AméricaEconomía.com dialogó en Madrid con Leila Guerriero, periodista y escritora argentina, uno de los máximos referentes latinoamericanos del periodismo narrativo, quien de paso por esta ciudad recogió el Premio González-Ruano de Periodismo, otorgado por la Fundación Mapfre, y presentó en la emblemática Casa de América su nuevo libro, “Una historia Sencilla”, que relata la historia de Rodolfo González Alcántara, un bailarín de malambo argentino, y del festival de Malambo de Laborde, de la provincia de Córdoba en la Argentina. El singular oficio con el que ejercita el género, le valió a Guerriero el premio González-Ruano de Periodismo, por su artículo “El bovarismo, dos mujeres y un pueblo de La Pampa”, publicado en la revista El Malpensante de Colombia, en 2012.
-¿Puede caracterizar el periodismo narrativo?
-Este es un código que manejamos los periodistas nada más. Donde se echa mano de las técnicas de la literatura de ficción para contar historias reales. Para explicarlo mejor, cuando me preguntan, suelo comentar que sería como el equivalente de un documental pero escrito, puesto en palabras; como una forma de presentar escenas, de presentar a los personajes de una manera menos reduccionista. En definitiva, lo que evita el periodismo narrativo es presentar al mundo reducido a una especie de blancos y negros, de buenos y malos.
En este tipo de periodismo es necesario describir, ver, ser los ojos de lector en el territorio.
-¿En un mundo donde los medios orientan cada vez más a sus lectores hacia el consumo de titulares y de entradillas o copetes, qué futuro tiene el periodismo narrativo que requiere de espacios más generosos?
-Creo que el periodismo narrativo siempre fue un bastante marginal dentro del periodismo. No es un periodismo dirigido a masas o a una enorme cantidad de gente, como lo es el periodismo de la noticia.
Soy bastante optimista; creo que en un mundo cada vez más complejo, más difícil de entender, un tipo de periodismo que trata de desentrañar al mundo en toda su complejidad, me parece que es cada vez un periodismo más necesario. Me parece que hay como unas buenas perspectivas y siempre ha subsistido.
-En América Latina hay un movimiento muy importante de periodistas, representantes de este género, y también de medios que se dedican al periodismo narrativo. ¿Qué diferencia ve en este sentido con España?   
-Creo que se habla mucho más ahora y hay mucha más gente capacitándose para hace este tipo de periodismo. Ahora, cuando se habla de periodismo narrativo, ya se sabe de qué se habla, y creo que eso es importante.
Respecto de los medios, son las cuatro revistas de siempre, las que se dedican al género. Han surgido algunas nuevas como Orsai, que ya va a dejar de existir el año próximo. Anfibia, Cometa en Perú, pero no hay como una especie de boom. Lo que sí hay es como más esta discusión en torno al tema, que me parece muy saludable. Se nombra crónica o periodismo narrativo y todos sabemos más o menos, de qué estamos hablando.
En España, falta un poquito entender ese código común. Aquí no se venden estas cuatro o cinco revistas, no se conocen. Y esto es una diferencia que encuentro.
-¿Existe la posibilidad de hacer periodismo narrativo en otro soporte que no sea papel?
-Hay un proyecto muy interesante que está haciendo Daniel Alarcón, un escritor y periodista peruano, de lo más interesante que he visto en los últimos años en el ámbito del periodismo narrativo. Se trata de este intento de llevar el periodismo narrativo a la radio. Y lo está haciendo estupendamente bien.
-¿Para escribir una crónica es necesaria una especie de trabajo de campo, similar al del etnólogo?
-Se parece mucho el trabajo, es el trabajo que hace una persona que va a conocer una realidad que le es un poco ajena, y, en ese sentido, comparte algunas cosas con la etnología con la antropología.
Es que esto, no es solo periodismo bien escrito, hace falta que tenga una historia potente, bien investigada, bien reporteada. Y en este sentido, los etnólogos y antropólogos se quedan mucho tiempo con esas culturas que no conocen para conocerlas. Y el trabajo de uno consiste en permanecer allí, en el terreno, hasta que uno puede traspasar esa especie de muro de incomprensión de lo que no conoce.

3539
-¿Qué técnicas implementa para escribir sus crónicas?
-Hago una tarea de reporteo de investigación previa muy fuerte; un acercamiento a los protagonista de una crónica; vuelvo a ver a la gente varias veces, desgrabo todo mi material. Esto me sirve mucho: escuchar las voces y recuperar un poco esa atmosfera. Y me siento a escribir teniendo clara cuál es la primera frase del texto; nunca lo hago si no es así.
-¿Cómo se acerca a los objetos y/o a los sujetos de sus relatos?

-Supongo que la confianza es la piedra angular para poder conectar con esta gente que usted va a entrevistar… Yo creo que es algo fundamental. Y para ganarte la confianza del otro es necesario hacer que comprenda que eres el mejor vehículo para contar su historia. Estar ahí, haciéndole ver que te interesa su historia, es importante.
-¿Qué tiene que tener un hecho para ser susceptible de ser  narrativizado?
-No hay una fórmula para eso. En mi caso, lo que tiene que tener la historia es que me despierte un punto de curiosidad al que me sea muy difícil renunciar. Que me despierte muchas preguntas. A esas preguntas me las despiertan muchas y muy diversas cosas. No es que sólo me interese por los asesinos o por las historias violentas; de pronto me intereso por historias como la de este chico que baila el malambo, el protagonista de mi nuevo libro “Una historia Sencilla”. El malambo, o el folklore, no es algo que a mí me llame la atención, pero sin embargo ahí está, me pasé tres años con este chico, Rodolfo Gonzales Alcántara.
-¿Cuánto tiempo le demanda el trabajo previo a la escritura de una historia?
-Depende. He hecho perfiles en una semana; otros me han demandado tres meses. Los tiempos son bastante diversos y tienen que ver con el tiempo que te de tu editor, con el tiempo que necesites para documentarte. A veces te vas documentando mientras vas entrevistando a las personas, a veces uno se va documentando a la par que va haciendo las entrevistas; siempre hay que llegar con un grado profundo de conocimiento, pero a veces cuando vas entrevistando vas descubriendo cosas que te disparan posibilidades del reporteo más interesante.
-¿Qué lugar ocupa la descripción en un artículo narrativo? ¿Es imprescindible saber mirar, saber observar, en estos casos?
-Uno se transforma un poco en la cámara que transmite las imágenes. Es importante no hacer una descripción  burocrática,  no hacer una descripción tan literal, sino, una descripción que logre transportar al lector hasta ese instante y hasta ese lugar, que uno como periodista privilegiado presenció desde la trinchera, desde un primer plano. Relevar las discusiones, las escenas, para que el lector pueda realmente ver lo que allí ha sucedido.
-¿Cómo aprendió a observar los pormenores, los detalles que luego le darán cuerpo a lo que quiere mostrar?
-La mirada es una cosa que se entrena, como los abdominales. Creo que aprendí a mirar teniendo en cuenta una frase de Adolfo Bioy Casares que decía “la vida en los relatos entra por los detalles”, como siendo muy consciente de eso: de que el detalle es lo que le va a dar vida a una historia. Por otro lado, leyendo mucho y viendo cómo hacían los demás, a dónde ponían el ojo los periodistas que a mí me interesaron y me siguen interesando mucho. Es como una gran lección de mirada: aprender a ver cómo es que miran los demás.

-Recientemente ha presentado aquí en Madrid, su nuevo, libro editado por Anagrama, “Una Historia Sencilla´, trata sobre una historia de vida contextualizada en torno a un certamen de malambo, un baile tradicional de los guachos argentinos. ¿Cómo surge la idea de contar esa historia, qué le ha atrapado del tema, cómo se ha fijado en esta historia y en su personaje principal?

-Hace unos años encontré un suelto (una nota breve) en el diario La Nación acerca de un festival de malambo de Laborde del que no había escuchado hablar más. La gente que ganaba allí se consagraba; es un festival absolutamente consagratorio, con un prestigio altísimo. El ganador de ese certamen, mientras durara su reinado, se pasearía por todos los festivales como una especie de gladiador que había ganado algo muy importante. Y a mí lo que me llamó la atención era cómo un evento que era tan trascendente para un grupo de personas, no tuviera trascendencia. Yo, por lo menos, no había escuchado hablar nunca sobre el tema. En 2011, fui al festival, la tercera noche que concurrí vi bailar a Rodolfo González Alcántara y quedé muy impresionada con lo que había visto. Yo no soy una especialista en danza folklórica, no sabía si era el mejor del festival, por lo cual lo mío fue pura emoción, pero ahí decidí que mi historia no sería sólo la historia del festival, sino también la suya.