Belfast. Durante gran parte del siglo en el que el Titanic se hundió, la historia sobre la catástrofe del transatlántico fue un tema tabú en Belfast, un desagradable recuerdo del fracaso industrial y la amarga división sectaria en la ciudad que lo construyó.

Ahora el gobierno de Irlanda del Norte, ayudado por 14 años de paz, tiene como objetivo rescatar al transatlántico como símbolo de la fuerza industrial que una vez fue, con la esperanza de que el glamur de Hollywood creado alrededor de la historia pueda servir de icono para una nueva y unida ciudad.

Los políticos católicos y protestantes inauguraron el mes pasado un museo del Titanic, que ha costado 97 millones de libras (104 millones de euros), para conmemorar el centenario de la botadura del transatlántico y su primer fatídico viaje.

Los 38 metros de altura y las fachada de cristal y aluminio del museo redibujan un horizonte dominado durante mucho tiempo por las grúas amarillas de Harland y Wolff, el astillero de mayoría protestante que construyó el Titanic y escenario de algunos de los peores disturbios sectarios antes y después de la separación del resto de Irlanda en 1920.

"Durante mucho tiempo, quizás más que nada debido a un sentimiento de profundo dolor, el Titanic nunca ha sido realmente recordado en su casa, pero todo eso ha cambiado ahora", afirmó el viceprimer ministro, el católico Martin McGuinness.

"Estos edificios... están siendo utilizados para escribir una nueva historia, para escribir una historia mejor", afirmó.

Historia turbulenta. El periodo que rodeó a la puesta en marcha del navío fue uno de los más turbulentos en la historia irlandesa ya que los industriales protestantes lideraban una campaña para prevenir que el gobierno de Irlanda se trasladara de Londres a Dublín.

La batalla conllevó a una matanza sectaria en Belfast y a una guerra civil en el sur y ayudó a allanarle el camino a una mayoría protestante en el noreste, que continúa siendo parte de Reino Unido, una década después.

Cientos de católicos fueron expulsados durante los disturbios sectarios en los meses siguientes a la presentación del Titanic.

Para los protestante, el transatlántico, el buque más grande en ese momento, debía simbolizar el poder industrial de Irlanda del Norte.

Pero en lugar de realizar una entrada triunfal en Nueva York, la noticia fue que el barco se hundió en su viaje inaugural el 15 de abril de 1912, con una mínima parte de los botes salvavidas necesarios y que murieron en la catástrofe 1.500 de los 2.200 pasajeros.

El hundimiento fue un duro golpe para el prestigio de los astilleros y para el legado industrial de Irlanda del Norte. Ante el temor de lo que pudiera significar una mala publicidad para la provincia y el astillero, generaciones han guardado la historia bajo la alfombra.