Lima. Como un espacio infranqueable donde reinaba la magia, recuerda el hijo de Mario Vargas Llosa, Álvaro, es despacho de su padre.

La idea del Premio Nobel de Literatura era dejar su lugar de trabajo como algo casi sagrado, por lo que su hijo debió pasar casi un año planeando como entrar.

El periodista recuerda que Vargas Llosa “le ponía un pestillo a la puerta para que no pudiéramos entrar, porque era como su recinto mágico y sagrado. Penetrarlo era violar algo muy íntimo y de algún modo perturbar su mundo personal”, indicó El Comercio.

Un día logró entrar y quedó helado ante los papeles y apuntes. “Yo era muy chiquito, y recuerdo que me paralicé y salí corriendo aterrado”, recordó.