calles en bolsas plásticas porque Puerto Príncipe es una de las pocas capitales del mundo sin una red de agua potable y alcantarillado. Ocho meses después del terremoto, el país vivió un brote de cólera que al parecer fue llevada al país por trabajadores de Nacio- nes Unidas y que mató a 10.000 personas.

El 80% de los haitianos es pobre y más de la mitad vive en condiciones de extrema pobreza. El ingreso per cápita es de U$800 al año y el salario mínimo es de US$5 diarios. El desempleo está en 40%. La esperanza de vida al nacer es de 49 años. Haití es el país más pobre del Hemisferio Occidental y está entre los cinco más pobres del mundo.

La mala gestión de los recursos donados a Haití tras el terremoto ha convertido la palabra sustentable en nuevo mantra para la comunidad de donantes. Sustentable es la fundación de Donna Karan, al dar empleo a artesanos locales, y también es sustentable lo que está haciendo la administración del nuevo Marriott de Puerto Príncipe.

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Proyectos  sustentables. “Cuando fue el terremoto teníamos en Marriott muchos y muy buenos empleados haitianos y les preguntamos qué debíamos hacer”, dice Tim Sheldon, presidente de Marriott International para América Latina y el Caribe. “Nos contestaron que les diéramos la caña de pescar en vez de darles el pescado”.

Por eso el hotel se abastece de productores y proveedores locales, desde la comida hasta los jabones y el champú para los pasajeros. “Es complicado verificar la higiene de los alimentos a lo largo de toda la cadena de abastecimiento”, planea Andrew Houghton, vicepresidente de área de Marriott para la región. “Sería mucho más fácil importarlo todo”.

No importará alimentos, sin embargo, porque la empresa ya asumió el compromiso de abastecerse con proveedores locales. “Con los socios correctos y los empleados correctos”, agrega Houghton, “la inversión va a rendir frutos”.

Los empleados de la cadena son 200 haitianos contratados y muy bien entrenados para trabajar en el hotel. “Casi no vamos a tener rotación de empleados”, dice el gerente general del hotel, Peter Antinoph. “Saben que aquí pueden hacer carrera”.

Marriott está apostando por partida doble a los viajeros de negocios y al turismo, que hace 30 años era boyante. Hoy llegan al país unos 300.000 turistas al año, mientras que República Dominicana, el país vecino que comparte la isla con Haití, recibe anualmente a unos 5 millones de visitantes.

Marriott tiene cuatro exitosos hoteles en República Dominicana, mientras que el de Puerto Príncipe aún tiene que demostrar que va a ser rentable. Pero al preguntarle a Tim Sheldon en qué Haití es mejor que República Dominicana, no duda ni un segundo. “Su gente”, sonríe, “la calidad de su gente”.

Los escombros en las calles de la capital haitiana hacen pensar que el desastre fue hace cinco días en vez de hace cinco años. El único edificio que resistió incólume el terremoto fue el Musée du Pantheon National Haitien, lo cual no deja de ser irónico porque nadie lo ve: es una construcción subterránea a un costado del palacio presidencial.

Pero el palacio presidencial ha desaparecido. El terremoto lo dejó en mal estado y, cuando Francia ofreció los fondos para reconstruirlo, el presidente René Préval dijo, acaso con buen criterio, que el palacio no era prioridad. El espectacular edificio fue demolido hasta sus cimientos, trabajo que estuvo a cargo de la ONG de Sean Penn. Y una vez que se removieron los escombros, se echó tierra y se plantó pasto en el lugar donde había estado el palacio. Tal como hicieron los romanos con Cartago, tratando de borrar toda huella de la ciudad enemiga.

La alegoría es elocuente. Borrando el palacio se borra a todos los gobiernos anteriores, se olvida el pasado, borrón y cuenta nueva. Con la esperanza de que no vaya a repetirse la historia. Pero cuidado. Hay una frase, escrita a la entrada del campo de concentración de Auschwitz que siempre conviene recordar: los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla.