Copiapó. Tras envolver una ajada nota de su esposo atrapado bajo tierra desde hace 18 días en una mina del norte de Chile, Lilianett Ramírez intentaba redactar su primera carta de amor en décadas.

Con un puñado de palabras que llegaron a la superficie el domingo, su marido Mario Gómez, de 63 años, le prometió que la vería pronto e hizo llorar a todo un país que aún intenta levantarse del enorme terremoto de hace seis meses, al confirmar que él y otros 32 mineros aún están vivos, después de pasar 17 días a casi 700 metros de profundidad en la mina.

Ahora Ramírez, de 51 años, enfrenta una agonizante espera de tres a cuatro meses para que los ingenieros construyan un túnel que permita evacuar al grupo de operarios, que ha debido sobrevivir en un refugio subterráneo bebiendo agua de las maquinarias y con aire de profundos conductos de ventilación.

Mediante ductos de no más de 10 centímetros de diámetro, ingenieros comenzaron el lunes a enviar tubos plásticos llamados "palomas" con glucosa, geles de hidratación, nutrientes líquidos y medicamentos a los mineros para mantenerlos con vida.

El plan también incluye las cartas de los familiares que han estado desde el mismo 5 de agosto, día en que la mina se derrumbó en su interior, en las afueras del yacimiento a la espera de ver a sus padres, hijos, hermanos y nietos de vuelta.

"¿Se puede imaginar? Luego de 30 años de casados nos vamos a mandar cartas de amor", indicó Ramírez, con una risa casi adolescente pese al cansancio de dormir por más de dos semanas en una carpa de plástico en el "Campamento Esperanza", como llamaron al grupo de tiendas donde se alojan las familias que acompañan las labores de rescate.

"Le quiero decir que lo amo como nunca. Le quiero decir que las cosas van a cambiar, que vamos tener una nueva vida. Voy a esperar todo lo que tenga que esperar para ver a mi esposo de nuevo", agregó.

Rescatistas hallaron la misiva de su esposo amarrada a un tubo de perforación usado para localizar a los mineros a cientos de metros de la superficie.

"Querida Lila, estoy bien, gracias a Dios. Espero salir pronto. Paciencia y fe", escribió Mario Gómez a su mujer.

El presidente Sebastián Piñera leyó la nota a los medios el domingo, mientras todo el país lo miraba por televisión y miles salían a tocar bocinas, enarbolar banderas chilenas y aplaudir por el histórico hito de supervivencia.

Las desgracias también son motivo para sonreír. La noticia de que los 33 mineros estaban vivos generó una incalificable algarabía entre los familiares, que en la entrada de la accidentada mina San José cantaron música chilena, bailaron y hasta prepararon una carne asada para celebrar la vida junto a los rescatistas.

El campamento está lleno de fotos de los mineros, pequeños altares a vírgenes y santos, y los nombres de los atrapados están escritos en rocas, carteles y banderas que circundan el campamento.

Los operarios atrapados forman parte de los miles que trabajan en pleno desierto de Atacama en yacimientos pequeños, inestables e inseguros, pero que gracias al buen precio internacional del cobre les brindan un sueldo estable.

Sus condiciones laborales están lejos de las que gozan quienes trabajan en la gran minería, formada por la corporación estatal Codelco y multinacionales con BHP Billiton y Anglo American.

El ministro de Minería, Laurence Golborne, que supervisa las labores de rescate, dijo que las cartas que se envíen a los atrapados son vitales para mantener la moral alta durante los meses que se extienda el rescate.

Luisa Segovia, de 49 años, le escribe a su hermano: "Hay tantas cosas que le quiero decir. Le quiero decir que lo estamos esperando con los brazos abiertos", comentó.

Algunos, sin embargo, cuentan las horas para abrazarlos pero también para regañarlos.

"Yo honestamente le quiero preguntar qué diablos estaba haciendo en la mina. Le voy a tirar unos cuantos garabatos (groserías). Nos tenía muy preocupados", dijo Alberto Avalos, un campesino de 42 años.