El progreso no es un camino de una sola dirección. Cada vez son más los países que, progresivamente, van reconociendo a las personas LGBTI (lesbianas, gais, bisexuales, trans e intersexuales) el derecho a ser libres e iguales a cualquier ser humano. Derechos humanos, como reconocen ya numerosas organizaciones internacionales, entre ellas, Naciones Unidas. En el mismo sentido, el movimiento feminista poco a poco va revirtiendo siglos de historia de desigualdad, discriminación y violencia contra las mujeres. Pero no en Paraguay. Aquí la religión, o al menos ciertas interpretaciones radicales de la fe cristiana, lleva tiempo ganándole la batalla a los derechos.

Las alarmas llevan meses sonando. En el país con mayor porcentaje de personas que profesa la fe de toda América, la influencia de las iglesias, sobre todo de la católica y la evangélica, en la esfera política son evidentes. La gota que colmó el vaso fue cuando, en octubre del año pasado, el ministro de Educación paraguayo se plegó a las demandas de los religiosos y prometió "quemar los libros” sobre "ideología de género” en una plaza, para ganarse su confianza. La polémica que generaron estas declaraciones le llevó a argumentar, horas después, que solo exageraba. Aunque no decepcionó a los religiosos: al día siguiente prohibió la "difusión y utilización de materiales impresos o digitales referentes a la teoría y/o ideología de género” en todo el sistema educativo.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos calificó la medida de "retroceso”, tanto para las mujeres y las personas LGBTI como para la educación de niños y niñas, e instó a Paraguay a dejar sin efecto la prohibición. Asunción, sin embargo, hizo oídos sordos al llamado.

"El fenómeno es similar al de otros países de la región, solo que en Paraguay la avanzada es mucho más fuerte, porque el discurso se da desde el propio gobierno”, explica en una entrevista con DW la directora ejecutiva de Amnistía Internacional en Paraguay, Rosalía Vega. En efecto, otros países latinoamericanos han experimentado un fuerte auge de movimientos ultrarreligiosos, principalmente evangélicos, con una gran capacidad de movilización social y política. Abanderan la lucha una supuesta "ideología de género”, lo que en la práctica significa que se oponen a cuestiones como la legalización del aborto o del matrimonio entre personas del mismo sexo. Este último asunto fue el que catapultó al predicador Fabricio Alvarado a la segunda ronda de las elecciones presidenciales de Costa Rica, si bien fue finalmente derrotado por un candidato favorable al matrimonio igualitario.

Simón Cazal, que dirige la importante ONG Somosgay, cree que las iglesias evangélicas "muy bien financiadas” están detrás de esta radicalización de las actitudes religiosas, mientras que las católicas suelen ser "más tolerantes y menos agresivas” contra las personas LGBTI. Aunque, en cualquier caso, en esta partida juegan en el mismo equipo.

El ámbito educativo no es el único en el que las iglesias, unidas en una plataforma con una agenda conservadora, han logrado imponer su perspectiva en Paraguay. Vega cuenta cómo lograron que se retirase el término "género” de una ley de protección integral a las mujeres contra toda forma de violencia: "Lograron demonizar esa palabra en nuestro país”. Y ahora su objetivo es ganar las elecciones, sea cual sea la alternativa política que tenga éxito.

Retroceder desde la casilla de salida. Este domingo (22.04.2018), la ciudadanía paraguaya acudirá a las urnas para elegir presidente y representantes parlamentarios. El oficialista Mario Abdo Benítez, del conservador Partido Colorado, y Efraín Alegre, de la opositora Alianza Ganar, se disputan la presidencia. Desde las asociaciones LGBTI paraguayas lamentan que ninguno de los dos defienda los derechos humanos de este grupo social. El primero ya tiene una larga trayectoria en defensa de los valores cristianos tradicionales. El segundo, que teóricamente representa a sectores progresistas, firmó la semana pasada un compromiso con las iglesias para proteger "la familia conformada por el hombre, la mujer y los hijos”.

Desde Amnistía critican este discurso homófobo y machista. "Nosotros defendemos la vida y la familia, pero de todas las personas. Quienes sostienen este discurso solo pretenden defender los derechos de algunas familias”, sostiene Vega. En su opinión, además, las iglesias están aprovechando la polarización social que generan estas cuestiones para situarlas en el centro del debate público y dejar de lado otros problemas más importantes, como el embarazado forzoso de las niñas o el asesinato de mujeres trans en las calles.

"Es un retroceso respecto a los pocos pasos que el Paraguay pudo dar”, incide la activista. El país sigue siendo el único de toda América Latina que carece por completo de legislación contra estas formas de discriminación. Por otra parte, su sistema educativo sigue en la cola de la clasificación de 140 países evaluada por el Foro Económico Mundial.

El Estado da la espalda a los derechos humanos. Simón Cazal, que dirige la importante ONG Somosgay, cree que las iglesias evangélicas "muy bien financiadas” están detrás de esta radicalización de las actitudes religiosas, mientras que las católicas suelen ser "más tolerantes y menos agresivas” contra las personas LGBTI. Aunque, en cualquier caso, en esta partida juegan en el mismo equipo.

Cazal subraya a DW cómo la connivencia de las autoridades resulta en una "validación social” de las actitudes discriminatorias. Según relata, las candidaturas independientes se han visto presionadas a suscribir estas posturas, de forma que ahora mismo son solo algunos partidos situados a la izquierda del espectro político los que defienden los derechos de las minorías sexuales. Todo apunta, por tanto, a que no tendrán muchos aliados en el Parlamento.

En este contexto, la directora paraguaya de Amnistía Internacional confía en que, una vez pasadas las elecciones, la situación pueda volver a encauzarse. Vega critica igualmente a los poderes públicos: "Los que están en el poder no están asumiendo la responsabilidad de que ellos son los garantes de los derechos humanos de todas las personas sin ninguna distinción y anteponen a ese rol que les corresponde como estado sus convicciones religiosas”.

Optimismo frente al odio. Está por ver, no obstante, si las plataformas religiosas enterrarán sus estandartes de combate tras los comicios. Y qué rol jugarán los representantes públicos. Cazal, en cualquier caso, se niega a que le roben el optimismo. Aunque las cúpulas políticas cedan a las presiones de estas confesiones, aunque el escenario parezca cada vez más adverso, la sociedad paraguaya ha cambiado mucho en los últimos años. "A nivel social hay muchos cambios que no se pueden deshacer de un plumazo”, afirma convencido.

Y es que el activista no llega a las cuatro décadas de edad, pero guarda el recuerdo de tiempos peores. "Antes éramos dos o tres, y el precio personal que pagábamos era muy alto”, rememora Cazal. Ahora, cuenta emocionado, cada vez son más los de jóvenes LGBTI, así como de chicas feministas, que trabajan día a día por la igualdad, en multitud de rincones del país. El progreso no cae del cielo, sino que se labra: "No es la primera vez que vemos retrocesos sociales o políticos como estos, ni será la última”.