Un mes después del terremoto de 7,8 grados en la escala de Richter, los ecuatorianos formulan misas al aire libre porque no hay iglesias: el temblor las devastó. En las misas recordarán a los 660 muertos, lamentarán la destrucción total de 10.000 edificios, 560 escuelas y 33 centros de salud, pedirán por la salud de los 29.000 refugiados en albergues y agradecerán con fervor por el centenar de personas que encontraron con vida a pesar de haberse hundido entre los escombros. Pero sobre todas las cosas, se forzarán a observar el estado general de las cosas: las calles desastradas por el polvillo de cemento, los despojos remolcados por los tractores, la mudez del mar frente al ruido fatigoso de la reconstrucción.

Pedernales, uno de los municipios más afectados por el temblor, ha reactivado el 60% de su comercio. Según la AFP, continúa la demolición de los edificios que quedaron a media caer y los pobladores de esta ciudad costera, donde murieron un quinto de las víctimas totales, no se guían en la ciudad por la carencia de puntos de referencia: donde antes había un comercio, un aviso o una seña urbana, hay ahora una pila de destrozos. El ministro del Interior de Ecuador, José Serrano, dijo: “lo que nos interesa es que se reactive el sector productivo más grande, donde está la mayor fuente de trabajo, que es el sector camaronero, y en eso estamos trabajando”. El mercado de marisco será reconstruido con una inversión de US$180.000 mientras que los vendedores asientan sus toldillos en la acera de en frente.

Serrano contó que 1.200 construcciones de esta localidad serán demolidas. El presidente Rafael Correa no ha dado un cálculo exacto de cuánto costará la reconstrucción de numerosas poblaciones, pero aseguró que las pérdidas fueron cercanas a los US$3.000 millones.

Una de las tareas más urgentes es la construcción de nuevos hogares para las familias cuyas propiedades quedaron en ruinas. Cerca de 7.600 familias han pasado el último mes en —como las definen las agencias de noticias— ciudadelas de campaña, hogares temporales donde tienen acceso a servicios básicos, educación y salud. De acuerdo con la Unicef, la atención en salud ha continuado a pesar de que más de la mitad de los hospitales destruidos en su infraestructura cesaron también sus servicios. Hasta hoy, según cifras de esa misma entidad, el 75% de los niños ha vuelto a sus estudios y más de 30.000 personas han recibido ayuda psicológica y asistencia básica en refugios oficiales (el resto está en campamentos levantados por privados).

Grant Leaity, representante de Unicef en Ecuador, dijo a la agencia de noticias AFP: “En una región donde 1 de cada 5 niños sufre diarrea y desnutrición crónica es esencial dar a estos niños los medios básicos para sobrevivir y prosperar”. Pese a los avances, son todavía necesarios US$15 millones para la atención de 250.000 niños en zonas afectadas. Otros 120.000 necesitan espacios adecuados para recibir sus clases.