Campamento Esperanza. Tras ser el último minero en abandonar las profundidades de la tierra, el jefe del grupo de 33 trabajadores atrapados en Chile, Luis Urzúa, recordó el miércoles la esperanza y el júbilo del día en que supieron que podrían volver a ver la luz del sol.

En la madrugada del 22 de agosto, 17 días después de un derrumbe que los dejó encerrados en una mina a 700 metros de profundidad, una perforadora logró dar con el lugar donde se encontraban los 33 mineros refugiados al mando de Urzúa.

"Teníamos todo un protocolo cuando llegara la sonda. Sabíamos que la sonda iba a quedar colgando, pero se olvidó todo el protocolo...francamente se olvidó y todos querían abrazar al martillo", rememoró al ser saludado por el presidente Sebastián Piñera.

Ese día marcó un hito, porque la perforadora que llegó al lugar se convirtió en la mensajera de la vida desde las entrañas de la tierra con un arrugado papel blanco con letras rojas que decía al mundo: "Estamos bien en el refugio los 33".

"Todos querían colocar sus papeles. Habían varios papeles, algunos que decían: ¡mándame pan!, ¡tengo hambre!, otros le escribían a la familia. Pero llegaron los (mensajes) que tenían que llegar", agregó.

Esa perforación se convirtió en el cordón umbilical de los 33 con la superficie y la vía mediante la cual pudieron volver a alimentarse con relativa normalidad luego de aciagos días de hambre e incertidumbre.

"Teníamos poquita comida, pero la supimos administrar... Al último comíamos cada 48 horas para dejar algo para después", recordó, mientras Piñera lo observaba emocionado.

Aunque duró casi 70 días, la mayor hazaña de supervivencia humana bajo la tierra partió muy esperanzada, pues los 33 esperaban un pronto final para esa historia.

"Supimos manejar la situación en los primeros días. Supimos mantener la cordura. Muchos pensamos que esto (el rescate) iba a durar dos o tres días", comentó.

Con el paso de las jornadas tuvieron que resignarse a la espera, una palabra que repitieron por más de dos meses, mientras en las afueras de la mina, los equipos de rescate recurrían a la ayuda de submarinistas, perforadores extranjeros y hasta a la NASA para delinear una estrategia que los trajera de vuelta a la superficie.

"Los primeros cinco días estábamos seguros que estaban trabajando en la mina. Pero sabíamos que era difícil, con la experiencia que tenía, sabía que era muy difícil, por como estaba la cosa", recordó Urzúa a sólo metros de la estrecha vía que finalmente lo llevó de vuelta a la libertad.

"La moral de repente podía decaer", dijo el jefe.

"Pero teníamos la suficiente fortaleza para conversar con mis trabajadores y explicarles lo que estaba pasando. Los que tenemos fe, teníamos la esperanza de que algún día Ìbamos a ser rescatados", añadió Íbamosen la histórica jornada del 13 de octubre cuando el último de los mineros emergió a la superficie.