Brasilia. Debería haber sido un escenario soñado para cualquier partido de la oposición: un gobierno plagado de escándalos, ministros que renuncian todas las semanas, una economía en desaceleración y una presidenta que por momentos parecía no estar a la altura.

Pero en vez de aprovechar la oportunidad, la oposición brasileña pareció marchitarse frente a la crisis que afectó al gobierno de la presidenta Dilma Rousseff por varios meses este año y que resultó en la renuncia de cinco ministros.

Eso ayudó a su gobierno a salir relativamente bien y renovó una crisis de confianza en una alianza de oposición centrista que ha estado fuera del poder por casi una década y parece más lejos que nunca de volver a gobernar.

"La oposición ha sido ineficaz en el mejor de los casos. Están divididos y completamente apartados de la masa del pueblo", dijo Gustavo Fruet, por mucho tiempo un legislador del opositor Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y que recientemente se cambió al Partido Democrático Laborista (PDT, por su sigla en portugués), de la coalición oficialista, para postular a alcalde de Curitiba el próximo año.

Rousseff y la coalición oficialista ganaron fácilmente las elecciones de octubre del 2010, ayudados por una bonanza económica y la enorme popularidad de su mentor y predecesor Luiz Inácio Lula da Silva.

Los partidos de la oposición ganaron menos de un 30% de los escaños en el Congreso y desde entonces han caído aún más, careciendo de liderazgo y unidad y perdiendo más puestos en el Congreso en la medida en que cada vez más legisladores desertan.

La dependencia de fondos del gobierno, la posibilidad de que el aún enormemente popular Lula pueda postular a la elección presidencial del 2014 y la falta de líderes carismáticos son algunas de las razones por las que los partidos de la oposición en Brasil están desangrándose.

El resultado es que Rousseff, una funcionaria pública de carrera de 63 años que nunca antes había postulado a un cargo de elección popular, ha podido cerrar filas, sanar heridas en su coalición dividida y concentrarse en una economía que está sintiendo las consecuencias de la turbulencia financiera global.

También podría significar que la oposición significará aún una menor amenaza para el oficialista Partido de los Trabajadores (PT) de Rousseff y para sus aliados en las elecciones locales del próximo año y en la carrera presidencial del 2014.

Al opositor PSDB se le atribuye en forma generalizada el haber dado inicio a la bonanza económica de Brasil en la década de 1990 durante la presidencia de Fernando Henrique Cardoso, quien estabilizó la inflación e introdujo reformas de mercado.

Sin embargo, desde que perdió las elecciones presidenciales frente a Lula en el 2002 ha luchado por conectarse con una clase media en rápida expansión que se benefició de la bonanza económica y de los generosos programas sociales de Lula.

Lula caracterizó exitosamente a los líderes opositores como elitistas que privatizarían empresas estatales y respaldarían a grandes negocios.

Falta de líderes. Eso debía cambiar bajo el liderazgo de Aécio Neves, un fotogénico senador joven y ex gobernador del estado de Minas Gerais que emergió como el abanderado de la oposición tras la derrota del ex candidato presidencial del PSDB José Serra.

Pero la actuación de Neves hasta el momento ha sido decepcionante: ha desaparecido del foco público, limitándose a realizar discursos ocasionales desde su asiento en el Senado.

"Aécio es probablemente la mayor decepción de la oposición. La idea de que el PSDB, con su experiencia en el Gobierno, lideraría a la oposición ha sido completamente destruida. Está ocupada con pugnas internas", afirmó André Pereira Cesar, analista político de la consultoría CAC, en Brasilia.

La dependencia de fondos del gobierno, la posibilidad de que el aún enormemente popular Lula pueda postular a la elección presidencial del 2014 y la falta de líderes carismáticos son algunas de las razones por las que los partidos de la oposición en Brasil están desangrándose.

El derechista Partido Democratas (DEM), el segundo mayor de la oposición y una poderosa voz para los intereses empresariales, ha sido efectivamente dividido por la decisión del alcalde de Sao Paulo, Gilberto Kassab, de abandonar ese partido.

Kassab fundó un nuevo partido, el Partido Social Democrático (PSD), el mes pasado, en el que enlistó a más de 50 diputados y 600 alcaldes, muchos de ellos de partidos opositores.

El PSD ya ha mostrado señales de respaldar a la coalición gobernante, afirman analistas.

El pequeño pero ruidoso Partido Verde (PV), que obtuvo un enérgico tercer lugar en la elección presidencial del año pasado llevando como abanderada a la ex ministra del medioambiente Marina Silva, también abandonó la oposición para buscar estrechar vínculos con el gobierno de Rousseff.

Aunque Rousseff carece del carisma de Lula, ha mantenido su reputación como competente y parece haber ganado algún crédito entre los votantes debido a una postura dura contra la corrupción, que fue uno de los factores detrás de las renuncias en el Gabinete.

Como Lula en el 2003, ha repuntado tras una caída inicial en su nivel de popularidad. Un índice de aprobación del 71% en un sondeo de septiembre significó un golpe a la moral de la oposición.

Los escándalos de meses recientes han retrasado la agenda de reformas de Rousseff en el Congreso, incluyendo una serie de medidas pro-crecimiento en las industrias petrolera y minera y una reforma tributaria.

Pero el destino de esos proyectos de ley está mucho más vinculado con su capacidad para recomponer relaciones con sus aliados de coalición que con la capacidad de la oposición para bloquearlos.