-¿Qué vio en la campaña de Mockus que la motivó a registrarla?

-Una pasión y una emoción por participar en política que yo no había visto en décadas, en especial en la gente joven, que con su voz y su voto podía cambiar el rumbo de este país y hacerlo más decente.

-¿Pensó que la Ola llegaría a la Casa de Nariño?

-Claro, por un par de semanas, en el auge del fervor en la calle y la red, pensé que era posible que llegaran a la presidencia.

-Fue una campaña bastante mediatizada, ¿qué se encontrará de distinto en el documental?

-Esto es un detrás de cámaras. El documental privilegia las escenas privadas sobre las públicas: la preparación de los debates, las conversaciones entre Mockus y su equipo de campaña, comerciales que nunca salieron. La gente que siguió la campaña se va a sorprender.

-¿Qué tan distinta es la imagen que tiene de Mockus antes y después de este rodaje?

-Es la misma.

-¿Cree que el presidente Santos se le hubiera medido a ser registrado durante su campaña?

-No podría decirlo, no le pedí permiso. Aunque creo que difícilmente encuentra uno un candidato con mayor convicción en la transparencia que Mockus.

-¿Alguna anécdota curiosa durante el rodaje?

-Más que a nosotros eran las cosas increíbles que la gente hacía y decía. Ver un “Mockuy” en Pasto, ruanas verdes en Tunja o que le pidieran hijos a Antanas Mockus a la salida de un recinto en Quibdó.

-Define su documental como un acercamiento íntimo, ¿qué tanto se les metió al rancho a los verdes?

-Antanas Mockus piensa que los hombres públicos y sus actuaciones deben ser como un acuario. Él y su campaña me dejaron ser testigo de primera mano del día a día de la campaña, casi sin filtro. Me dieron un acceso que nos permitió documentar, creo que como nadie lo había hecho, una campaña presidencial en Colombia.

-En una frase, ¿cómo describiría la Ola Verde?

-¿En una frase? Déjeme y ensayo un párrafo: Un movimiento ciudadano que por un momento pareció un tsunami, un ejercicio colectivo de construir un ideario de país que sobrepasara el tema de la seguridad y las prácticas políticas tradicionales. Las olas crecen, van y vienen. Nadie sabe si vuelven o desaparecen.

-¿Cuál fue el mayor reto al que se enfrentó dirigiendo el documental ‘La Sierra’?

-Lograr el acceso a un sitio donde ni los que llevaban las cuentas de los servicios públicos se atrevían a entrar. Luego, incluso más difícil que el acceso, fue mantenerse filmando por todo un año cuando cambiaban las condiciones de seguridad y aparecían y desaparecían los “jefes” de 21 años de diversas facciones paramilitares.

-Han pasado seis años desde su estrenó y todavía La Sierra es un tema de conversación...

-Es que Scott Dalton y yo logramos sumergirnos en la vida de ese barrio y contar una realidad que todavía ocurre en Colombia. Creo que sigue siendo actual, porque cuando voy a pueblos, barrios, comunas de este país, lo que nosotros contamos en La Sierra sigue pasando: la ausencia del Estado, zonas dominadas por actores armados ilegales, falta de oportunidades, marginalidad, embarazo adolescente, altos índices de homicidios. Desafortunadamente, el país no ha cambiado tanto.

-¿Cómo llegó a esa historia?

-En ese entonces era periodista de la agencia de noticias Associated Press y como tal tenía muchos contactos con los grupos armados que controlaban grandes zonas del país. Le pedí permiso al comandante paramilitar que en ese momento mandaba en Medellín y él accedió.

-¿Qué riesgos corrió durante ese rodaje en Medellín?

-Los mismos que corre la gente que vive en un barrio dominado por bandas armadas, que se disputan el poder con balaceras frecuentes y leyes que imponen jóvenes de 21 años y sus jefes. La diferencia es que yo me podía ir.