Tucson. Nació en 2009 del lado mexicano y dos años más tarde hizo su primera incursión a Estados Unidos.

Sin pasaporte, sin visa, logró burlar a la migra, recorriendo el camino de sus ancestros, al cruzar de Sonora a Arizona, donde alumnos de una escuela local, lo bautizaron como El Jefe.

De esta forma, se convirtió en un emblema de la conservación en las llamadas Islas del Cielo, un archipiélago terrestre que no reconoce límites territoriales donde habitan más de siete mil especies de flora y fauna.

El Jefe, quien ya tiene un mural en las calles de Tucson y un whiskey artesanal con su nombre, es uno de los últimos jaguares de Norteamérica, amenazado por los proyectos mineros en México y Estados Unidos, y que ahora enfrenta un nuevo peligro por la intención de Donald Trump de extender el muro en la frontera.

Chris Bugbee, biólogo de la Conservación destacó que en caso de que el proyecto del candidato presidencial del Partido Republicano prosperara no habría nunca más un jaguar en territorio estadunidense.

"Sería el fin del juego para esta especie, porque la vida silvestre no respeta divisiones políticas y es tonto cerrar un corredor biológico que utilizan muchos animales”, manifestó.

A lo largo de cuatro años, Chris ha seguido el rastro de “El Jefe” con la ayuda de

Mayke, una hembra de pastor belga que con su agudo olfato ayuda a recolectar pelaje y excremento del jaguar para realizar estudios genéticos que buscan descifrar el comportamiento de esta especie tope en un hábitat crítico.

A su vez, Randy Serraglio, activista del Centro para la Diversidad Biológica apoya estos trabajos con el uso de cámaras foto-trampa que se encienden con sensores de movimiento para capturar en imágenes la evolución de El Jefe, principalmente en las sierras de Santa Rita y La Patagonia, colindantes con Nogales, donde en los últimos años se ha visto ir y venir al jaguar.

"Si construyes un muro a lo largo de la frontera interrumpes el corredor de vida natural y los animales no van a poder obtener agua, comida y reproducirse en la forma en que normalmente lo hacen, con lo que quedarían fragmentadas las poblaciones”, indicó.

Serraglio explicó que esta situación, tarde o temprano provocaría la extinción de las especies, “ya que está comprobado que una barrera física no detiene a las personas, pero sí a los animales”.

El Jefe no viaja solo en este corredor biológico entre México y Estados Unidos, conformado por zonas montañosas rodeadas de valles y pastizales.

Alejandro del Mazo, titular de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) recordó que en esta región se comparten especies prioritarias como el propio jaguar, oso negro, puma, ocelote, berrendo y águila real.

Del lado mexicano, se encuentra Ajos Bavispe, una reserva forestal que forma parte de las Islas del Cielo de casi 200 mil hectáreas, decretada en la época de Lázaro Cárdenas, que hoy se encuentra en el limbo legal en espera de su recategorización por parte del gobierno federal y que es una fábrica de agua para Sonora, un estado con clima desértico.

"Se calcula que más o menos 45 por ciento del agua que necesita el estado de Sonora sale prácticamente de esa zona de las Islas del Cielo”, destacó Fernando Ordaz Ponce, encargado de la Reserva Forestal Ajos Bavispe.

De ahí la importancia de declararla como un Área de Protección de Flora y Fauna con presupuesto suficiente, guardaparques y un programa de manejo, afirmó Alejandro Olivera, representante en México del Centro para la Diversidad Biológica.

"Fortalecer Ajos Bavispe con esta recategorización le daría fortaleza ante futuras amenazas como la construcción de un muro fronterizo”, agregó.

Esta región de Sonora es un santuario natural para las especies, donde habita la última colonia de alrededor de 200 perritos de la pradera, que son los ingenieros del pastizal, comentó Mirna Manteca, coordinadora de Conservación de la Alianza de las Islas del Cielo.

"Los perritos de la pradera hacen túneles grandísimos, larguísimos que ayudan a airear la tierra, ayudan con la dispersión de las semillas de los pastos, y es importante para la salud del pastizal”, detalló.

Maribel Pallanez, investigadora de la Universidad Estatal de Sonora, señaló que aunque la vida siempre busca maneras de abrirse paso, la ampliación del muro en la frontera sería un golpe letal, una catástrofe ambiental para México y Estados Unidos.

"Un muro en esta zona impactaría todo este corredor biológico y en este sentido sería catastrófico porque es una zona que tiene especies endémicas para la región”, advirtió.