Desde las posibilidades de la novela para expresar mundos diversos hasta la reivindicación marítima boliviana, pasando por las relaciones intensas entre los cuerpos y la historia en su escritura transcurren en este diálogo con la novelista y ensayista chilena, Diamela Eltit, considerada una de las voces más significativas de la literatura de su país y del continente. Eltit estuvo en La Paz para participar en un ciclo de debates sobre los retos que enfrentan las disciplinas artísticas. 

-Desde su primera novela, Lumpérica, editada en 1983, hasta la más reciente, Impuesto a la carne (2010) ha escrito una docena de obras. ¿Qué ha encontrado en el género de la novela, que es tan frecuentado por su escritura?

-Pienso que la novela tiene muchas posibilidades. Cualquiera que cultive otro género va a decir lo mismo, pero verdaderamente lo pienso así. La novela es como una  casa grande, no quiero decir una casa lujosa, sino una casa grande donde se pueden ocupar las piezas de distintas maneras y se pueden cambiar, donde antes era el dormitorio puede ser la sala, en fin. En ese sentido, creo que hay espacios para hacer esos cambios, cambios de tonalidades, de registros, de situaciones. Eso es lo que a mí me cautiva, y por eso sigo empeñada en escribir la próxima novela, pensando que voy a superar las torpezas, las fallas de todas las demás, pero nunca las supero. Por suerte, porque si lo lograra no escribiría más novelas.

-Pero también ha publicado otro tipo de obras...

-He frecuentado mayoritariamente la novela, aunque no exclusivamente. Tengo otros libros que están  en otros espacios más indeterminados: un libro, El infarto del alma sobre asilados en hospitales psiquiátricos; tengo otro  de testimonios y diálogos con un  esquizofrénico, un vagabundo; otro sobre un juicio político. Y dos volúmenes de artículos y ensayos. Y tengo, claro, mis novelas que son las más recurrentes. 

-Una de las presencias constantes en su obra es el cuerpo. Pero la presencia del cuerpo no resulta en una escritura intimista, ni mucho menos. Más bien, el cuerpo está siempre en relación con la historia. ¿Qué le interesa de esa relación entre el  cuerpo y la historia?

-La historia siempre está en disputa. La historia es un relato en disputa y tiene la capacidad de escribirse sobre los cuerpos. Muchas veces, los cuerpos están escritos según las historias oficiales. Yo he jugado mucho con romper el oficialismo de la historia. Mi última novela, Impuesto a la carne, es sobre los 200 años de vida republicana de Chile. El 2010, Chile y una parte importante del continente estaba cumpliendo 200 años de independencia. Yo no tenía una visión muy positiva del bicentenario porque me parecía que algo que había sido recurrente en esos 200 años eran esas enormes zonas de exclusión, en gran parte un resultado del manejo de las élites. Pensé que era interesante jugar en la contracara de la historia oficial, jugar con lo no dicho, con lo no registrado, con las hablas que no van a estar en el festejo oficial. Jugar con los cuerpos que no van a hablar nunca. El 2010, en Chile tuvimos la tragedia del terremoto. La destrucción rompió un velo cosmético de prosperidad, una prosperidad muy frágil que no resistió el primer embate. En fin, trabajé con esos materiales trágicos, pero también con el humor, con el humor del dependiente que se ríe de sus opresores. El humor es un arma infalible.

-Usted pertenece a una generación de escritores y artistas chilenos marcados muy fuertemente por la experiencia de la dictadura de Pinochet...

-Yo viví en Chile los 17 años de dictadura, no pertenezco a la diáspora. Me quedé, como lo hicieron millones de personas. Entonces tengo una visión de primera mano de la dictadura, del poder y de los excesos del poder. Pero, por supuesto, el poder está en todo sistema, no hay sistema sin poder. Y yo creo, por ejemplo, que ningún sistema es especialmente favorable con los jóvenes. Los jóvenes están en la mira. El joven es más rebelde, más excesivo, por eso está bajo la mirada, ya sea por la sexualidad o por el consumo de alcohol. El joven es mirado con pánico por la sociedad.

-En 1990, Pinochet dejó el poder y se inició la democracia. ¿Acabó Chile de salir de la sombra de la dictadura?

-Acaban de cumplirse 21 años del cambio de gobierno. Con el cambio se acabó el terrorismo de Estado. A la gente ya no la toman en la esquina, la desaparecen o la matan. Eso es distinto. Pero, no obstante, estamos sólo parcialmente democratizados. Y eso, después de más de 20 años, es lo más complicado y lo más dramático. Al principio había esa idea de que teníamos que ir de a poco, con calma… pero ese poco ya dura más de 20 años. Tenemos un sistema parlamentario de dos partidos, la Alianza y la Concertación. Eso es limitante porque todo lo que está entre es muy  difícil que esté representado en el Parlamento. Estamos en una situación de una democracia todavía con limitaciones. Por ejemplo, los chilenos en el exterior no pueden votar. La Concertación consiguió detener, en toda su medida, el terrorismo de Estado y controlar los excesos policiacos; no fue capaz, sin embargo, de alterar el sistema. Y por eso perdió la simpatía y la credibilidad de la gente. 

-¿Eso explica el triunfo de la Alianza en las elecciones?

-Chile es el gran laboratorio del neoliberalismo, en este sentido, no hay ningún otro país en Latinoamérica como Chile. Obviamente, tarde o temprano íbamos a llegar donde llegamos: nuevamente a la derecha. Una derecha mixta, relativamente liberal en el sentido más tradicional del término, por un lado, pero, por otro, asociada a una derecha verdaderamente conservadora. Eso es lo que estamos viviendo. Bueno, la gente lo votó, lo votó porque el sistema económico de Chile iba para allá. Ésa es la verdad: mucho consumo, tarjetas de crédito, deudas, consumismo… La angustia que todos tenemos, la trabajamos con las compras; en vez de meditarla, de analizarla, la salida fue correr a los malls,  y comprar, comprar. Una ilusión exitista que fue tocada, un poco, por el terremoto del 2010. 

-¿Qué es lo que hizo visible el terremoto?

-El terremoto hizo visible la pobreza, la precariedad. Se perdió todo lo que se había avanzado. Ahora mismo, lamentablemente, tenemos un problema con Bolivia. Si dependiera del  mundo cultural, Bolivia tendría hace muchos años salida al mar.  La derecha pone mucho énfasis en el nacionalismo, en el patriotismo, por eso va reinoculando en los jóvenes la idea de patria, de nación, de frontera, de límites.