De 1990 a 2010 la deforestación avanzó a razón de un promedio de más de 4 millones de hectáreas (hás) al año en Latinoamérica. Fue, lejos, la región donde la cobertura boscosa y praderas naturales resultaron más deterioradas en todo el planeta. Así lo afirma el informe Food wastage footprint de la FAO, dado a conocer recientemente.

Con algo más 1,6 millones de hás y 1,5 millones de hás, el sudeste de Asia y el este de África nos secundan en el ranking, respectivamente.

Irónicamente, el mundo vive una era de oro en la producción alimenticia con incrementos de rendimiento impensados antes de la “revolución verde”, que comenzó hace medio siglo. No obstante, para quienes ven el proceso con una óptica optimista para la región, pensando que ésta es una tendencia inmutable, el trabajo lanza dos baldes de agua fría. El primero relativamente esperable: “En Latinoamérica, la mayoría de nuevas tierras agrícolas se deforesta para pasturas de ganado, lo que conduce al aumento de la fragmentación y degradación del hábitat natural, lo que resulta en pérdidas de biodiversidad”. Los monocultivos de maíz y soja, por un lado, y la confianza excesiva en los paquetes tecnológicos de pesticidas/fertilizantes está haciendo más vulnerable a los sistemas agroproductivos, en especial en aquellos países donde desaparece la agricultura familiar o se expulsa de zonas antes marginales a los campesinos más adaptados al entorno, en busca de mejorar la rentabilidad sin considerar las externalidades negativas de los sistemas agroindustriales.

El segundo es más sorprendente: “la comida producida (en todo el mundo), pero que no se come, gasta cada año el volumen de agua equivalente al caudal anual del río Volga de Rusia y es responsable de la adición de 3,3 mil millones de toneladas de gases de efecto invernadero a la atmósfera del planeta”. Si la tendencia no se revierte, a menos que un efecto desconocido o métodos de geoingeniería eviten el calentamiento global, Latinoamérica verá golpeada su capacidad productiva. Una investigación brasileña reciente alertó que, sólo pensando en la soja, podría observarse una reducción de hasta un 26% en los rendimientos de las cosechas de soja en el sur-suroeste de Brasil. Por citar un solo cultivo, pese a que se busca desarrollar variedades adaptadas al stress hídrico.

Finalmente, el informe de la FAO alerta sobre los efectos acumulados del derroche tanto de distribuidores como hogares que o no utilizan lo que compran o no lo procesan por razones de distinto tipo: “1,4 mil millones de hectáreas de tierra ─el 28% de la superficie agrícola del mundo─ se utilizan anualmente para producir alimentos que se pierden o se tiran a la basura”.