Mientras cenaba en la parte trasera del barco (popa), un gran estruendo alarmó al ecuatoriano César Steven Avecilla Maridueña, de 20 años, quien estaba lejos de imaginar que aquello sería el inicio de momentos de angustia, dolor y abandono que se vivirían en el crucero italiano Costa Concordia, que encalló el viernes cerca de Roma con más de 4.000 personas a bordo.

Avecilla, un albañil sin empleo radicado desde hace dos años en el país Vasco, viajaba invitado por un amigo. En entrevista telefónica con Diario El Universo, este lunes contó que después del estruendo, el barco comenzó a tambalear, entonces corrió desde el tercer piso donde estaba hasta el sexto para tomar un chaleco salvavidas.

Volvió al cuarto piso, donde se ubicaban los botes salvavidas, y a su paso se topó con gente que gritaba y corría hacia los botes, y los que más pugnaban por subirse eran los hombres, entre ellos de la tripulación.

“Había muchos niños que lloraban porque no hallaban a sus padres. Decenas de ancianos que pedían ayuda y nadie los escuchaba. Vi gente con heridas y a una niña que quedó atrapada debajo de las piernas de la gente. La rescaté y la puse en el bote. También logré salvar a una anciana que se estaba ahogando con el agua que ingresaba”, relató Avecilla.

“No había nadie que guiara a la gente para que se salvara, ni controlara los botes. Algunas de esas embarcaciones se quedaron atascadas y se usaron hachas para cortar las cuerdas y echarlas al agua”, recordó el ecuatoriano, quien luego fue dejado en una iglesia de la isla Giglio, donde junto con otros rescatados casi mueren de frío (la temperatura era bajo cero) porque huyeron con lo puesto y unos solo vestían calzoncillos.

Avecilla perdió sus documentos porque los entregó al ingresar al barco, y al igual que su compatriota José Vidal Zambrano (de 31 años), radicado en España, también pasajero en la nave, volvieron a sus casas gracias a la ayuda de la Cancillería española, porque la de Ecuador no se hizo presente, dijeron.

Ahora ambos sufren episodios de insomnio y angustia, y por su cuenta deben obtener documentos. Coinciden en que mientras esperaban en Roma para ser llevados a sus hogares, la Cancillería de España trató de comunicarse con la de Ecuador, pero nadie respondió.

José Vidal aseguró ayer que demandará a la Cancillería por abandono voluntario, porque sí estuvieron al tanto, ya que el percance fue noticia mundial, pero no les importó.