La bolsa de plástico blanca, pero de blanco barato, es nueva. Sobresalen dos zapatos negros en cuyo interior una carne marrón clara se muestra húmeda. La nariz de quien observa alerta que se trata de una vida ya sin vida. Son calamares liberados del hielo que congeló su putrefacción, aunque no su muerte, al ser extirpados del Atlántico Sur. Si no fuera por el hedor en cuestión y el cono de luz que lo ampara en el recinto de sombras, se podría no reparar en “Autorretrato sobre mi muerte”. Peor, tropezar y quejarse luego de cómo alguien deja tirada sobre el piso tal cosa. Pulcra en su ordenamiento. Asquerosita en su hedor. Pero la bolsa (que contiene, además, una t-shirt y unos calcetines de rugby) está rodeada de un grupo de gente muy bien vestida que se toma su tiempo –un tiempo no forense, pero casi– y luego se aleja. Entre relajada y contenta. Son ejecutivos de la petrolera más grande de Latinoamérica. Un día después se anuncia que el argentino Carlos Herrera, que ha recibido US$ 3.000 para crear lo descrito, es el ganador de los US$ 12.000 del Premio ArteBA-Petrobras de Artes Visuales 2011.

Como dijo alguna vez la crítica estadounidense Susan Sontag, el arte no debe ser explicado, sino sentido. Intensamente. Pero, a diferencia de la sensiblería, el sentimiento real suele ser trabajoso y ambivalente. Algo similar ocurre con la escena de las artes visuales/plásticas regionales de hoy en día: hay más artistas y flashes que nunca. Pero ¿hay más gran arte que nunca?

Vivir del arte. De lo que no hay duda es que ser artista joven hoy es como ser un chef: una combinación novedosa de ingredientes tradicionales con un toque local puede hacerte conocido y respetado en lugares lejanos. Y si no rico, al menos viable. “Es una generación que comenzó a producir en los años 2000, a la que llamo de generación dorada porque ya está globalizada y se benefició con ello”, dice Akio Aoki, de la Galería Vermelho de São Paulo. Quien agrega que “la globalización generó un intercambio de pensamiento, de gran circulación de dinero y de movilidad física de artistas, comisarios, curadores  e investigadores que nunca antes ocurrió”.

Y los artistas que entraron primero en este circuito son grandes beneficiados. Un caso es el del brasileño Marcelo Cidade. “Tiene 31 años, sólo trabajó como artista desde que salió de la Universidad en São Paulo. Y  ya está representado en museos como Tate Modern en Londres, Serralves en Porto (Portugal), Centro Pecci en Italia, FRAC y Kadist Foundation en Francia, MAM en São Paulo. Nunca antes un artista brasileño que vive y trabaja en São Paulo podría, en poco más de siete años de carrera, estar en tantos sitios, si no fuera porque vive ahora en el siglo XXI”, dice Aoki.

Tanto o más notable es que también se puede vivir del arte, sin vender casi obra. “En Argentina hay cada vez más becas. Hay una red de empresas, sobre todo bancos, que dan subsidios y que hacen que un artista pueda vivir de becas”, explica Ángeles Ascúa, mentora de La Hermana Favorita, un grupo de artistas de Rosario (Argentina). “El caso de Claudia del Río –ejemplifica– es uno de ellos. Ella en el mercado está, pero muy tangencialmente: no es una artista de éxito de mercado, pero hace una carrera desde ese lugar”.

Por otro lado, dice Ascúa, están los grupos autogestivos, “las tecnologías de la amistad. Se trata de grupos de legitimación, de dar a conocer su propia obra. Eso surgió después de la crisis y es un fenómeno mundial. En España ocurre lo mismo”.

Un miembro de la generación dorada argentina es Leopoldo Estol. Para él existe una cuarta ruta que se mezcla con las dos anteriores: “Una buena noticia es que las escuelas de arte se han vuelto en este último tiempo una parte importante de la escena. CalArts en Los Ángeles, Staedelschule en Frankfurt, la Di Tella en Buenos Aires son lugares que arman diálogo y que evitan la ardua tarea de ir en busca de galería a alguna ciudad central, o al menos lo dejan pendiente a cuando seamos más viejos”.

Coleccionistas. La efervescencia, sin embargo, no durará sólo por la interconexión. Es necesario un cierto nivel de prosperidad local extendida. “Una vez que tienes una buena base de vida, vas en busca de algo más. Que sea religión o un desafío mayor. Y el arte contemporáneo es una parte de esta búsqueda. Una poética reflexiva sobre nosotros”, dice Aoki. Chile, no obstante, es un ejemplo de que la riqueza aislada no alcanza, analiza el crítico y autor Justo Pastor Mellado. ¿Por qué? No hay coleccionistas locales. “En Brasil y Argentina existe una franja de coleccionistas de arte contemporáneo local. Estos coleccionistas realizan una tarea enorme en la profesionalización del galerismo”, arguye. “Que no haya coleccionistas eminentes de arte contemporáneo fragiliza el reconocimiento del mercado local y demuestra que en Chile no tenemos capacidad para poner a nuestros artistas en grandes colecciones extranjeras.  Esto es fundamental: coleccionismo interno fuerte se traduce en capacidad de colocación de artistas en colecciones de museos y centros eminentes”.

Andrés Blaisten, el coleccionista de arte más relevante de México (creador del museo que lleva su nombre), concuerda: “Indudablemente, sí existe la correlación al respecto, ya que, en la medida en que hay capacidad económica de cierto núcleos sociales en los países, de ellos surgirá coleccionistas que a su vez generarán un mercado próspero del arte, propiciando la emergencia y visibilidad de los artistas”.

Sin duda es ingenuo intentar anticipar hacia dónde se irá el arte en el futuro, porque parte de la tarea del arte es –como señala la psicoanalista británica experta en el tema Hanna Segal– promover “el sentimiento de revelación de una verdad percibida a medias y aprehendida, que es descubierta, no inventada”, pero también porque en la modernidad hacer arte suele ser reinventar las posibilidades del artista en sí mismo.

Ascúa, que a sus 25 años posee el doble rol de artista y curadora, arriesga que en el futuro “va a haber más instituciones alternativas. El arte va a pasar por internet, sí o sí. Aunque dibujes va a ser en internet. Hoy ya internet nos atraviesa la vida mucho más de lo que pasaba hace cinco años. Entonces dentro de 25 años va a ser aún mayor. De eso estoy segura”.

Casi igual de seguro es que veamos una rebelión contra la generación dorada. “Seguir reproduciendo el arte por el arte, la elite del arte, el mundo de unos pocos, me parece terrible”, dice el artista argentino Nicolás Bai. A sus ojos, la mayoría de los artistas regionales globalizados producen “un arte sólo para quienes tienen acceso a la educación de la sensibilidad para una obra conceptual”.

Quizás la primacía de la web tampoco se realice. “No creo que internet predomine como soporte sin embargo, sí creo que sí será un instrumento más para sus propuestas”, dice Blaisten.

Lo que es seguro es que, como durante toda la historia moderna del arte occidental, habrá tensión entre los tranquilos, hoy dominantes, y los airados: “Los artistas son en un sentido estricto agentes de cambio, en un sentido romántico contrabandistas de especias, y en un sentido poético como los pájaros que se comen la fruta llevándosela lejos del árbol y después queda la semilla ahí dando vueltas a la buena de Dios”, dice Estol.

Nicolás Bai es más directo: “El arte se sigue usando como herramienta de poder. En todos lados lo que hay es negocio, no pasión. No sé cómo se rompe ese esquema, pero hay que romperlo”.