¿Nota el aire un poco más caliente desde hace unos meses? Probablemente no más que de costumbre. Lo que sí es seguro es que está más pesado. Sucede que la humanidad logró batir otra vez más uno de sus récords más inquietantes: envió 36.400 millones de toneladas de CO2 (dióxido de carbono) a la atmósfera del planeta en 2010. La cifra más alta de la historia. Y tal peso lo sentirán a fines del mes próximo las cabezas de los delegados de 194 naciones reunidos en la ciudad de Durban, en Sudáfrica, para debatir si extender o no el Protocolo de Kyoto que vence a finales de 2012.

Poca disposición. La Cumbre Climática se extenderá entre el 28 de noviembre y el 9 de diciembre, pero los pronósticos resultan medianamente sombríos. Hace pocos días, en el encuentro preparatorio de Panamá,  Jonathan Pershing, enviado especial de EE.UU. dijo: “nosotros podemos solamente considerar un acuerdo que aplique igual fuerza legal a todas las economías grandes” en lo que resulta el nudo que probablemente lleve al fracaso el encuentro. Ley pareja no es dura, propone Washington. Esto es, que no haya cuotas mayores de emisión neta de CO2 para las naciones neoindustriales, como India o China. Éstas, a su vez, plantean otra forma de igualdad. Arguyen que Europa y Norteamérica contaminaron sin límites por dos siglos, así que son esas economías las que deben disminuir más sus emisiones. O las que deben pagar para que las menos desarrolladas lo hagan.

Mirando los números, los dos mayores contaminadores hoy en día son Washington y Pekín. El primero per cápita (18,6 toneladas por habitante contra 7,5 del país oriental) y el segundo en términos absolutos (7.700 millones de toneladas contra 5.425 millones de EE.UU). Sin embargo, a favor de China, y en contraste con EE.UU., se encuentran dos elementos: el descenso de la intensidad de uso de energía del 18% en una década y  su política de expansión aceleradísima del uso de energía solar y eólica. De esta última, por ejemplo, se espera la instalación de 70 Gigawats de 2012 a 2015, en tanto que la participación de energías renovables en su canasta energética total subió al 8,3% en 2010.

La discusión sobre cantidades no es abstracta: se trata de asegurar que la cantidad de CO2 en el aire sea lo suficientemente reducida de modo que la temperatura del planeta no sea sea superior de 1,5 a 2 Cº a los promedios históricos. Según la ONG Climate Action Tracker (CAT) para ello no tenemos que emitir más de 40 a 44 mil millones de toneladas anuales a partir de 2020. ¿Por qué? Los datos científicos han establecido que la concentración máxima de ese gas en la atmósfera no debe superar el “punto de quiebre” de las 500 ppm. Esto se debe a que el CO2 provoca el llamado “efecto invernadero”: a mayor cantidad en la atmósfera, mayor capacidad de ésta para retener el calor del planeta y no permitir que salga al espacio. Si bien la cantidad del gas varía según la época del año, debido a cambios estacionales y su efecto en el crecimiento de plantas y algas (que lo capturan al crecer y liberan al morir), en 1965 su promedio general era de 320 ppm. Cuarenta y cinco años más tarde, en 2010, llegó a 387 y en septiembre de este año 2011 se ubicó en 389. Pareciera que hay bastante tiempo por delante con vistas a arribar los 500. No es así. Primero porque hay evidencia de que ya una cantidad menor podría disparar lo que se llama feedback positivo o efecto cascada. Esto es, que a mayor calor/CO2, se potencien otros procesos que liberen todavía más CO2 ó generen más calor.

Y, segundo, porque –pese a los avances (en especial europeos)– la tasa de emisión del gas se está acelerando. En los años 60 del siglo pasado crecía un poco menos de 1 ppm por año, hoy ha llegado a prácticamente 2 ppm. Así, éste año vamos a estar lanzando 54 mil millones de toneladas a la atmósfera. 

Lo anterior significa que ya existe una brecha de 10 a 14 mil millones de toneladas excedentes respecto del límite de 40/44 mil establecido para evitar el desastre. Las perspectivas de avanzar rápidamente son pobres. En declaraciones a BusinessGreen, Lim Li Lin, de la ONG Third World Network, lo estableció diciendo que, en Panamá, “de buena fe, los países en desarrollo han propuesto para reducir cinco gigatoneladas de emisiones”, en tanto que “los países ricos han propuesto sólo cuatro gigatoneladas de sus propias reducciones”. La diferencia no sería tanta, hasta considerar que “con las lagunas en las normas de contabilidad que ellos quieren imponer, en realidad están proponiendo una reducción cercana a cero”. 

Encerrados en una situación de insolvencia fiscal o políticas de ajuste preventivas, europeos y estadounidenses no parecen dispuestos, con la posible excepción de Dinamarca y Alemania, a ir rápidamente a economías carbono cero.

La discusión, entonces, es sobre quién tiene que apretarse todavía más el cinturón y, nada menor, de qué bolsillo debe de venir el dinero para lograrlo. 

Opciones. La postura de las naciones del G-77, que une a los países no centrales de Asia, África y Latinoamérica, es que sean los países más ricos los que financien el fondo de US$ 100 mil millones anuales a este fin, acordado en la reunión de Cancún el año pasado. Tales fondos se usarían para promover la transformación de las economías en vías de desarrollo para que bajen sus emisiones. La postura de EE.UU. es diferente. A su juicio el fondo no es mandatario estatalmente, sólo habilita a buscar donantes. A su juicio deberían ser, en gran parte, privados. 

 ¿Pueden hacer algo los estados y las empresas de manera individual? Con este enfoque, que pone a la ética por sobre la eficiencia, en el sentido del impacto global, es que Australia y Corea del Sur marcan caminos posibles. En este último país, 366 empresas, lo que incluye a Samsung y Hyundai Steel, iniciaron un plan conjunto que podría cortar emisiones por 8,3 millones de toneladas en 2012. En tanto que la cámara de representantes de Australia aprobó un paquete de 19 leyes que crea un impuesto a la emisión de carbono, entre otras medidas nada menores que pueden suponer el rediseño de su industria siderúrgica y del carbón. 

En Latinoamérica, lamentablemente, la preocupación general se acerca a la nulidad y el ánimo está más apto para “picardías” que para aportar: Es así como, en enero de 2010, Brasil se comprometió a un reducción del 36 al 39 por ciento de sus emisiones de CO2 para 2020, pero no dijo desde qué “piso” lo haría. Ese dato lo reveló recién en Abril pasado. Insólitamente, a futuro, “proyecta emisiones más grandes provenientes de deforestación y otras fuentes”, revela un informe de CAT crítico con esta posición. Y también “excluye los efectos (positivos) de políticas ya planeadas”. O sea, infla las cifras de emisión esperadas para hacer más fácil una “reducción” que en gran parte no sería tal.

La región se encuentra también en deuda en cuanto a las acciones empresarias. Si bien compañías de cosméticos, productoras de vino y otras han comenzado a moverse hacia políticas de huella de carbono cero, o sea, midiendo y compensando sus emisiones, no han convertido el proceso en fuente de negocios originales que tengan un efecto acumulativo. Es lo que está haciendo DHL con GoGreen, un servicio que la empresa de logística ofrece a sus clientes: estos pagan extra porque sus couriers no impacten en la atmósfera. ¿Cómo? En el fondo DHL les cobra el financiamiento de proyectos que ahorran emisiones como protección forestal o granjas eólicas. Y así obtienen nuevos clientes. Este mes el Standard Chartered Bank se convirtió en la primera entidad financiera mundial en hacer que el 95% de los servicios planetarios se convirtiesen fuesen neutros. DHL no está sola, su competidora UPS anunció, también este mes, que invertirá casi US$ 2 millones en protección de bosques en países como Bélgica, China y Brasil. Sin duda apenas medio grano de arena para la montaña que se necesita. No obstante, dadas las consecuencias nefastas en grado sumo del proceso del calentamiento, todas las iniciativas deben acogerse y celebrarse. Es cierto, el cinismo crítico siempre es una opción, pero sólo mientras dure esta civilización lo suficientemente rica, libre y sofisticada que lo permite.