Lhasa. La región china del Tíbet parece estar ahora más rica y desarrollada que nunca, su gente está más saludable, más alfabetizada, mejor vestida y alimentada.

Pero los supermercados repletos, los nuevos aeropuertos y los relucientes templos de la remota región montañosa no pueden esconder las enormes contradicciones y la profunda sensación en muchos tibetanos de que China está arrasando con su cultura.

Pekín gasta a manos llenas para llevar desarrollo al Tíbet, como parte de su estrategia para ganarse a sus habitantes budistas con el mejoramiento de su nivel de vida.

En la aldea de Gaba, a media hora de auto por una carretera llena de baches desde la capital regional de Lhasa, los residentes han visto sus ingresos dispararse tras alquilar sus tierras de labranza a comerciantes chinos.

El productor y miembro del Partido Comunista, Suolang Jiancan, se encoge de hombros cuando se le pregunta si le preocupa que la etnia han se quede con las tierras de los tibetanos, quienes tradicionalmente han cultivado cebada.

"Es difícil que la gente aprenda a cultivar los vegetales pedidos en el mercado. Los han no pueden enseñar cómo hacerlo, y nosotros podemos ganar más", dijo en lengua tibetana.

El influjo de los han, sin embargo, es una de las mayores fuentes de tensión en el Tíbet. A muchos tibetanos les molesta su presencia, diciendo que no tratan de aprender la lengua y dominan la economía de la región a costa de los locales.

Esa es una historia familiar para un graduado desempleado de una escuela de medicina. Aunque vestido a la moda y capaz de hablar con fluidez el mandarín, la generosidad de China en el Tíbet no alcanza para conseguirle un trabajo.

"El desarrollo no sirve si no puedo conseguir trabajo", le dijo a Reuters en un antiguo barrio tibetano de Lhasa, cuyas patrullas de fuerzas armadas paramilitares son un constante recordatorio de la determinación de China por mantener un estricto control sobre el Tíbet.

"Los chinos sospechan de los tibetanos, especialmente desde el 14 de marzo", sostuvo, refiriéndose a los disturbios de 2008 antes de los Juegos Olímpicos de Pekín.

La frustración por los controles chinos, junto al aumento de inmigrantes han, desbordó en forma de protestas violentas en el 2008 en Lhasa, donde murieron al menos 19 personas.

Los disturbios provocaron oleadas de protestas por zonas tibetanas, que a más de dos años no han logrado calmarse pese a la fuerte presencia militar y policial y a los duros castigos para los que cuestionen la autoridad de Pekín.

Los refuerzos en seguridad contradicen las afirmaciones de China de que se han ganado a los tibetanos.

"Al día de hoy, dos años después, todavía necesitan usar las fuerzas militares y policiales para controlar la situación. ¿Acaso suena como que se han ganado los corazones de la gente?" preguntó blogero tibetano Woeser.

China aplaude el progreso. Las marcas físicas dejadas por los disturbios en Lhasa, en forma de mercados y edificios quemados, fueron borradas hace mucho.

Lhasa está empezando a parecerse a cualquier otra ciudad china de nivel medio, con los mismos restaurantes de comidas rápidas y tiendas de teléfonos celulares, y la misma arquitectura poco novedosa.

Para China, no hay duda que lo que se está haciendo en el Tíbet es lo correcto.

En los últimos 10 años, el Gobierno central ha invertido la enorme suma de 310.000 millones de yuanes (US$46.000 millones) en el Tíbet, o casi US$15.000 por persona, construyendo infraestructura y desarrollando la minería, la agricultura y el turismo.

En enero, el presidente Hu Jintao dijo que el Gobierno buscaría un rápido desarrollo en la región, llevando los ingresos rurales a niveles nacionales para el 2020. La economía ya está creciendo a un ritmo mayor que en el resto de China.

Grandes sumas de dinero fueron destinadas a restaurar de monasterios y templos, el centro de la vida para los tibetanos fervientemente budistas, a fin de reforzar las afirmaciones del Gobierno de que China respeta los derechos religiosos.

"Si no contáramos con el apoyo y la aceptación de la gente local, no podríamos haber lidiado tan bien con el 14 de marzo, ni podríamos haber hecho los logros que conseguimos en los últimos 60 años", dijo Hao Peng, uno de los jefes del gobernante Partido Comunista en el Tíbet.

"Ya nos hemos ganado los corazones de la gente", dijo Hao a periodistas extranjeros en una inusual visita.

Lo que China no ha logrado hacer es atender la alienación que muchos tibetanos sienten ante el precipitado progreso económico.

"El Tíbet es un país especial y su gente es especial", dijo un maestro de mediana edad, hablando en voz baja en el barrio antiguo de Lhasa.

"No pensamos en el dinero como la gente china. Creemos en el budismo, pero los chinos no creen en nada", agregó, solicitando conservar el anonimato por temor a repercusiones.

Funcionarios chinos con frecuencia atacan los informes "distorsionados" sobre el Tíbet en los medios extranjeros.

No obstante, también se da un desajuste entre las políticas que China ha implementado para tratar de modernizar una región pobre y atrasada, y la singular cultura del Tíbet.

"Es absolutamente cierto que la política china siempre ha sido ganarse a la gente mediante la generosidad", dijo Robert Barnett, un académico dedicado al Tíbet en la Universidad Columbia en Nueva York.

"Ellos simplemente parecen no poder darse cuenta de que cada vez, lo están arruinando todo con las enérgicas medidas contra la cultura, la historia o la religión. Hacen que el pueblo pague un precio muy alto", expresó.

La ofensiva china contra los disidentes tras los disturbios se ha extendido a los intelectuales tibetanos y los críticos ven pocos indicios de que Pekín cambie de táctica en el actual clima de tensión.

"Acaban de realizar una gran conferencia nacional sobre Tíbet en Pekín y no salió casi nada de ella. Es llamativo que todavía no haya una respuesta coherente", dijo Nicholas Baquelin, del grupo activista Human Rights Watch.