El Cairo. En un cambio de suerte impensable hace año y medio, un islamista encarcelado por Hosni Mubarak lo sucederá en la presidencia de la principal nación árabe, en una victoria en las urnas que tiene consecuencias históricas para Egipto y Oriente Próximo.

Mohamed Morsy, miembro de los Hermanos Musulmanes, no disfrutará seguramente de los amplios poderes de Mubarak, que han sido reducidos por una clase militar dirigente que decidirá ahora lo lejos que puede el nuevo mandatario llegar en el gobierno.

Sin embargo, la victoria del ingeniero educado en Estados Unidos en las primeras elecciones presidenciales libres en el país rompe una tradición de dominio de hombres procedentes de las fuerzas armadas, de donde han salido todos los líderes de Egipto desde el derrocamiento de la monarquía hace 60 años.

Morsy ha prometido una agenda moderada y una concepción moderna del Islam para llevar a Egipto a una nueva era democrática, donde la autocracia será reemplazada por un gobierno transparente que respete los derechos humanos y reviva los destinos de un Estado poderoso.

Sin embargo, el islamista de 60 años aparece algo así como un presidente accidental: fue lanzado a la carrera en el último momento por la inhabilitación por un tecnicismo de Jairat al-Shater, de lejos la opción preferida de los Hermanos Musulmanes.

Con un estilo rígido y formal, Morsy, quien tiene un doctorado en la Universidad del Sur de California, ha hecho esfuerzos por desprenderse de su etiqueta de la "rueda de repuesto" de los Hermanos Musulmanes.

Persisten dudas sobre si Morsy podrá trabajar de forma independiente de otros líderes de los Hermanos Musulmanes una vez en el cargo, ya que su programa de campaña fue redactado por los responsables del grupo. El papel que podría desempeñar Shater ha sido también un foco de debate en Egipto.

"Voy a tratar a todos por igual y seré un siervo del pueblo egipcio", dijo Morsy en su sede de campaña en El Cairo poco después de terminadas las elecciones, una semana antes de que su victoria fuera confirmada por un organismo de la era de Mubarak que supervisó la votación.

Pero muchos egipcios, entre ellos la minoría cristiana, tienen sospechosas de Morsy y principalmente del grupo que él representa. Un sentimiento opositor a los Hermanos Musulmames, alimentado por algunos medios de comunicación hostiles, se ha disparado en las últimas semanas.

Nación dividida. Ahmed Shafik, el retirado general al que Morsy derrotó en las elecciones, logró casi tantos votos como el mandatario electo, en una señal clara de que Egipto es un país que no está unido en torno a la idea de un Gobierno de los Hermanos.

Morsy logró un poco menos de un cuarto de los votos en la primera vuelta realizada en mayo.

El hecho de que un hombre que fue el último primer ministro de Mubarak estuviera tan cerca de la victoria ha sido visto como un signo de fracaso por parte de los Hermanos, que han dicho haber sido víctimas de una violenta campaña orquestada por sus enemigos.

En un primer momento, Morsy se mostró como un islamista conservador y en repetidas ocasiones se comprometió a aplicar la ley islámica en sus discursos salpicados de referencias a Dios, al profeta Mahoma y el Corán.

Presionado por un entrevistador de televisión para aclarar lo que podría significar un Gobierno islámico para los bikinis en las playas del mar Rojo -y por ende, para la fundamental industria turística de Egipto-, Morsy no dio una respuesta clara.

El ya declarado presidente calificó estos temas como asuntos "muy marginales, muy superficiales".

Esta indefinición ha generado preocupaciones entre los egipcios, cuyos temores se exacerbaron también por otros elementos de la campaña de Morsy, entre ellos sus primeros esfuerzos para cortejar al ultraortodoxo movimiento salafista.

Sin embargo, preparándose para la segunda vuelta contra Shafik, Morsy cambió su mensaje por uno más incluyente, y se autodefinió como un defensor de la "revolución del 25 de enero" que derrocó a Mubarak, un levantamiento liderado sobre todo por laicos y grupos liberales.