En Egipto existe una expresión para referirse a un revoltijo desagradable: pescado con leche y jugo de tamarindo. El jugo de tamarindo que consumen los egipcios es ácido y helado, de modo que la mezcla aludida puede provocar náuseas e indigestión. Como la que sacudió a la sociedad egipcia el breve mandato de Mohamed Morsi. El primer gobernante del país elegido democráticamente se estrelló contra un poder judicial, fiel a la dictadura que lo nombró, que constantemente cuestionó sus decretos, y un poder militar secular que jamás miró con buenos ojos su agenda islamista. Con un Parlamento paralizado, una economía en picada y las calles tomadas por manifestaciones de partidarios y opositores, la salida sólo parecía cuestión de tiempo: el enfrentamiento finalmente estalló cuando los militares dieron el golpe. 

Sentir un déjà vu, para un latino, es más que comprensible: un militar rodeado de micrófonos y con el pecho tachonado de condecoraciones anunciando que se suspendía la Constitución. No, no se trataba de Argentina en 1962, Brasil en 1964 o Chile en 1973. Al igual que en este último caso, los Hermanos Musulmanes llegaron al poder por los votos y nunca participaron en actos terroristas o propiciaron la vía armada, lo que les valió ser considerados enemigos por Al Qaeda. Otra similitud: la coalición política que derrocó a Morsi resulta exótica, ya que incluye desde los ultraconservadores salafistas del partido Al-Nour, aliado del gobernante hasta la última hora (y apoyados por Arabia Saudita), a los liberales laicos y los socialdemócratas Amr Moussa.

Por ello algunos han enarcado las cejas con lo ocurrido, recordando los movimientos ciudadanos que desfilan por las calles de São Paulo, Lima, Buenos Aires o Santiago. Pero, en principio, para América Latina la situación en Egipto es más un eco del pasado que un “cautionary tale”. “Parece que los islamistas de hoy pueden ser los marxistas del pasado, eliminables en nombre de construcciones hipotéticas de la ley y el orden”, escribió en el New Yorker, al respecto, el periodista John Lee Anderson. Pero hay algunas lecciones que deberían ser consideradas. La primera es que llamar a los militares para resolver conflictos entre sectores de la sociedad suele ser pan para hoy, inestabilidad desastrosa para mañana. “En Argentina -recordó Anderson-muchos ciudadanos comunes aceptaron todo lo que dijeran los militares, mirando hacia otro lado en lo peor de los asesinatos, con la convicción de que era de alguna manera necesario”. Y la segunda es que Egipto sí anticipa un futuro posible: el de naciones superpobladas a las que una crisis económica o una mala cosecha dejan al borde del colapso, o el de naciones que quieren reconciliar valores ultraconservadores en lo social con niveles de consumo de países desarrollados, mientras basan sus economías en bienes primarios y commodities extractivos, con niveles de desigualdad abismales. Y esta última receta de pescado con leche cortada todavía se consume con abundancia en América Latina.