Pasaron ya 60 años, pero las pasiones que despierta la figura de Eva Duarte de Perón no retroceden entre los argentinos. Y su vigencia no se debe únicamente al hecho de que se hayan dado todos los ingredientes para que la persona se transformara en un mito (origen humilde, vida intensa, belleza, poder, conflictos, muerte joven).

Es, sobre todo, porque en muchos sentidos los debates de la Argentina actual parecen muchas veces estancados en los temas de los años ’50, de manera que los conflictos de aquellos años mantienen una asombrosa vigencia.

La figura de Evita no admite opiniones tibias: así como en su vida despertó amores y odios, hoy, con la perspectiva histórica, también sigue siendo centro de polémica.

Para sus críticos, sentó las bases del populismo económico y el clientelismo político que han imperado durante décadas. Evita es recordada, además de su estilo confrontativo y su antipatía por las clases altas, por la obra social generada a través de la fundación que llevaba su nombre.

Como una verdadera Robin Hood moderna, la entonces primera dama conseguía los recursos para su fundación a través de donaciones no totalmente voluntarias por parte de las mayores empresas argentinas, que se avenían a colaborar con efectivo y mercancías por temor a represalias oficiales. Con esos recursos, Evita hizo una redistribución de la riqueza llevando ropas, electrodomésticos y otros elementos de confort a las amplias capas empobrecidas de un país rico.

“Eva volvió en los millones de puestos de trabajo, en los millones de jubilados y pensionados que incorporamos año tras año, a través de los cientos de miles de viviendas, ella está en los dos millones de netbooks que hemos entregado a los estudiantes de escuelas secundarias, ha vuelto en las 10 universidades que hemos inaugurado, ha vuelto en la recuperación de los puestos de los trabajadores que habían sido privatizados en los 90”. Cristina Fernández.

Para sus defensores, puso sobre el tapete la cuestión impostergable de la justicia social. Además, los historiadores reivindican que a través de esa distribución de la renta fomentó la economía, al crear miles de pequeños capitalistas.

“La fundación, apuntando sobre todo a mujeres desprotegidas obsequiaba máquinas de coser y tejer, y otros bienes de capital que permitiesen desarrollar tareas productivas no sólo para atender las necesidades del hogar sino también para vender. Lograda esa primera etapa productiva pasaba a colaborar en la colocación de lo realizado, para lo cual la misma fundación lo adquiría en buena parte para luego distribuirlo, completando el ciclo”, afirma el historiador Fernando Del Corro.

Vidas paralelas. En todo caso, si su figura despierta hoy, a 60 años de su muerte, la misma pasión que en aquellos días, es también porque hoy está en el gobierno la generación de quienes fueron niños cuando Evita y su mito estaban en su esplendor.

Aquellos jóvenes de los años ‘70 que quisieron ver en la rebeldía de Evita una líder revolucionaria, hoy se consideran los herederos históricos de su ideario.

Y, naturalmente, quien expresa con más intensidad esa continuidad en la obra de Evita es la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, de reconocida predilección por las referencias históricas en sus discursos, y con tendencia al revisionismo de la historiografía oficial.

Es frecuente que Cristina entable comparaciones entre Eva y ella misma, ya sea por las dificultades de ser mujeres abriéndose paso en mundos de hombres hasta por la incomprensión y saña de los opositores.

Como Eva, también Cristina tiene una concepción de la política como confrontación, y por el planteo continuo de que cada medida de gobierno es una batalla épica para beneficiar a los pobres y en contra de intereses de corporaciones pérfidas. Ya desde su primer conflicto con los productores sojeros en 2008, la presidenta ha incorporado en su “relato” las referencias a la combatividad de Evita.

El discurso que pronunció la presidenta en el acto en el que se recordó el 60 aniversario de su muerte fue bien explícito respecto del paralelismo que quiere trazar.

“Volvimos para que ella, que había prometido un día volver y ser millones, pudiera cumplir su propia profecía”, dijo Cristina ante una multitud de militantes en una localidad del conurbano bonaerense, el gran bastión electoral peronista.

Y dejó en claro que el foco que la gestión kirchnerista hace en la “inclusión social” es una forma de reivindicar a la exesposa de Perón.

“Eva volvió en los millones de puestos de trabajo, en los millones de jubilados y pensionados que incorporamos año tras año, a través de los cientos de miles de viviendas, ella está en los dos millones de netbooks que hemos entregado a los estudiantes de escuelas secundarias, ha vuelto en las 10 universidades que hemos inaugurado, ha vuelto en la recuperación de los puestos de los trabajadores que habían sido privatizados en los 90”, enumeró Cristina.

Pero no solo en los logros ve la presidenta su paralelismo con Evita, sino también en el “sabotaje” del que su gobierno es víctima por parte de dirigentes disidentes del movimiento sindical. Fue, claro, una mención tácita al jefe de la Confederación General del Trabajo (CGT), Hugo Moyano.

El sindicalista rebelde también hizo su propio homenaje, con un sentido diametralmente opuesto al que le imprimió la presidenta.
Para Moyano, la principal característica de Evita era la humildad, algo que contrasta con la “soberbia” que le atribuye a Cristina.

Pero el sindicalista hundió el cuchillo con más profundidad, al señalar cómo el kirchnerismo pretende “divorciar a Perón de Eva”. Se refería a la notoria frialdad con la que los dirigentes del gobierno tratan al fundador del movimiento, por el cual no manifiestan gran simpatía. Ello había quedado en evidencia cuando, en su acto de asunción, la propia Cristina había recordado que durante el gobierno de Perón no había derecho de huelga.