El papa Francisco I, Jorge Mario Bergoglio, es un jesuita que llegó a presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, siempre mencionado como uno de los hombres más prestigiosos e influyentes en la iglesia en América Latina.

Ya en el 2005, cuando murió Juan Pablo II, su nombre era mencionado intensamente, y se afirma que, en la votación que finalmente terminó con la elección de Joseph Ratzinger, el argentino había sido uno de los “papables” que había concitado más adhesiones en el cónclave.

Ahora, a pesar de contar ya con 75 años y de estar en situación de retirarse de sus responsabilidades, la Iglesia lo eligió como su nuevo líder. Se considera que su elección es un hecho que puede impactar fuertemente en el agitado panorama político argentino.

Ocurre que las relaciones entre el gobierno y la Iglesia no pasan precisamente por un buen momento.

Bergoglio se ha caracterizado por su perfil fuertemente crítico sobre la situación política y social de la Argentina, y no ha dudado en fustigar las políticas oficiales, tanto durante el período de Néstor Kirchner como ahora en la gestión de su esposa.

Casualmente, apenas un día antes de conocerse la noticia de la renuncia de Benedicto XVI, había difundido una carta para la cuaresma, en la cual se refiere en duros términos a la situación social, con especial énfasis en la destrucción del trabajo digno, la corrupción, la droga, la trata de personas y el delito.

“Poco a poco nos acostumbramos a oír y a ver, a través de los medios de comunicación, la crónica negra de la sociedad contemporánea, presentada casi con un perverso regocijo, y también nos acostumbramos y convivimos con la violencia que mata, que destruye familias, aviva guerras y conflictos”, escribió Bergoglio, en un texto que sorpendió por su crudeza, sobre todo si se considera que el arzobispo porteño, José María Arancedo, había tenido un gesto de acercamiento con Cristina Fernández de Kirchnerr en una visita realizada a fin de año.

Relación tensa. Las declaraciones de Bergoglio demuestran que su postura crítica continúa incambiada, como en los tiempos en los que abiertamente ponía en duda las estadísticas oficiales sobre la pobreza, o cuando oponía una férrea resistencia a la iniciativa del matrimonio igualitario, hablando sobre las formas que el demonio tenía de obrar en la sociedad y convocando a una demostración pública de repudio a esa iniciativa legal.

Lo cierto es que a partir de ahora todos los pasos de Bergoglio van a ser el centro de la atención periodística en la Argentina.

Para el gobierno kirchnerista, la situación es incómoda, y plantea una paradoja. Por un lado, nadie desconoce el impacto que el contar con un papa argentino podría tener sobre la agenda internacional del país.

“Sería un inmenso honor, una ayuda muy importante para elevar la autoestima de los argentinos. Por ese simple hecho, ojalá que lo sea”, afirmó Jorge Castro, analista internacional muy consultado por los medios de comunicación por su conocimiento de temas religiosos, antes de enterarse del nombramiento.

Por su parte, la presidenta Cristina Fernández nunca dismiuló su antipatía hacia este cardenal: en cada 25 de mayo, cuando es tradición que el presidente asista a un tedeum en la catedral porteña, siempre se las ha ingeniado para ausentarse de Buenos Aires.

Así, mientras ella visitaba alguna iglesia del interior del país donde tenía garantías de que no escucharía un sermón plagado de críticas a su gestión, Bergoglio repetía sus acusaciones de cada año.

Dicen los viejos peronistas que uno de los mayores errores del general fue haberse enfrentado con la Iglesia en los años ’50. A partir de allí, la división en la sociedad argentina se agudizó, una fuerte masa de la población dejó de apoyar al gobierno y se aceleraron los hechos que llevaron a su derrocamiento.

Seis décadas después, la presidenta tiene motivos para meditar seriamente sobre esa lección de la historia reciente.