Asunción. Una de las pocas comunidades de indígenas aislados de Sudamérica sobrevivió por décadas al acoso del "progreso" en el norte de Paraguay, pero las autoridades esperan garantizarles pronto sus tierras ancestrales para que sigan viviendo lejos del "hombre blanco".

Se trata de un grupo de la etnia Ayoreo Totobiegosode, que habita los bosques secos de la poco poblada de región del Alto Chaco, a unos 750 kilómetros al norte de Asunción, cercana a las fronteras con Brasil y Bolivia.

Es la única comunidad silvícola conocida fuera del Amazonas, pero la expansión de la ganadería en la zona podría obligarlos a abandonar su modo de vida, ante la apertura de caminos y la paulatina sustitución de bosques por pasturas, según denuncian ayoreos que dejaron los montes décadas atrás.

"La penetración en sus tierras es muy fuerte. Están huyendo de las topadoras, del desmonte, y es cada vez es más reducida su capacidad de subsistencia como pueblo que evita el contacto", dijo Gladys Casaccia de la organización no gubernamental Gente, Ambiente y Territorio (GAT).

GAT trabaja junto a una comunidad fundada por ayoreos totobiegosode, quienes fueron sacados de los bosques hace más de 20 años por misioneros y que a mediados de la década de 1990 decidieron volver a sus antiguas tierras para proteger a sus parientes aislados y vivir según a sus tradiciones.

Actualmente unas 30 familias viven en dos aldeas en los límites de los bosques donde se encuentran los no contactados.

Allí instalaron una escuela y desarrollan cultivos de subsistencia, que complementan con la caza y la recolección, especialmente de miel silvestre que luego venden para abastecerse de lo que el bosque no les da.

La presidenta del Instituto Paraguayo del Indígena (INDI) Lidia Acuña, dijo que es prioridad para el gobierno proteger al grupo silvícola. La institución careció de fondos para la compra de tierras por años, pero en el 2011 tendrá un aumento presupuestario para atender el reclamo de los Ayoreo.

"Se está en negociaciones y habría posibilidad de una compra y de proteger el área. Creo que hay cierta apertura (...) y luego de ponerles (a los propietarios) al tanto de que vamos a tener un presupuesto para ese fin, han cambiado aquellos que estaban tan renuentes a vender", dijo Acuña.

Calabazas, porotos y miel. El INDI estima que entre 30 a 50 personas formarían el grupo aislado, que evita a los extraños, mantiene una vida nómada y se sustenta de la caza de animales silvestres, la recolección y de algunos cultivos como calabazas y porotos.

La comunidad aislada se traslada con frecuencia en busca de fuentes de agua, miel silvestre y animales que cazar, para lo que utilizan arcos, flechas y lanzas. No usan ropa, pero fabrican un tejido de hojas de una planta llamada caraguatá para mantas y bolsos donde cargan sus vasijas de barro.

"Si se llegaran a proteger esas tierras, podrían mantenerse aislados. Pero si se van reduciendo, es inexorable que ellos van a entrar en contacto en cualquier momento", explicó Acuña.

Un contacto forzado podría ser catastrófico para los indígenas por el riesgo de contraer enfermedades para las que no tienen defensas o de enfrentamientos con peones de haciendas que se dedican a la cría de ganado en la zona.

La población indígena paraguaya es de casi 110.000 personas y representa a menos del 2 por ciento del total de habitantes del país. La mayoría vive en el Chaco y realiza trabajos pesados en las prósperas colonias menonitas o en haciendas.

Los Ayoreo, una etnia que habita también la región sur de Bolivia, son unos 2.000, que se dividen en tres sub grupos. El de los totobiegosode fue el último en ser contactado en 1979.

El último contacto con los silvícolas fue en el 2004, cuando un grupo que huía de topadoras se acercó a sus parientes contactados y durante un emotivo reencuentro les relató en lengua nativa sus problemas para conseguir agua y sus temores ante la apertura de caminos en los bosques.

Los "cojñone", que en lengua ayoreo significa "hombres extraños" estaban transformando sus espacios y sus lugares de referencias naturales.

Luego fueron vistos desde lejos en noviembre del 2009 y por última vez en mayo de este año, según informes de la GAT.

Largo reclamo. Los totobiegosodes que dejaron el bosque piden al gobierno las tierras que consideran su territorio ancestral desde 1993.

"Ellos pidieron una superficie grande para cautelar la vida de sus parientes en el monte, que son nómadas y no innovan los bosques sino que viven de ellos y con ellos", dijo Casaccia.

Para lograr su objetivo, los indígenas deben unificar sus tierras, que están divididas en dos bloques por extensas propiedades privadas que aún mantienen bosques nativos.

Una de estas propiedades pertenece a la empresa de capital brasileño Yaguareté Pora, que se instaló en la zona hace unos cinco años con planes de desarrollar la ganadería. Los Ayoreo piden la compra de unas 40.000 hectáreas, de las 78.000 que posee la firma.

El reclamo de los indígenas impulsó el retiro de la licencia ambiental a la empresa, lo que le impide realizar trabajos. La firma recurrió a la justicia para revertir la decisión, en un litigio que aún debe ser resuelto.

Yaguareté Pora creó una reserva forestal privada vecina a las tierras de los Ayoreo en la que permitirá el ingreso de los indígenas, según su página de internet. Pero el proyecto es rechazado por GAT porque considera que no respeta el derecho de autodeterminación de los nativos.

El gobierno del presidente Fernando Lugo, que prometió dar un especial cuidado a los indígenas para que dejen de ser una población postergada, confía en llegar a una solución.

"Es necesario acordar en forma conjunta la protección de eso (el territorio) para que los indígenas puedan estar tranquilos y los demás sigan trabajando", dijo Acuña.