El 18 de septiembre pasado –mientras los chilenos brindaban de a millones por sus fiestas patrias, los mexicanos se azoraban por haber sido golpeados por dos ciclones a la vez y los brasileños se reían de la intención de Romario de convertirse en alcalde de Rio– las acciones europeas llegaron a su nivel más alto en cinco años. Fue efecto de la decisión de la Reserva Federal (Fed) de mantener su programa de expansión monetaria. En la India como en Brasil hubo respiros de alivio en los ministerios de Economía, en las gerencias de bancos y empresas. Que la fiesta del dólar se mantenga permitió postergar la hora de las cenizas o Cuaresma del carnaval de liquidez que vive el planeta. “La decisión de la Fed no cambia el escenario, lo que hace, simplemente, es demorar todo”, fue una opinión entre los que miran con cautela el que el banquero central de EE.UU. haya mantenido su programa de compra de activos de US$85.000 millones mensuales. La mayoría consideró benéfico evitar que la recuperación de EE.UU. se ralentice.

Pero la situación es compleja. Como Ulises al pasar por un estrecho donde las sirenas Escila y Caridbis hundirían su nave, las economías emergentes de los gigantes ya citados (Brasil e India), así como las de Chile, Colombia, Perú (entre otras), enfrentan el mismo desafío: si se confían en que el dinero no se irá nunca y siguen inflando sus déficits de cuenta corriente, la pasarán mal. Si inician un ajuste a destiempo, también la pasarán mal.

El dilema es cómo usar el tiempo de gracia que les ha regalado la Fed para encontrarse con los pies más sólidos cuando la liquidez descienda y los inversores se lleven su dinero de la región a las corridas, en el siempre duro “flight to quality”. Pero ¿harán, en un trimestre o dos, lo que no han hecho en tres o cuatro años?

La región es más débil que nunca en dos de los músculos clave para el ajuste: una mejora constante en la productividad y un desarrollo creciente, no primarizado, de su oferta exportadora. No son cosas que se logren de un día para otro. Pero con alguno hay que comenzar. Alentador es que Brasil haya lanzado, por ejemplo, su Programa de Acceso a la Enseñanza Técnica y de Empleo (Pronatec Brasil Mayor).

Su foco es tanto formación como recualificación laboral en sectores donde hay escasez de mano de obra. Son 118.000 becas para entrenar obreros y profesionales de los sectores textil, de construcción civil, energías renovables, complejo electrónico, de calzado y celulosa y papel. Es el “mayor esfuerzo educacional que este país ha hecho para cualificar mano de obra de enseñanza media y alta”, dice el ministro de Desarrollo, Industria y Comercio Exterior, Fernando Pimentel.

Bien por Brasil, aunque insuficiente en el corto plazo. 

Para el economista Tyler Cowen, autor de The Great Stagnation, “la lectura optimista (de las fuertes subas accionarias) es que se trata de ganancias sostenibles, basadas ​​en un mayor crecimiento (futuro) de EE.UU. Y, por lo tanto, por una mayor demanda estadounidense por exportaciones de los demás países”. El problema, apunta, es que no hay números finos que avalen el razonamiento. Lo “más probable es que el pinchazo de las burbujas se haya retrasado”. ¿Eso es bueno o malo? Simplemente el hacer esta pregunta significa que deberíamos ser agnósticos sobre lo que está pasando, y esto es difícilmente la actitud más popular cuando se trata de la política monetaria”.