El Economista. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) propició una integración no sólo en el intercambio de bienes finales, sino en una producción compartida entre México, Estados Unidos y Canadá, asegura Jaime Serra Puche, negociador del acuerdo y presidente de SAI Consultores.

Serra Puche fue el secretario de Comercio y Fomento Industrial en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari y encabezó la delegación mexicana en la negociación del acuerdo comercial que este 1 de enero cumple 20 años de vigencia. Para Serra Puche, el TLCAN “contribuyó al proceso de apertura de la economía” de México.

En 1993, el valor del comercio total de México con Estados Unidos y Canadá sumó US$90.944 millones. Veinte años después registró US$421.483 millones, lo que representa una tasa de crecimiento promedio anual de 7,97%.

Por cada US$100 en el valor final de un bien que Estados Unidos importa de México, US$40 son de contenido estadounidense. La participación equivalente en el caso canadiense es de US$25.

En contraste, por cada US$100 de importación de China y la Unión Europea, únicamente US$4 y US$2, respectivamente, son insumos de Estados Unidos.

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Entrevistado a 20 años del TLCAN, Serra Puche asegura que China hace “outsourcing puro” y México genera una alta producción compartida en Norteamérica. “Se está empezando a dar un sistema (…) donde ya no sólo nos vendemos cosas entre nosotros, sino que producimos cosas conjuntamente”, dice.

—¿Cuál es la aportación del TLCAN?

—En 1986 entramos al GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio), 40 años después de que se fundó. Pero el TLCAN fue un proceso de apertura del comercio exterior más sintomático o fundamental, el más grande en la historia reciente de México. Además, el TLCAN contribuyó al proceso de apertura de la economía de manera importante en el mundo.

El segundo punto es que hay una racionalidad económica. Desde el punto de vista comercial, las exportaciones de México hacia Estados Unidos estaban sujetas antes del TLCAN a lo que se llama el Sistema Generalizado de Preferencias (SGP), que ayuda a las economías menos desarrolladas a iniciar sus procesos de exportación, porque los estadounidenses te reducen los aranceles de ingreso hasta cierta cantidad de productos.

Te dicen: si tú me vas a exportar 100.000 refrigeradores, te cobro cero arancel o un gran descuento sobre el arancel que le cobro a todo le mundo, pero si exportas 100.000 más uno, te quito esa preferencia para todos.

México estaba llegando siempre a los límites del SGP. Y, para no pasarse, había empresas que incluso cerraban sus operaciones desde octubre o noviembre, porque no querían perder la preferencia y, por el otro lado, tampoco querían acumular inventarios. Entonces teníamos una situación bastante perversa.

Al mismo tiempo, la relación de México con Estados Unidos tenía muchos acuerdos sectoriales, como en la producción de textiles, automóviles, frutas y vegetales. Y ahí lo que hacíamos era una negociación anual para definir cuotas, cuántas toneladas de textiles podías venderle o lo que fuera.

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Eso a los productores les daba mucha incertidumbre, porque decían: 'Lo mismo hacen una buena negociación el año que viene o los estadounidenses se ponen duros y no voy a poder exportar. Mejor no le meto y me quedo con el tamaño en que estoy'.

Otro punto tiene que ver con los flujos de IED (inversión extranjera directa). México entró al GATT, abrió la economía e inició un proceso de ajuste macroeconómico importante. Pero nos dimos cuenta que el mundo no estaba volteando a ver a México, casi no estaba en el mapa de la IED. Y el TLCAN era el centro de ese mapa: México es muy importante para invertir, ser competitivo y exportar al mercado más grande del mundo.

—¿Cuál es la mayor enseñanza que deja el TLCAN?

—El año previo al TLC, en 1993, tuvimos un déficit comercial con Estados Unidos (de US$5.000 millones) y pasamos a tener un superávit de más de US$92.000 millones. Entonces la primera lección es que el régimen tarifario no es el que determina si tienes déficit o superávit. O sea, tenemos más déficit con los países con los que no tenemos tratados frente a los que tenemos tratados y abrimos la economía.

La segunda lección, y lo digo con toda sinceridad, es que yo no pensé que México se iba a convertir, dada las tendencias históricas, en una plataforma de exportación muy poderosa. Hoy exportamos más de US$1.000 millones diarios. Hoy exportamos más que toda América Latina junta, incluyendo Brasil. La apertura de la economía hace hoy más competitiva la economía y, por ende, da posibilidades de exportar.

Cuando estábamos cerrados lo que ocurría es que un productor de teléfonos tenía que comprar el plástico caro porque no podía traerlo del resto del mundo, porque estaba más barato, pero estaba protegido en México. Entonces a la hora que producía el teléfono con este plástico no era competitivo, porque el plástico era más caro que el que usaban los coreanos u otros. Al abrir la economía, esos precios se corrigieron. Para mí ésa es una lección importante, que la apertura generó una competitividad muy importante.

—¿Por qué creyeron que México podía competir con Estados Unidos y Canadá?

—Si tú hacías un análisis y lo haces hoy sobre qué tan competitiva era la economía mexicana antes de abrir, se veían todos los factores básicos, como el laboral, muy competitivos frente al resto del mundo. Pero toda la parte de insumos intermedios era muy cara, porque muchas cosas las teníamos que importar y les poníamos un arancel.

Entonces, si tú hacías un análisis de cómo hubiera aumentado la competitividad de la economía de México utilizando cero aranceles, que es lo que acaba ocurriendo con el TLCAN después de 15 años, subía mucho vis-à-vis (cara a cara) Estados Unidos y Canadá. Esto es lo que hoy ocurre. Somos más competitivos.

Lo segundo es que México era el principal usuario del sistema generalizado de preferencias. Ya estábamos en un proceso de exportación a pesar de que teníamos esos límites. Y además teníamos una ventaja regional, distancia, transporte, logística sobre el resto del mundo, para entrar al mercado estadounidense.

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—¿Qué es lo que más les preocupaba?

—Había preocupación en México, justificada aunque al final del día no ocurrió nada, de que en cosas como el maíz o cereales no teníamos suficientes ventajas frente a los estadounidenses, porque lo que se requiere para producir cereales son grandes extensiones, tierra muy húmeda y mucho capital, y nosotros no tenemos ni la uno ni la dos ni la tres.

Al abrir la agricultura, le dimos 15 años al maíz. Dijimos vamos a darle suficiente tiempo para que nuestra producción agrícola se acomode a esa circunstancia.

—¿Que implica que hoy más de 80% de las exportaciones mexicanas sean manufactureras?

—Ese es un cambio fundamental. Pasamos de ser un país que teníamos un componente alto de petróleo en nuestras exportaciones, con todas las consecuencias que conocimos, a pasar a ser un exportador de manufacturas, que son mucho más robustas. Cuando nos dominaba el asunto petrolero, se enojaba alguien en Irán o Irak, se nos caía el precio y sufríamos como economía.

Hoy puede ir para abajo o para arriba el petróleo y en materia de balanza comercial, que no es asunto fiscal, en fiscal seguimos siendo muy dependientes, pero en el tema de balanza comercial no pasa nada, porque 80% son manufacturas que son mucho más robustas a la evolución de materias primas, etcétera, que lo que era nuestra balanza comercial previamente.

Además se empezó a desarrollar algo muy importante, que es que se está empezando a dar un sistema de producción compartida en América del Norte, donde ya no sólo nos vendemos cosas entre nosotros, sino que producimos cosas conjuntamente.

Por ejemplo, de cada dólar que exportan los chinos a Estados Unidos, tiene cuatro centavos de insumos de Estados Unidos. De cada dólar que nosotros exportamos a ahí tenemos 40 centavos de insumos de Estados Unidos. El primero es lo que se llama el outsourcing puro y lo de nosotros es producción compartida.

Y eso nos está dando la posibilidad de escala, de crecimiento y que la región compita vis-à-vis el resto del mundo. Y el efecto multiplicador tanto de empleo como regional cambia dramáticamente en un mundo exportador de manufacturas que en un mundo exportador de materias primas.

Lo que ocurrió en los últimos años es un reflejo de eso. Los brasileños se beneficiaron del crecimiento de la producción manufacturera de China y nosotros nos afectó el crecimiento de la producción manufacturera de China.

Ahora que China se está comenzando a desacelerar, los brasileños están muy afectados y nosotros estamos cosechando frutos de habernos convertido en un gran exportador de manufactura.

Antes fue un efecto exactamente al revés. El crecimiento chino que demanda muchas materias primas ayudó a los brasileños, mientras que el decrecimiento chino que deja de exportar manufacturas nos ayuda a nosotros. Esto está empezando a ocurrir.

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* Vea además en El Economista: México amplía su déficit fiscal