Campamento Esperanza, Chile. Cuando aún queda un puñado de almas por salvar de las profundidades de la mina San José en el norte de Chile, el campamento que creció junto con la angustia de los familiares de las víctimas comienza a ser desmantelado.

El 5 de agosto, el día que la mina se derrumbó, eran algunas familias que se acercaron aquí con el corazón en la mano en busca de información. Hacia el 22 de agosto, el inolvidable día en que se supo que estaban con vida, había muchas carpas y algunos vehículos de medios de prensa.

Ahora el Campamento Esperanza podría llamarse Ciudad Esperanza. Hay cientos de carpas, sets de televisión construidos improvisadamente con madera para lograr una mejor visión de la mina, decenas de policías, antenas satelitales, una confitería, baños químicos y varias zonas asignadas a las casas rodantes de la prensa que se extienden por cuadras y cuadras alrededor de la mina.

Pero, con cierta nostalgia pese a la alegría de haber recuperado a sus seres queridos, las familias desarmaban el miércoles las carpas, subían los colchones y bolsas de dormir a sus camionetas y comenzaban a pensar nuevamente en su vida fuera del campamento.

"Mucha alegría y tranquilidad. Gracias a Dios recuperamos a nuestro hermano y estamos juntos", dijo Yolanda Rojas, hermana del minero Esteban Rojas, mientras se preparaba para dejar el campamento.

Aseguró sentir nostalgia, al igual que muchos otros familiares, que en los últimos días dijeron que quieren que la mina se convierta en un santuario donde puedan venir a agradecer por el milagro.

Arnoldo Plaza Vega, primo del minero Alex Vega, también se encontraba el miércoles en plena tarea de partida del campamento. "Nosotros estamos bien, ellos van a tener que enfrentarse con los medios con cosas legales (...) Ahora los vamos a seguir apoyando (a Alex Vega), con lo que sea", dijo.

Mucho más que un grupo de carpas. La convivencia forzada de tantas familias en un lugar pequeño convirtió ineludiblemente al campamento en un vecindario, con sus intrigas, sus rencillas y, claro, sus historias de amor.

El romanticismo flota en la zona en que muchos de los mineros están siendo rescatados. Apenas salen de la cápsula que los trae de vuelta a la superficie muchos se lanzan hacia sus esposas, novias o parejas para fundirse en un eterno beso, bajo la emocionada mirada de los socorristas y del presidente del país, Sebastián Piñera.

Pero algunos de esos besos tienen un peso extra. Es el caso de Esteban Rojas, que envió una carta a su esposa Jessica Yáñez

-con quien se casó legalmente hace más de dos décadas- en la que le dijo que apenas saliera de la mina comprara el vestido de novia para completar la ceremonia religiosa.

Ni que hablar del caso de Richard Villarroel, quien podrá presenciar el nacimiento de su hijo programado para los próximos meses, un bebé que podría no haber conocido.

Finalmente, el caso más impactante es el de Ariel Ticona, quien por fin conocerá a su hija llamada Esperanza, que nació hace sólo algunas semanas.