Berlín. La editora de América Latina para DW, Uta Thofern, realizó un análisis de las perspectivas politicas para los líderes Latinoamericanos en 2018. Y el ganador no es otro que Nicolás Maduro.

"Al cierre de este 2017, el presidente de Venezuela -un país en permanente crisis- es el ganador, sin lugar a dudas. No solo en lo que se refiere a la lucha por el poder en su propio país, también en comparación con la mayoría de los jefes de Estado en la región", expresa.

Sus índices de popularidad son mayores que los del Premio Nobel de la Paz Juan Manuel Santos, del país vecino, Colombia.

En Venezuela se ha disuelto el Parlamento y anulado la división de poderes con la elección de la todopoderosa Asamblea Constituyente. Mientras tanto la oposición está dividida. El mandatario sudamericano está mucho más allá del populismo y no debe preocuparse por su reelección en 2018.

Tampoco Raúl Castro, en Cuba, debe temer que la herencia comunista de su familia peligre tras su traspaso del poder. Cuba seguirá su rumbo socialista, el partido tiene todo bajo control y un giro a raíz de un acercamiento a los Estados Unidos tras la asunción de Donald Trump no es esperable.

Colombia. El legado de Santos en Colombia, en cambio, es frágil. Su proceso de paz se está retrasando, lo cual decepciona a muchos ciudadanos que esperaban una paz rápida y tangible.

Además, la participación política de los exguerrilleros y los castigos comparativamente moderados del sistema de Justicia transicional son muy controvertidos, y la oposición no teme difundir los rumores más oscuros al respecto.

Las elecciones parlamentarias de marzo podrían conformar nuevas mayorías que podrán frenar nuevos pasos en el proceso de paz o incluso hacerlo retroceder. Santos no podrá ser candidato en las presidenciales de mayo, unas elecciones que seguramente se resuelvan en segunda vuelta.

La polémica populista contra el acuerdo de paz determinará en cualquier caso la campaña electoral. La pregunta pendiente es en qué medida el sucesor de Santos avanzará o no en el proceso de paz.

El populismo podría convertirse en el gran ganador de 2018. La ola interminable de escándalos de corrupción erosionó la confianza en la política en todas partes sin aumentar la confianza en el Estado de derecho.

Al mismo tiempo, en las dos economías más grandes de América Latina, Brasil y México, la corrupción desacredita los esfuerzos por una política económica más sostenible, que se basa más en el crecimiento autosostenido que en la redistribución.

Brasil. A la luz de la catastrófica crisis de confianza en el país, Brasil necesita una reforma del sistema político antes de las elecciones. Las disputas políticas se han endurecido desde el muy controvertido juicio político contra la expresidenta Dilma Rousseff.

Las investigaciones de corrupción al más alto nivel han llevado a los principales partidos al descrédito. El presidente Michel Temer es el líder más impopular del mundo con índices de aprobación de hasta el 5%.

El único político que todavía goza de una buena reputación, al menos entre los seguidores de su partido, es el legendario Lula da Silva, pero probablemente no se le permitirá competir debido a las acusaciones de corrupción en su contra.

Y del turbio clientelismo del sistema de partidos brasileño emerge la figura de un populista de derecha, homófobo, racista y defensor de la vieja dictadura militar: Jair Bolsonaro marcha segundo en las encuestas detrás de Lula.

México. El descontento con el actual presidente Enrique Peña Nieto, la corrupción desenfrenada y la consiguiente impunidad en innumerables asesinatos y otros crímenes favorecen a un populista de izquierda.

Andrés Manuel López Obrador - llamado AMLO - ha sido dos veces candidato a la presidencia, pero esta vez sus posibilidades son buenas. Por un lado, se enfrenta a una alianza más bien inverosímil de cristianodemócratas y socialdemócratas (PAN-PRD-Movimiento Ciudadano).

Por otro, competirá contra el exministro de Asuntos Exteriores y Finanzas José Antonio Meade, que se postula por el eterno partido de gobierno, el PRI.

Es probable que muchos votantes responsabilicen a Meade por los escombros que dejó el ambicioso "Pacto por México" de Peña Nieto. Ningún progreso económico o ambiental puede anular la brutal violencia cotidiana que permanece impune en México.

Otra cuestión es si la política de distribución sin crecimiento económico mejoraría la situación.

Aunque las elecciones en Costa Rica y Paraguay tendrán menos impacto en el desarrollo de América Latina, podrían contribuir a la estabilidad para que no solo las dictaduras en Cuba y Venezuela lo hagan.