El boliviano Carlos Mamani está en el infierno. A más de 700 metros de profundidad, es el único extranjero atrapado en la mina San José, ubicada en Copiapó, Chile. El primer mensaje del trabajador del subsuelo fue un lamento. Su familia le envió un video con palabras de aliento.

Una semana atrás, Verónica Quispe  recibió una noticia que le alegró la vida. Fue la primera carta de su esposo, Carlos. Lloró. Abrazó a su hija y volvió a leer la misiva. Volvió a llorar. Hoy casi sabe de memoria cada palabra escrita en aquella hoja cuadriculada de carpeta. Habla mordiendo la rabia y repite una frase que no le deja dormir: “Él está en el infierno”.

El jueves 26 de agosto, Verónica recibió otra buena noticia, vio las primeras imágenes de Carlos. Desde el subsuelo, los mineros habían filmado un video y mandaban mensajes emocionados a sus familiares. Carlos, con el torso desnudo, dedicó unas palabras a su familia y, también, a Bolivia.  La mujer de 20 años se asombró al ver que su esposo "está muy flaco, algo raro su rostro porque a él nunca le ha gustado tener barba", cuenta Verónica, sentada en el campamento Esperanza, dentro de la mina San José.

Este emplazamiento tiene carpas de unos cuatro metros cuadrados. Una de ellas está etiquetada con tres palabras: Carlos Mamani Soliz. Dentro, al medio, como un pilar central se encuentra una vara que llega hasta el techo y ahí está colgada una fotografía tamaño carnet del boliviano. “Fuerza minero, tu familia te espera”, se lee en uno de los mensajes. En la misma hoja blanca está recortado un corazón rojo con la frase “Te echo de menos”.

El suelo es blanco. Está cubierto con plástico y encima hay tres colchones de una plaza acomodados. Una olla con sopa, algunos víveres y dos botellas de agua son parte de este improvisado hogar donde Emili, su hija menor, es la soberana. Tiene un año y medio y camina de aquí para allá dentro de la carpa. Lleva y trae ropa, se entretiene con juguetes. La niña de cachetes hinchados y ojos pequeños no lo sabe, pero allí, debajo de sus pies, a más de 700 metros del suelo, está su papá.

Durante el día, el calor sofocante espanta al mismo sueño; por la noche, el frío y el viento son casi insoportables. A lo lejos, de forma intempestiva y sin una razón aparente, se escucha un “chi, chi, chi; le, le, le… viva Chile”.

“La gente es buena con nosotros”, dice Verónica y los ejemplos le sobran. En menos de dos horas un par de carabineros llegó para hacer jugar a Emili, una cooperante llevó agua y los alumnos de un colegio también fueron a entretener a la niña. Una persona anónima les hizo llegar galletas y otras golosinas. Saben que no están solas.

Verónica también se encuentra acompañada por Sabina y Johnny, sus papás. Su madrina de matrimonio, Dionisia, también le ayuda a matar la tristeza. Ella va al campamento junto a su hijo Marcelo. A Verónica no le gusta contar la historia de Carlos. Contesta con monosílabos a los periodistas y prefiere ampararse en su carpa. Allí, donde no entran los comunicadores, hay espacio para los familiares.

Luego de la primera carta de Carlos, Verónica recibió otra misiva. En ésta, el boliviano también le contó sobre sus penas desde el subsuelo y le dio alguna información para seguir con el proceso judicial que siguen los trabajadores a la firma minera que reabrió San José, a pesar de las denuncias.

El viernes por la noche, ella se reunió con los otros familiares. Hicieron videos. Verónica le dijo a Carlos que lo quería y que esperaba su regreso. “Quiero que salga de ese infierno”, dice con nostalgia y abraza a su hija.

El minero es hincha de Bolívar. A Carlos le gusta jugar fútbol. Sus familiares dicen que es hincha del club Bolívar y que practica deportes junto a su suegro, cuando tiene tiempo. Carlos tiene 24 años, es huérfano y siempre habla de Bolivia, aunque hizo de Chile su segunda patria. Conoció a Verónica en los parrales de uva chilenos.

Johnny Quispe, el suegro del boliviano atrapado en la mina San José desde el 5 de agosto, valoró el apoyo brindado por el Gobierno de Chile y agradeció al empresario Leonardo Farkas, quien entregó cheques nominales por más de US$9.000 para cada uno de los trabajadores atrapados. En referencia al gobierno boliviano, -en opinión de Quispe- éste tardó mucho en presentarse en la zona para comprometer apoyo.

El cónsul de Bolivia en Santiago de Chile, Walker San Miguel, se presentó en el campamento Esperanza, instalado por los familiares de los atrapados en lugares aledaños a la mina San José, 18 días después de que la tierra devoró a los 33 trabajadores del subsuelo, según los familiares.

La autoridad nacional conversó con la esposa de Mamani y comprometió gestionar una fuente laboral para el minero.  Mamani y los otros 32 trabajadores que se encuentran a 700 metros de profundidad esperan que el rescate se consolide pronto.

Ayer, los 33 mineros recibieron un video con saludos de dos minutos de parte de sus familiares. Después de que las imágenes de los mineros sepultados dieran la vuelta al mundo, ahora han podido ver cómo sigue la vida en el exterior. Las autoridades chilenas aseguraron ayer que ya se produjo una "recuperación evidente" de los problemas psicológicos que sufrían varios de los 33 trabajadores que están atrapados, según informó la prensa local.

Carta enviada por Carlos a su esposa:

Para mi querida esposa

Verónica Quispe

“Hola mi amor, cómo estás mi vida, mi reina. Quiero decirte que te amo mucho, con todo mi corazón más que nunca. Y decirte que yo estoy muy bien y me siento con más fuerza de vivir la vida contigo mi amor.

El mensaje que recibí por ti y lloré con todo mi sentimiento de alegría. Yo siempre estuve con fe que yo iba a salir de este lugar y nunca dejé de pensar en ti y en mi hija y por la familia (sabía) que algún día iba a salir de este Infierno. Pido todos los días al Señor que me saque.

Pero lo importante es que estoy sano y salvo y espero que me rescaten para verte y agarrarte a besos, Verónica mi amor y decirte nuevamente que tú eres mi vida.

También, por otro lado, me enteré que mi hermano está aquí y si está acá, que mande saludos a toda la familia, a mis hermanos, que yo estoy bien. Luis hermano, te estimo mucho, gracias por venir a Copiapó y si te vai, que el Dios te acompañe, gracias.

Y mis suegros que son mi papá y mi mamá quiero que estén tranquilos y pronto estaré afuera. Pidan al Señor que pronto me saquen de este lugar. También decirles que los quiero mucho y (también) a mis cuñados. Con estas palabras me despido".