Buenos Aires. Todos los uruguayos que han vivido en Argentina saben acerca de la gran asimetría que siempre existió en la información que cada país tiene del otro: mientras en Uruguay los problemas argentinos constituyen una información casi cotidiana que es comentada por la gente como si se tratara de temas locales, resulta extraño que un argentino se muestre interiorizado en temas uruguayos.

Desde el regreso de la democracia en adelante, solamente una minoría de gente muy informada podía decir el nombre del presidente uruguayo de turno. Julio María Sanguinetti ha sido acaso el más conocido, no solamente por haber sido dos veces presidente, sino por su activa presencia como columnista periodístico y conferencista que trata temas actuales e históricos de Argentina.

Sobre los demás, era poco y nada lo que se sabía. Jorge Batlle pasó inadvertido los primeros tres años de su gestión, y recién cobró notoriedad en el famoso episodio de la “cámara prendida” en la entrevista de la cadena Bloomberg. Hasta el día de hoy son pocos quienes lo ubican por el nombre –incluso suele aparecer mal escrito en la prensa como “Battle”– y los medios se refieren a él como “aquel presidente uruguayo que dijo que todos los argentinos son ladrones”.

Tabaré Vázquez tuvo algo más de conocimiento entre el círculo de intelectuales de izquierda, que siguieron con simpatía los ascensos de presidentes “progresistas” en la región, pero nunca llegó a ser una figura de “rating” masivo. Ni siquiera cuando el conflicto por la planta de celulosa de la ex Botnia le dieron cierta exposición televisiva.

En contraste, José Mujica fue una figura de una popularidad que envidiaría cualquier político local. Como prueba de ello, es el único político uruguayo de toda la historia que ha sido imitado por actores televisivos y dibujado en caricaturas políticas. Una imitación solo tiene sentido, se sabe, cuando el espectador conoce al personaje original y puede comparar.

Fascinación instantánea. El público empezó a familiarizarse con él hacia el año 2008, cuando su nombre empezaba a sonar fuerte como eventual sucesor de Vázquez. En ese entonces, su condición de ministro de Ganadería y Agricultura motivaba que fuera consultado por la televisión argentina para opinar sobre el duro conflicto entre Cristina Kirchner y los productores sojeros.
De inmediato impactó su imagen, su particular vocabulario, su desparpajo en el discurso. Y rápidamente trascendieron los detalles sobre su ajetreada biografía.

Durante su carrera presidencial, despertó la simpatía unánime. La izquierda celebró su llegada como parte de la nueva ola política latinoamericana. Para el kirchnerismo, era la posibilidad de tener un presidente de cierta afinidad ideológica pero sin el lastre de la pelea binacional que había afectado a Vázquez. Y para la centroderecha, Mujica representaba la sensatez de alguien que, tras su pasado guerrillero, había sido capaz de reconvertirse y forjar la unidad nacional.

De allí en adelante, Mujica pasó a ser “el Pepe” y los argentinos, incluso los poco informados y politizados, tenían una opinión formada sobre él.

La prensa opositora ha publicado sus dichos y hechos con una frecuencia casi diaria. Y, naturalmente, su célebre austeridad y desprendimiento material resultó una materia fascinante, sobre todo porque siempre quedaba flotando en el aire la comparación con el estilo ostentoso del kirchnerismo.

Entre las noticias de mayor impacto figuraron la renuncia a vivir en la residencia presidencial y la permanencia en la chacra, así como su donación del salario presidencial para una obra benéfica. También las fotos y videos de Mujica bajándose de su VW Fusca y saludando tranquilamente a los ciudadanos que se le acercaban. Incluso la célebre imagen de sus ojotas durante el acto de recambio ministerial.

Su frase “estamos embuchados de dólares” –pronunciada desde su Fusca mientras observaba a los argentinos bajándose del Buquebus en Colonia para depositar billetes verdes– fue objeto de largo análisis por parte de economistas.

Un modelo para todos
A medida que avanzó la gestión de Mujica, se lo comenzó a citar con frecuencia como modelo de político. Como lo evidencian los cientos de comentarios de lectores que seguían a cada nota que aparecía en internet, su nombre empezó a asociarse inmediatamente con conceptos como “honestidad”, “sensatez”, “sabiduría”, “austeridad”.

Se celebraba cada anuncio de una inversión externa en Uruguay, cada gesto de acercamiento a Barack Obama, cada indicador de crecimiento económico, como si fuera la forma más efectiva de criticar las políticas kirchneristas.

Pero no solo los opositores lo festejaron. También desde filas oficialistas se aplaudieron varias de sus iniciativas, tales como la legalización de la marihuana, la ampliación de planes de asistencia social o los esfuerzos por esclarecer episodios de violación a los derechos humanos en la dictadura militar.

Y estuvo, claro, el episodio del “micrófono abierto”, que inmortalizó la frase “esta vieja es peor que el tuerto”. Pero incluso en semejante trance su imagen no tuvo mella. Por parte de la oposición, porque la crítica a Cristina Kirchner fue ampliamente celebrada como una verdad que pocos se hubieran animado a pronunciar de manera tan explícita.

Pero incluso en el kirchnerismo, porque si de algo se ha jactado la presidenta es de su condición de “terca”. De manera que en los medios oficialistas se trató el calificativo casi como de un elogio involuntario hacia Cristina.

“La terquedad es una de las virtudes que le han permitido sortear situaciones adversas ante las que dirigentes con menos temple hubieran sucumbido. A su manera, el presidente uruguayo le dedicó un piropo machista”, argumentó Horacio Verbitsky, uno de los más influyentes “intelectuales K”.

Entre los pocos comentarios críticos que recibió Mujica en esa ocasión, figuró el calificativo de “el ídolo pobre de los argentinos ricos”, deslizado en la prensa oficialista.

Y acaso no sea una descripción del todo errónea. Como ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia, los argentinos manifiestan un sentimiento ambiguo hacia Uruguay: admiran ciertos valores que consideran perdidos en su país, pero aun así no están convencidos de querer parecerse a los uruguayos.

Es muy probable que la sociedad argentina no habría tolerado el “estilo Pepe” en un presidente propio, pero sin embargo se cansa de festejarlo en su país vecino. Tal vez resida allí el secreto de su inmensa popularidad: por contraste, Mujica se ha transformado en un recordatorio permanente de lo mejor y lo peor que tienen los argentinos.