Mientras culminaba Burning Man, el mitológico festival de creatividad que se lleva a cabo en los páramos de Black Rock, Nevada, en EE.UU., en otra zona desértica, apenas algo menos inhóspita, Mendoza, Argentina, los fans sudamericanos del cantante argentino Carlos “Indio” Solari iniciaban su fiesta. ¿Qué conecta ambos eventos ocurridos a principios de septiembre? La desmesura. Burning Man reunió casi 70.000 personas, pero los seguidores del ex vocalista de la banda Patricio Rey y sus Rendonditos de Ricota llegaron a 130.000, en lo que constituye el recital más grande de la historia argentina.

Con una entrada que costaba $300 locales (US$52) los ingresos por ese concepto habrían ascendido a US$6,9 millones (o US$4,2 millones al cambio “blue” informal) si todos la hubieran pagado. Al menos 100.000 lo hicieron, según él último reporte, a pocas horas de iniciarse la presentación del músico con su banda “Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado”, nombre que constituyó una ironía: llovió y cayó agua-nieve en la noche, mientras los presentes llevaban a cabo lo que se catalogó como “el pogo más grande del mundo”. Quienes también hicieron un pogo feliz, aunque financiero, fueron los dueños de las 32.500 plazas hoteleras de la provincia, ocupadas por completo por los fans. El impacto económico total del recital en Mendoza se aproximó a los US$18 millones. El motivo es que asistir a un recital de Solari es para muchos argentinos una peregrinación cuasi religiosa. Con 64 años, es célebre no sólo por sus canciones, sino por no dar entrevistas, no grabar visualmente sus presentaciones, no utilizar el marketing y no haberse presentado nunca en televisión. Una anomalía mediática que mueve mucho, mucho dinero.